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¿QUIéN TE CREES QUE ERES?

Alice Munro  

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Fragmento

Palizas soberanas

Una soberana paliza. Esa era la promesa de Flo. «Vas a llevarte una soberana paliza.»

La palabra «soberana» se arrellanaba en su lengua, revestida de boato. Rose tenía la necesidad de hacerse una imagen de las cosas, de detectar absurdos, que era más fuerte que la necesidad de no meterse en líos, y en lugar de tomarse la amenaza a pecho, meditaba: ¿cómo es soberana una paliza? Recreó una avenida arbolada, una multitud de espectadores ceremoniosos, varios caballos blancos y esclavos negros. Alguien arrodillado, y la sangre saltando a borbotones, como estandartes. Una ocasión a la vez salvaje y espléndida. En la vida real no adquirían tanta dignidad, y era solo Flo quien intentaba dotar al suceso de cierto aire de fuerza mayor y penitencia. Rose y su padre pronto traspasaron los límites del decoro.

Su padre era el rey de las palizas soberanas. Las de Flo nunca llegaron a ser gran cosa; unos cachetes rápidos y bofetadas al tuntún, como si tuviese la cabeza en otra parte. «Quítate de en medio», decía. «Ocúpate de tus asuntos.» «No eches esas miradas.»

Recibe antes que nadie historias como ésta

Vivían en la parte posterior de una tienda en Hanratty, Ontario, los cuatro: Rose, su padre, Flo y el hermanastro menor de Rose, Brian. La tienda, de hecho, era una casa que el padre y la madre de Rose habían comprado cuando se casaron y se instalaron allí, en el negocio de la restauración y la tapicería de muebles. Su madre sabía tapizar. Rose debería haber heredado de ambos unas manos diestras, una afinidad inmediata con los materiales, un ojo para los arreglos mañosos, pero no fue así. Era torpe, y cuando se rompía algo se impacientaba por barrerlo y tirarlo a la basura.

Su madre había muerto. Una tarde le dijo al padre de Rose: «Tengo una sensación muy difícil de describir. Como un huevo duro en el pecho, con cáscara y todo». Murió antes de la noche, tenía un coágulo de sangre en el pulmón. Entonces Rose era un bebé, aún estaba en un moisés, así que por supuesto no se acordaba de nada. Sabía la historia por Flo, que debía de habérsela oído contar a su padre. Flo llegó poco después, para ocuparse de Rose en el moisés, casarse con su padre, abrir una tienda de alimentación en la parte delantera de la vivienda. Rose, que no había conocido más casa que aquella, que no había conocido más madre que Flo, veía los dieciséis meses escasos que sus padres pasaron allí como una época pacífica, mucho más dulce y ceremoniosa, con ligeros toques de bonanza. No podía agarrarse a nada salvo unas hueveras de porcelana que su madre había comprado, con una cenefa de vides y pájaros, pintadas con delicadeza, como en tinta roja; el dibujo empezaba a borrarse. No quedaban libros, ni ropa o fotografías suyas. Su padre debió de deshacerse de todo, o tal vez había sido Flo. La única historia que Flo contaba de su madre, la de su muerte, era curiosamente mezquina. A Flo le gustaba recrearse en los detalles de una muerte: las cosas que la gente decía, cómo protestaban o intentaban levantarse de la cama, o si insultaban o se reían (a algunos les daba por ahí), pero cuando mencionaba el huevo duro en el pecho de su madre hacía que la comparación sonara un poco ridícula, como si de verdad su madre hubiese sido una de esas personas capaces de creer que te puedes tragar un huevo entero.

Su padre tenía un cobertizo fuera, detrás de la tienda, donde se dedicaba a arreglar y restaurar muebles. Tejía asientos y respaldos de mimbre, remendaba labores de rejilla, tapaba grietas, ensamblaba patas, todo a conciencia y con maña y de lo más barato. Ese era su orgullo: asombrar a la gente con un trabajo tan magnífico a precios tan módicos, hasta ridículos. En los años de la Depresión la gente no podía permitirse pagar más, quizá, pero él continuó con la misma práctica durante la guerra, durante los años de prosperidad después de la guerra, hasta que murió. Nunca hablaba con Flo de lo que cobraba o lo que se debía. Tras su muerte, ella tuvo que salir y abrir con llave la puerta del cobertizo y sacar toda clase de trozos de papel y sobres rasgados de unos ganchos de aspecto siniestro que le servían de archivo. Advirtió que en muchos casos no eran cuentas o recibos ni nada por el estilo, sino registros del clima, datos sobre la huerta, cosas que se había sentido impulsado a anotar.

