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PERCY JACKSON Y LOS DIOSES GRIEGOS

Rick Riordan  

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Fragmento

Introducción

Espero que esto sirva para subirme la nota.

Un editor de Nueva York me pidió que escribiera todo lo que supiese sobre los dioses griegos, y yo le dije: «¿Puede ser anónimo? Porque lo único que me falta es que los dioses del Olimpo se enfaden otra vez conmigo.»

Pero si os ayuda conocer a los dioses griegos y saber cómo sobrevivir a un encuentro con ellos si alguna vez os los topáis, pues supongo que escribir todo esto será mi buena obra de la semana.

Por si no me conocéis, me llamo Percy Jackson. Soy un semidiós contemporáneo —un hijo de Poseidón medio dios, medio mortal—, aunque no pienso hablar mucho de mí. Mi historia ya se ha contado en varios libros que son completamente ficticios (doble guiño) y yo no soy más que otro personaje de la historia (estooo, sí, ya).

Tened paciencia conmigo mientras os hablo de los dioses, ¿vale? Hay como chorrocientas mil versiones distintas de los mitos, así que no os pongáis en plan: «Oye, que a mí me lo han contado de otra manera, ¡te has equivocado!»

Voy a contaros las versiones que me parecen más lógicas. Os prometo que no me invento nada. Todas estas historias las he sacado directamente de los griegos y romanos que las escribieron por primera vez. Creedme: no sería capaz de inventarme cosas tan raras.

Bueno, allá vamos. Primero os hablaré de cómo se creó el mundo. Después haré una lista de dioses y os contaré un poquito sobre cada uno de ellos. Sólo espero que no se lo tomen a mal y acaben incinerándome antes de que…

¡Aaaaaaaahhhhhh!

Era broma. Sigo aquí.

En fin, empezaré por la historia de la creación según los griegos; una historia bastante complicada, por cierto. Poneos las gafas de seguridad y el chubasquero, que va a haber sangre.

El principio y eso

Al principio de todo, yo no estaba. Tampoco creo que estuvieran los antiguos griegos. Nadie tenía papel y boli para tomar notas, así que no puedo jurar que lo que sigue sea cierto, pero sí puedo aseguraros que esto es lo que los griegos creían que pasó.

Al principio había poco menos que nada. Mucha nada.

El primer dios, por llamarlo de algún modo, fue Caos: una bruma lúgubre y espesa con toda la materia del cosmos flotando a la deriva. Un dato técnico: caos significa, literalmente, «espacio que se abre», y no estamos hablando de la inauguración de ningún centro comercial ni nada por el estilo.

Al final, Caos se volvió menos caótico. Quizá se aburriera de ser tan lúgubre y brumoso. El caso es que parte de su materia se agrupó y solidificó para formar la tierra, y ésta, por desgracia, desarrolló una personalidad propia y se hizo llamar Gea, la Madre Tierra.

Bueno, pues Gea era de verdad la tierra, es decir, las rocas, las colinas, los valles… el lote completo. Sin embargo, también podía adoptar forma humana y le gustaba pasear por la tierra —vamos, pasear por en­cima de sí misma— bajo la apariencia de una mujer madura con un vaporoso vestido verde, cabello negro rizado y una plácida sonrisa en el rostro. Sonrisa que en realidad ocultaba un carácter bastante desagradable, como veremos enseguida.

Después de pasar mucho tiempo sola, Gea levantó la mirada hacia la nada brumosa que cubría la tierra y se dijo: «¿Sabes qué estaría bien? Un cielo. No me vendría nada mal un cielo. Y sería un puntazo que además fuera un hombre guapo del que pudiera enamorarme, porque me siento sola aquí abajo con tanta roca.»

O Caos la oyó y cooperó o, simplemente, fue obra de la voluntad de Gea. Sobre la tierra se formó el cielo, una bóveda protectora que era azul por el día y negra por la noche. El cielo se hizo llamar Ouranos, que es otra manera de escribir Urano. No hay forma de pronunciar ese nombre sin que alguien se ría por lo bajo y piense en cierta parte del cuerpo. Es que suena mal, y punto. ¿Por qué no eligió un nombre mejor, como Heraldo de la Muerte o José? Pues ni idea, aunque quizá eso explique por qué Urano estaba siempre de morros.

Como Gea, Urano podía adoptar forma humana y visitar la tierra, lo cual era bueno, porque el cielo queda muy arriba y las relaciones a distancia nunca funcionan.

En su forma física era un tío alto y musculoso, de pelo oscuro tirando a largo. Iba cubierto sólo con un taparrabos y la piel le cambiaba de color: a veces era azul con dibujos de nubes sobre los músculos y, a veces, oscura con estrellas resplandecientes. En fin, Gea lo soñó así, no me echéis a mí la culpa. Encontraréis imágenes suyas con una rueda del zodiaco en la mano, lo que representa todas las constelaciones que surcan el cielo una y otra vez, por toda la eternidad.

En cualquier caso, Urano y Gea se casaron.

¿Y fueron felices y comieron perdices?

Pues más bien no.

Parte del problema fue que a Caos se le fue un poco la mano con lo de crear y, en su lúgubre bruma, pensó: «Oye, tenemos tierra y cielo. ¡Qué pasada! ¿Qué más podría hacer?»

No tardó en crear todo tipo de problemas, y al decir problemas me refiero a dioses. El agua extraída de las brumas de Caos se acumuló en las zonas más profundas de la tierra y formó los primeros mares, que, como es natural, desarrollaron una conciencia propia: el dios Ponto.

Entonces, Caos se volvió loco de verdad y pensó: «¡Ya sé! ¿Qué tal una bóveda como la del cielo, pero en el fondo de la tierra? ¡Sería genial!»