Comimos patatas nuevas el 25 de junio. Insólito.

Día Oscuro, 1880, nada sobrenatural. Nubes de ceniza de los bosques quemados.

16 de agosto, 1938. Tormenta colosal al anochecer. Rayo cae sobre iglesia presb., mun. Turberry. ¿Voluntad de Dios?

Escaldar fresas para quitar el ácido.

Todo está vivo. Spinoza.

Flo creyó que Spinoza debía de ser una nueva hortaliza que su marido pensaba cultivar, como el brécol o la berenjena. A menudo probaba plantando algo nuevo. Le enseñó el trozo de papel a Rose y le preguntó si sabía qué era Spinoza. Rose lo sabía, o tenía una idea, pero contestó que no. Estaba ya en la adolescencia, una edad en la que creía que no soportaba saber nada más, ni de su padre ni de Flo; apartaba cualquier descubrimiento a un lado con vergüenza y temor.

Había una estufa en el cobertizo, y muchas estanterías toscas cubiertas de latas de pintura y barniz, laca y aguarrás, tarros con pinceles en remojo y también algunos frascos de medicina para la tos. ¿Por qué un hombre que tosía constantemente, un hombre con los pulmones dañados por el gas en la guerra (a la que cuando Rose era pequeña no llamaban la Primera, sino la Última Guerra), se pasaba los días respirando los vapores de la pintura y el aguarrás? Entonces esas preguntas no se planteaban tanto como ahora. En el banco que había junto a la entrada de la tienda de Flo varios viejos del vecindario se sentaban a contar chismes, a dormitar, cuando hacía buen tiempo, y algunos de esos viejos también tosían sin parar. El hecho es que se estaban muriendo, lenta y discretamente, de lo que se llamaba, sin el menor asomo de victimismo, «el mal de la fundición». Habían trabajado toda la vida en la fundición del pueblo, y ahora se pasaban el día sentados, con aquellas caras ajadas y amarillentas, tosiendo, riendo por lo bajo, haciendo comentarios verdes de las mujeres o de cualquier jovencita en bicicleta que veían por la calle.

Del cobertizo no solo llegaban toses, sino también frases, un murmullo continuo, rezongón o alentador, normalmente justo por debajo del volumen en el que las palabras podían discernirse unas de otras. Languidecía cuando su padre se enfrascaba en un trabajo minucioso, y se animaba cuando hacía algo menos exigente, como lijar o pintar. Cada tanto algunas palabras se abrían camino y quedaban suspendidas, claras y absurdas, en el aire. En cuanto se daba cuenta, las enmascaraba con unos carraspeos, o tragaba saliva, o se hacía un silencio inusual, atento.

—Macarrones, salami, Botticelli, alubias…

¿Qué podía significar? Rose solía repetirse aquellas cosas para sus adentros. Nunca se atrevió a preguntarle. Quien pronunciaba esas palabras y quien le hablaba como su padre no eran la misma persona, aunque parecían ocupar el mismo espacio. Hubiese sido de muy mal gusto reconocer la presencia de alguien que supuestamente no estaba allí; no se le habría perdonado. De todos modos, ella merodeaba y escuchaba.

«Las torres coronadas de nubes», lo oyó decir una vez.

—Las torres coronadas de nubes, los espléndidos palacios.

Rose sintió como si una mano le atenazara el pecho, no para hacerle daño sino para asombrarla, dejándola sin respiración. Entonces echó a correr, huyó. Supo que había oído bastante; además, ¿y si la pillaba? Sería horrible.

Era algo parecido a lo de los ruidos del cuarto de baño. Flo había ahorrado e hizo instalar un cuarto de baño, pero no quedó otro remedio que ponerlo en un rincón de la cocina. La puerta no encajaba, los tabiques eran de aglomerado. Así que los que estaban trajinando o hablando o comiendo en la cocina oían hasta el ruido que se hacía dentro al rasgar un trozo de papel higiénico o acomodar una pierna. Todos estaban familiarizados con las voces pudendas de los demás, no solo en sus momentos más explosivos, sino en sus íntimos suspiros, gruñidos, lamentos y afirmaciones. Y como eran todos de lo más mojigato, nadie parecía oír nunca nada, o estar escuchando, y no se hacía el menor comentario. Quien producía los sonidos del cuarto de baño no guardaba ninguna relación con quien salía.

Vivían en una parte pobre del pueblo. El río separaba Hanratty de Hanratty Oeste, donde estaban ellos. En Hanratty el escalafón social iba desde médicos y dentistas y abogados hasta obreros de la fundición y peones de fábrica y carreteros; en Hanratty Oeste iba desde obreros de la fundición y peones de fábrica hasta clanes de contrabandistas y prostitutas y ladrones de poca monta que vivían a salto de mata. Rose imaginaba a su familia con un pie en cada orilla del río, sin pertenecer a un sitio ni a otro, pero no era verdad. La tienda y la casa donde vivían estaban en Hanratty Oeste, en los arrabales de la calle principal. Enfrente había una vieja fragua, clausurada con tablones más o menos desde que empezó la guerra, y una casa que antiguamente había sido otra tienda. Nunca quitaron el rótulo de TÉ SALADA del escaparate; pervivía como un adorno digno e interesante a pesar de que dentro no se vendiera té. Apenas había un tramo de acera, demasiado agrietada e inclinada para poder patinar, aunque Rose soñaba con unos patines de ruedas y solía imaginarse deslizándose con una falda de cuadros escoceses, ágil y a la moda. Había una sola farola, una flor de hojalata; luego se acababan los servicios y todo eran caminos de tierra y parajes cenagosos, vertederos en los patios y casas de aspecto raro. Lo que les daba un aspecto raro eran los intentos por evitar que se viniesen abajo de una vez por todas. Con algunas nunca se había hecho el intento. Esas estaban negruzcas, podridas y desvencijadas, integrándose en un paisaje de hoyos plagados de maleza, charcas con ranas, eneas y ortigas. La mayoría de las casas, sin embargo, estaban parcheadas con tela asfáltica, algunas tejas nuevas, planchas de latón, conductos de estufa encajados a martillazos y hasta cartones. Eso era, por supuesto, en los tiempos previos a la guerra, tiempos que más tarde serían de una pobreza legendaria, de los que Rose recordaría sobre todo detalles a ras del suelo: hormigueros imponentes y escalones de madera, y una luz turbia, intrigante y equívoca sobre el mundo.

Hubo una larga tregua entre Flo y Rose al principio. La naturaleza de Rose crecía como una piña espinosa, pero se cubrió poco a poco, y en secreto, de una dura capa de orgullo y escepticismo, formando un carácter que incluso a ella misma la desconcertaba. Antes de que tuviese edad de ir a la escuela, y mientras Brian iba aún en el cochecito, Rose se quedaba en la tienda con los dos: Flo sentada en el taburete detrás del mostrador, Brian dormido junto a la ventana; Rose se arrodillaba o se tendía en los viejos tablones del suelo y dibujaba con ceras de colores en trozos de papel de estraza rasgados o irregulares que no servían para envolver la mercancía.

La clientela de la tienda era sobre todo gente de las casas aledañas. También pasaban algunos campesinos, al volver del pueblo a sus granjas, y de vez en cuando algún vecino de Hanratty, que cruzaba el puente a pie. Había gente que siempre estaba en la avenida, entrando y saliendo de las tiendas, como si se creyeran obligados a dejarse ver y con derecho a ser bien recibidos en todo momento. Por ejemplo, Becky Tyde.

Becky Tyde se encaramó al mostrador de Flo, haciéndose sitio junto a una lata abierta de galletas rellenas de mermelada, que se desmigaban con solo tocarlas.

—¿Están ricas? —le preguntó a Flo, y sin reparos empezó a comerse una—. ¿Cuándo vas a darme trabajo, Flo?

—Podrías trabajar en la carnicería —dijo Flo cándidamente—. Podrías trabajar para tu hermano.

—¿Roberta? —dijo Becky con una especie de desdén teatral—. ¿Crees que trabajaría para él?

Su hermano, que llevaba la carnicería, se llamaba Robert, pero a menudo lo llamaban Roberta, por sus modales remilgados y nerviosos. Becky Tyde se echó a reír. Su risa era fuerte y estruendosa como una locomotora a punto de arrollarte.