Así que apareció otra bóveda bajo la tierra, aunque ésta era oscura, turbia y poco agradable, en general, ya que siempre quedaba oculta a la luz del cielo. Y ése fue Tártaro, el Pozo del Mal; como podéis imaginar por el nombre, cuando desarrolló una personalidad divina no ganó ningún concurso de popularidad.

El problema era que tanto a Ponto como a Tártaro les gustaba Gea, lo cual sometió a cierta presión la relación de ésta con Urano.

Unos cuantos dioses primordiales surgieron en el mismo plan, pero me harían falta varias semanas para nombrarlos a todos. Caos y Tártaro tuvieron una hija juntos (no me preguntéis cómo, que no tengo ni idea) a la que llamaron Nyx, la encarnación de la noche. Después, Nyx, ella solita, vete a saber cómo, tuvo una hija llamada Hemera, que era el día. Esas dos nunca se llevaron bien porque eran tan diferentes como… bueno, ya sabéis.

Según algunas historias, Caos también creó a Eros, el dios de la procreación… En resumen, dioses mamás y dioses papás que tuvieron un montón de dioses bebés. Otras historias cuentan que Eros era el hijo de Afro­dita. Ya llegaremos a ella. No sé cuál es la versión correcta, pero sí sé que Gea y Urano empezaron a tener hijos juntos… con resultados muy distintos.

Primero tuvieron un lote de doce: seis chicas y seis chicos, llamados titanes. Parecían humanos, aunque eran mucho más altos y fuertes. Pensaréis que doce hijos son más que suficientes para cualquiera, ¿no? Vamos, que con una familia tan grande casi que tienes un reality show para ti solo.

Además, tras el nacimiento de los titanes, el matrimonio entre Gea y Urano empezó a ir mal. Urano pasaba mucho más tiempo en el cielo. No bajaba de visita. No ayudaba con los hijos. Gea se enfadó y los dos empezaron a discutir. Cuando los niños crecieron, Urano les gritaba y, en general, se comportaba como un padre horrible.

Gea y Urano intentaron arreglar las cosas unas cuantas veces. Gea pensó que quizá se sentirían más unidos si tenían otro lote completo de críos…

Ya lo sé: mala idea.

Dio a luz a trillizos. El problema era que estos nuevos bebés eran la fealdad personificada. Eran tan grandes y fuertes como los titanes, pero corpulentos, brutos y muy necesitados de una buena depilación. Lo peor de todo era que cada uno de ellos tenía un solo ojo en el centro de la frente.

Bueno, pues Gea adoraba a sus hijos. Eso sí que es amor de madre. Los llamó cíclopes mayores y, con el tiempo, engendrarían a toda una raza de cíclopes, los menores. Pero eso fue mucho más tarde.

Cuando Urano vio a los trillizos cíclopes, se puso como loco.

—¡No pueden ser hijos míos! —gritó—. ¡Ni siquiera se me parecen!

—¡Claro que son tus hijos, pedazo de inútil! —le contestó Gea a gritos—. ¡Ni se te ocurra largarte y dejarme sola para criarlos!

—Tranquila, no lo haré —refunfuñó Urano.

Entonces salió de allí hecho una furia y regresó con unas gruesas cadenas fabricadas con la oscuridad más pura del cielo nocturno. Encadenó a los cíclopes y los lanzó al Tártaro, el único lugar de la creación en el que no tendría que verlos.

Duro, ¿eh?

Gea chilló y berreó, pero Urano se negó a liberar a los cíclopes. Nadie se atrevía a incumplir sus órdenes porque, a estas alturas, ya empezaba a tener fama de tío aterrador.

—¡Soy el rey del universo! —bramó—. ¿Cómo no iba a serlo? Estoy, literalmente, por encima de todo.

—¡Te odio! —se desgañitó Gea.

—¡Bah! Harás lo que te diga. Soy el primero y mejor de los dioses primordiales.

—¡Yo nací antes que tú! —protestó Gea—. Ni siquiera estarías aquí de no haberte…

—No me pongas a prueba, que todavía me quedan muchas cadenas de oscuridad —rugió él.

Como podéis imaginar, la cólera de Gea provocó terremotos, pero la diosa no sabía qué más hacer. Sus primeros hijos, los titanes, ya eran prácticamente adultos y se sentían mal por su madre. Tampoco les gustaba demasiado su padre, ya que Gea siempre estaba poniéndolo verde, y con razón, pero los titanes temían a Urano y no se veían capaces de detenerlo.

«Tengo que mantener la calma por los niños —pensó Gea—. Quizá debería volver a intentar solucionar las cosas con Urano.»

Organizó una noche romántica con velas, rosas y música suave. Debía de quedarles una chispa de su antiguo amor porque, unos meses después, Gea volvió a dar a luz a trillizos.

Como si necesitara otra prueba de que su matrimonio con Urano estaba muerto…

Los nuevos bebés eran aún más monstruosos que los cíclopes. Cada uno de ellos tenía cien brazos alrededor del pecho, como espinas de erizo de mar, y cincuenta cabecitas diminutas sobre los hombros. A Gea no le importaba, adoraba sus caritas; todas ellas, las ciento cincuenta. Llamó a los trillizos centimanos, los de las cien manos. Sin embargo, apenas tuvo tiempo de ponerles un nombre, ya que, cuando apareció Urano y les echó la vista encima, los arrancó de los brazos de Gea. Sin mediar palabra, los cargó de cadenas y los lanzó al Tártaro, como si fueran bolsas de basura para reciclar.

Está claro que el tío celestial tenía prob

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