Era enana y de voz chillona, con los andares arrogantes y asexuados de un cabezudo, la boina escocesa y un cuello retorcido que la obligaba a mantener la cara ladeada, siempre mirando hacia arriba y de soslayo. Llevaba zapatitos de tacón relucientes, auténticos zapatos de mujer. Rose miraba fijamente los zapatos, temerosa de ver el resto, de su risa, de su cuello. Sabía por Flo que Becky Tyde había pasado la polio de niña, que por eso tenía el cuello retorcido y se había quedado canija. Costaba creer que hubiese empezado de otra manera, que alguna vez hubiese sido normal. Flo decía que no era ninguna chiflada, que estaba tan cuerda como la que más, pero sabía que siempre se podía salir con la suya.

—¿Sabes que antes yo vivía aquí? —dijo Becky, al reparar en Rose—. ¡Eh, tú! ¡Niña! ¿A que antes vivía aquí, Flo?

—Si viviste aquí, yo aún no había llegado al pueblo —dijo Flo, como si no supiera nada.

—Fue antes de que el vecindario decayera tanto. Perdona que te lo diga. Mi padre construyó aquí su casa y construyó su matadero, y teníamos nuestra buena parcela de frutales.

—Ah, ¿sí? —dijo Flo, poniendo su voz meliflua, cargada de falsa simpatía, incluso de humildad—. Entonces ¿por qué os mudasteis?

—Ya te lo he dicho, el vecindario empezó a decaer tanto… —dijo Becky. Se metía una galleta entera en la boca si le venía en gana, dejando que los mofletes se le hincharan como a una rana. Nunca contó nada más.

Aun así, Flo lo sabía; ¿y quién no? Todo el mundo conocía la casa, de ladrillo rojo con la galería acristalada y la huerta, lo que quedaba de ella, invadida por los típicos desechos: asientos de coche y lavadoras y somieres y trastos. La casa nunca parecería siniestra, a pesar de lo que había ocurrido allí, por la cantidad de escombros y desorden que la rodeaban.

El padre de Becky, viejo ya, era otro tipo de carnicero, que según Flo no tenía nada que ver con el hermano. Un inglés con malas pulgas. Y tampoco se parecía a Becky a la hora de hablar más de la cuenta. Jamás fue franco. Un roñoso, un tirano con su familia. Después de que Becky pasara la polio, no la dejó volver a la escuela. Rara vez se la veía fuera de casa, nunca más allá del patio. El padre no quería que la gente se regodeara. Eso fue lo que dijo Becky, en el juicio. Su madre había muerto para entonces, y sus hermanas estaban casadas. En casa solo quedaban Becky y Robert. La gente paraba a Robert por la calle y le preguntaba:

—¿Qué tal tu hermana, Robert? ¿Ya está recuperada del todo?

—Sí.

—¿Hace las tareas de la casa? ¿Te prepara la cena?

—Sí.

—¿Y tu padre se porta bien con ella, Robert?

Se decía que el padre les pegaba, había pegado a todos sus hijos y también a su mujer, y que a Becky ahora le pegaba aún más por su deformidad, que según algunos era culpa suya (no entendían de la polio). Los rumores persistieron y fueron a más. Empezaron a decir que Becky había desaparecido porque estaba embarazada, nada menos que de su propio padre. Luego la gente dijo que el bebé nació y lo liquidaron.

—¿Qué?

—Que lo liquidaron —repetía Flo—. Solían decir: «¡Ve a comprar las costillas de cordero donde Tyde, que te las dará ricas y tiernas!». Seguro que todo eran mentiras —se lamentaba.

Rose, mirando absorta el viento que sacudía el toldo viejo al colarse por los rotos, salía de su ensimismamiento al oír aquel tono agorero, de cautela, en su voz. Flo, cuando contaba una historia (esa no era la única ni la más escabrosa que sabía), inclinaba la cabeza y suavizaba la expresión, en ademán pensativo, atormentado, de advertencia.

—Ni siquiera debería contarte estas cosas.

Habría más.

Tres muchachos, unos golfos que solían merodear cerca de los establos, se juntaron, o los hicieron juntarse hombres más influyentes y respetables del pueblo, y se dispusieron a darle al viejo Tyde unos buenos azotes en interés de la moral pública. Se pintaron la cara de negro. Les facilitaron látigos y un cuarto de galón de whisky por barba para darse coraje. Eran Jelly Smith, jinete de carreras y bebedor; Bob Temple, jugador de béisbol y matón, y Hat Nettleton, que manejaba el carro fuerte del pueblo, y a quien lo de Hat, «sombrero», le venía de un bombín que llevaba, por vanidad y por hacer la gracia. Aún trabajaba con el carro fuerte, de hecho; había conservado, si no el bombín, el apodo, y se dejaba ver mucho, casi tanto como Becky Tyde, repartiendo sacos de carbón, con la cara y los brazos tiznados. Eso debería haberle recordado la historia de Hat, pero no. El presente y el pasado, ese pasado turbio y melodramático de las historias de Flo, eran mundos aparte, al menos para Rose. La gente del presente no podía encajar en el pasado. La propia Becky, personaje pintoresco y consentido del pueblo, inofensiva y maliciosa, nunca se correspondería con la prisionera del carnicero, la hija impedida, un reflejo blanco en la ventana: muda, apaleada, preñada. Como con la casa, solo podía hacerse una conexión formal.

Los muchachos a los que convencieron para darle un escarmiento se presentaron tarde en la casa de Tyde, cuando ya todos se habían ido a la cama. Llevaban una escopeta, pero gastaron los cartuchos pegando tiros en el patio. Llamaron a gritos al carnicero y aporrearon la puerta, hasta que al final la echaron abajo. Tyde creyó que buscaban dinero, así que envolvió algunos billetes en un pañuelo y pidió a Becky que los bajara, tal vez creyendo que aquellos hombres se conmoverían o se asustarían al ver a una chica con el cuello torcido, a una enana. Pero no se contentaron con eso. Subieron las escaleras y sacaron al carnicero de debajo de la cama, en camisón. Lo sacaron afuera a rastras y lo obligaron a quedarse de pie en la nieve. La temperatura era de cuatro bajo cero, un dato que se registró en el acta del tribunal. Pretendían simular un juicio, pero no recordaban cómo se hacía, así que empezaron a darle una paliza, y le pegaron hasta que cayó al suelo. Le gritaban: «¡Pedazo de carne!», y siguieron apaleándolo hasta que el camisón y la nieve donde quedó tendido se tiñeron de rojo. Ante el tribunal, su hijo Robert declaró que no había visto la paliza. Becky dijo que Robert al principio miró, pero luego había huido a esconderse. Ella sí que lo presenció todo. Vio a los hombres irse al final, y a su padre avanzar penosamente por la nieve hasta subir los escalones del porche. No salió a ayudarlo, ni abrió la puerta hasta que el viejo llegó al umbral. «¿Por qué no?», le preguntaron en el juicio, y ella dijo que no salió porque iba en camisón, y que no abrió la puerta porque no quería que se metiera el frío en la casa.

Entonces pareció que el viejo Tyde recuperaba las fuerzas. Mandó a Robert a poner los arreos al caballo, e hizo que Becky le calentara agua para lavarse. Se vistió, cogió todo el dinero que tenía y, sin dar ninguna explicación a sus hijos, se montó en el trineo y fue hasta Belgrave, donde dejó el caballo atado a la intemperie y tomó el primer tren de la mañana a Toronto. En el tren se comportó de una manera extraña, gruñendo y maldiciendo como si estuviera borracho. Al día siguiente lo recogieron mientras deambulaba por las calles de Toronto, desquiciado por la fiebre, y murió en el hospital. Aún llevaba encima todo su dinero. Se dictaminó que la causa de la muerte fue una neumonía.

Pero las autoridades se enteraron, dijo Flo. El caso fue a juicio. Sentenciaron a los tres muchachos que lo apalearon a largas condenas de cárcel. «Una farsa», dijo Flo. Al cabo de un año quedaron en libertad, a todos los indultaron, tenían trabajos esperándolos. ¿Y por qué? Pues porque había demasiados peces gordos metidos en el ajo. Y Becky y Robert tampoco mostraron mucho interés en que se hiciera justicia. Les quedó una buena herencia. Se compraron una casa en Hanratty. Robert tomó las riendas del negocio. Becky, después de su larga reclusión, empezó una carrera en sociabilidad y exhibición pública.

Y ya está. Flo zanjó la historia como si le asqueara. De ahí no podía salir nada bueno para nadie.

—Imagínate —dijo.

En esa época Flo debía de tener poco más de treinta años. Una mujer joven. Vestía exactamente con la misma ropa que habría llevado una mujer de cincuenta, o sesenta, o setenta: batas estampadas de andar por casa con el cuello y las mangas holgados, como la cintura; delantales de peto, también estampados, que se quitaba al ir de la cocina a la tienda. Era una indumentaria común entonces para una mujer humilde pero que no pasaba penurias y además respondía, en cierto modo, a un desdén deliberado. Flo desdeñaba los pantalones, desdeñaba los atuendos de la gente que pretendía ir a la moda, desdeñaba el carmín y las permanentes. Llevaba su pelo negro natural, con un corte a lo paje que justo le permitía sujetárselo detrás de las orejas. Era alta pero de huesos finos, con unas muñecas y unos hombros estrechos, la cabeza pequeña, una cara pálida, pecosa, expresiva, como una mona. Por poco que se hubiera esmerado, y de haber tenido recursos, podría haber lucido una especie de encanto frágil, cuidado, que realzara el contraste de su pelo oscuro y su palidez; Rose se dio cuenta de eso más adelante. Pero habría tenido que ser otra persona; habría tenido que aprender a contener las muecas que hacía, tanto a solas como a los demás.

Los primeros recuerdos que Rose conservaba de Flo eran de extraordinaria suavidad y dureza. El pelo suave, las mejillas largas, suaves y pálidas, el suave vello casi invisible delante de las orejas y en el bozo. La angulosidad de sus rodillas, la dureza de su regazo, la lisura de su pecho.

Cuando Flo cantaba:

Oh the buzzin’ of the bees in the cigarette trees

and the soda-water fountain…[1]

Rose pensaba en la vida que había llevado antes de casarse con su padre, cuando trabajaba de camarera en la cafetería de la estación central de Toronto, e iba con sus amigas Mavis e Irene a la isla Central, y la seguían hombres por calles oscuras y sabía cómo funcionaban las cabinas telefónicas y los ascensores. Rose oía en su voz la vida temeraria y peligrosa de las ciudades, las réplicas mordaces mascando chicle.

Y cuando cantaba:

Then slowly, slowly, she got up.

And slowly she came nigh him.

And all she said, that she ever did say,

was young man, I think you’re dyin’[2]

 

Rose imaginaba esa vida anterior de Flo, una vida legendaria y llena de peripecias, con Barbara Allen y el padre de Becky Tyde y un sinfín de escándalos y desdichas entremezclados.

Las soberanas palizas. ¿Cuál fue el detonante?

Supongamos un sábado, en primavera. Las hojas aún no han brotado, pero la puerta está abierta para que entre la luz del sol. Cuervos. Arroyuelos en las zanjas. Un clima prometedor. A menudo los sábados Flo dejaba a Rose a cargo de la tienda —han pasado unos años, entonces Rose ya tenía nueve, diez, once, doce años— mientras ella cruzaba el puente para ir a Hanratty («ir al centro», lo llamaban) a comprar y a ver a gente, y a enterarse de los chismes. Se enteraba, entre otros, por la señora Davies, esposa del abogado, la señora Henley-Smith, esposa del párroco anglicano, y la señora McKay, esposa del veterinario. Volvía a casa e imitaba sus voces de gallina clueca. Monstruos, las hacía parecer; de cursilería, y pretenciosidad, y arrogancia.

Al acabar las compras iba a la cafetería del Queen’s Hotel y tomaba una copa de helado. «¿De qué sabores?», querían saber Rose y Brian cuando volvía a casa, y se desilusionaban si era solo de piña o caramelo, y se alegraban si era un Tejado Caliente, o un Blanco y Negro. Luego se fumaba un pitillo. Llevaba algunos que compraba sueltos de cajetilla, para no liar tabaco en público. Fumar era la única cosa que hacía que Flo hubiese tachado de extravagancia en cualquier otra persona. Era una costumbre que le había quedado de cuando trabajaba, de la época de Toronto. Sabía que podía traerle problemas. Una vez un cura católico se le acercó, nada menos que en el Queen’s Hotel, y le ofreció el encendedor antes de que ella pudiese sacar las cerillas. Le dio las gracias pero no entabló conversación, por si intentaba convertirla.

En otra ocasión, de camino a casa, al final del puente que lindaba con el pueblo vio a un chico con una chaqueta azul que parecía estar mirando el agua. De dieciocho, diecinueve años. No era ningún conocido. Flaco, como enfermizo; Flo enseguida se dio cuenta de que había algo raro. ¿Estaría pensando en saltar? Justo cuando ella pasa por su lado, el muy sinvergüenza se da la vuelta, con la chaqueta abierta y los pantalones también, y se lo enseña todo. Qué frío tuvo que pasar, porque ese día Flo iba ciñéndose el cuello del abrigo para taparse la garganta.

Al ver lo que tenía en la mano, dijo Flo, solo se le ocurrió pensar: «¿Qué hace este muchacho aquí fuera con una salchicha?».

Ella podía hablar así. Contaba como verdad; no era una broma. Aseguraba que aborrecía el lenguaje soez. A veces salía de la tienda y gritaba a los viejos sentados en la puerta: «¡Si quieren quedarse aquí, más vale que se laven esas bocas sucias!».

Sábado, entonces. Por alguna razón Flo no va a ir al centro, ha decidido quedarse en casa y fregar el suelo de la cocina. Quizá eso la ha puesto de mal humor. Quizá estaba de mal humor de todos modos, por la gente que no pagaba las cuentas, o por los altibajos anímicos de la primavera. La riña con Rose ha empezado ya, ha ido gestándose desde siempre, como un sueño que se remonta más y más hasta otros sueños, atravesando montañas y puertas, enloquecedoramente difuso y plagado de presencias, familiar y escurridizo. Van sacando todas las sillas de la cocina antes de fregar, y también han de llevar algunos productos a la tienda, varios envases de cartón y conservas, latas de sirope de arce, bidones de aceite de carbón, frascos de vinagre. Traen esas cosas del leñero. Brian, que tiene cinco o seis años, está ayudando a arrastrar las latas.

—Sí —dice Flo, contestando a partir de un punto de partida que hemos perdido—. Sí, igual que aquella cochinada que le enseñaste a Brian.

—¿Qué cochinada?

—Y el pobre crío qué va a saber.

Hay que bajar un escalón de la cocina al leñero, cubierto con un pedazo de moqueta tan gastado que Rose ni siquiera recuerda haber visto nunca el dibujo. Brian lo desprende al arrastrar una lata.

—Dos Vancouvers —le apunta ella en voz baja.

Flo vuelve a estar en la cocina. Brian mira a Flo y luego a Rose, y Rose dice otra vez, un poco más fuerte, con una tonadilla alentadora.

—Dos Vancouvers…

—¡Fritos en moco! —acaba Brian, incapaz de controlarse más.

—Dos culos en escabeche…

—¡Atados a lo loco!

Ahí está. La cochinada.

¡Dos Vancouvers fritos en moco!

¡Dos culos en escabeche atados a lo loco!

Rose se lo sabe desde hace años, lo aprendió cuando empezó a ir a la escuela. Volvió a casa y le preguntó a Flo:

—¿Qué es un Vancouver?

—Es una ciudad. Está muy lejos de aquí.

—¿Y qué más, aparte de una ciudad?

Flo no entendió a qué se refería con «qué más».

—Pues a cómo se puede freír —dijo Rose, acercándose al momento de peligro, al momento delicioso, cuando tendría que soltarlo todo—. ¡Dos Vancouvers fritos en moco! ¡Dos culos en escabeche atados a lo loco!

—Te la estás buscando —chilló Flo, enrabiada como era de esperar—. ¡Vuelve a decir eso y te caerá un buen sopapo!

Rose no se podía contener. La tarareaba con ternura, intentando decir las inocentes palabras en voz alta y farfullar las demás. No solo le encantaban las palabras «moco» y «culo», aunque desde luego eso también. Era el escabeche y el nudo y los inimaginables Vancouvers. En su cabeza los veía como una especie de pulpos, retorciéndose en la sartén. La pirueta de la razón; el destello y la chispa de la locura.

Últimamente ha vuelto a recordarlo y se lo ha enseñado a Brian, para ver si tiene el mismo efecto en él, y por supuesto lo tiene.

—¡Ah, os he oído! —dice Flo—. ¡He oído eso! Y os lo advierto, ¿eh?

No se puede negar. Brian sigue la advertencia. Echa a correr, sale por la puerta del leñero, para hacer lo que le venga en gana. Ser un niño, libre de ayudar o no, de implicarse o no. Sin compromisos con la lucha doméstica. De todos modos no lo necesitan, salvo para usarlo una contra la otra, apenas reparan en que se ha ido. Continúan, no pueden evitar continuar, no pueden dejarse en paz. Cuando parecen haberse rendido solo están esperando para volver a la carga.

Flo saca el balde de fregar y el cepillo y el trapo y la estera para las rodillas, una estera de goma roja sucia. Empieza a restregar el suelo. Rose está sentada en la mesa de la cocina, el único sitio que queda para sentarse, balanceando las piernas. Puede sentir el hule fresco, porque lleva pantalones cortos, los pantalones del verano anterior ajustados y descoloridos, que ha desenterrado de la bolsa de ropa de verano. Huelen un poco a moho, después de pasar todo el invierno en el ropero.

Flo está a gatas debajo, frotando con el cepillo, enjuagando con el trapo. Tiene unas piernas largas, blancas y musculosas, surcadas de venas azules por todas partes como si alguien hubiera estado dibujando ríos en su piel con un lápiz indeleble. Una energía anómala, un asco violento, se expresa en los arañazos del cepillo en el linóleo, en los roces del trapo.

¿Qué tienen que decirse? La verdad es que no importa. Flo habla de que Rose se pasa de lista, de que es una maleducada y una dejada y una arrogante. Siempre dispuesta a desvivirse por los demás, mientras que en casa es una desagradecida. Menciona la inocencia de Brian, la corrupción de Rose. «Ah, no te des tantos humos», dice Flo, y al cabo de un segundo: «¿Quién te crees que eres?». Rose le lleva la contraria y replica con una sensatez y una flema venenosas, hace gala de una indiferencia exagerada. Flo se aparta de su desdén y su contención habituales y se pone también de lo más exagerada, diciendo que ella sacrificó su vida por Rose. Vio a su padre cargado con una criatura y pensó: «¿Qué va a hacer este hombre? Así que se casó con él, y aquí está ahora, de rodillas en el suelo».

En ese momento la campanilla de la puerta anuncia que ha entrado un cliente. Como están enzarzadas en la discusión, Flo no consiente que Rose vaya a despachar en la tienda. Se levanta y tira el delantal, gruñendo (aunque no pretende ser comunicativa, a Rose no se le permite compartir la exasperación), y va a atender. Rose la oye hablar como si nada.

—¡Ya era hora! ¡Menos mal!

Cuando vuelve se ata el delantal, dispuesta para continuar.

—¡Tú nunca has pensado en nadie más que en ti misma! ¡Nunca te has parado a pensar en lo que hago!

—Yo no te pedí que hicieras nada. Ojalá no lo hubieras hecho. Me habría ido mucho mejor.

Rose se lo dice con una sonrisa, encarándose con Flo, que todavía no se ha arrodillado. Flo ve la sonrisa, agarra el trapo de fregar que cuelga del borde del balde, y se lo tira. Tal vez pretende darle en la cara, pero le cae en una pierna, y Rose lo atrapa con el pie y empieza a balancearlo despreocupadamente en el tobillo.

—Muy bien —dice Flo—. Esta vez lo has conseguido. Muy bien.

Rose la ve ir hacia la puerta del leñero, la oye caminar hasta el otro lado del leñero, detenerse en la entrada, donde no se ha colocado aún la mosquitera y el portón está abierto, calzado con un ladrillo. Llama al padre de Rose. Lo llama con una voz de advertencia, conminatoria, como preparándolo a su pesar para las malas noticias. Seguro que sabrá de qué se trata.

El suelo de la cocina es de linóleo, con cinco o seis estampados distintos. Retales, que Flo consiguió de saldo y luego recortó y ensambló ingeniosamente, con ribetes de aluminio y tachuelas. Mientras Rose espera sentada en la mesa, mira el suelo, esa disposición mañosa de rectángulos, triángulos y alguna otra forma geométrica cuyo nombre está tratando de recordar. Oye que Flo vuelve por el leñero, haciendo crujir la pasarela de tablones tendidos sobre el suelo de tierra. Se demora, esperando también. Por sí solas, Rose y ella no pueden llevar las cosas ...