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REINAS MALDITAS

Cristina Morató  

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Fragmento

Una extraña en la corte

No me quedó otro remedio que vivir como una ermitaña. En el gran mundo me persiguieron y me juzgaron mal, me hirieron y me calumniaron tanto… Y sin embargo, Dios, que ve en mi alma, sabe que jamás le hice daño a nadie.

Confesiones de Isabel de Baviera a su profesor de griego,

Constantin Christomanos, 1891

l cumplir los treinta y cinco años de edad, Isabel de Baviera —la famosa Sissi— decidió ocultar su rostro tras un abanico y protegerse con una sombrilla de la mirada de los curiosos. Ella, que había sido considerada la emperatriz más hermosa de Europa, estaba harta de ser contemplada por el pueblo como un ídolo. También se negaba a interpretar su papel de encantadora emperatriz del poderoso Imperio austrohúngaro en una corte anticuada y perversa donde siempre se sintió una extraña. No se dejó retratar nunca más y nadie pudo ser testigo de su decadencia física, que tanto le angustiaba. Porque la leyenda sobre su belleza iba paralela a la de su excéntrico com

Recibe antes que nadie historias como ésta

portamiento. Durante más de cuarenta años asombró a todas las casas reales con sus desplantes y su menosprecio al rígido ambiente de los Habsburgo. Sissi rompió todos los moldes de la época y, desde luego, no fue la dócil y ñoña princesa de las películas. Se podrían llenar páginas enteras enumerando sus rarezas y extravagancias, fruto de una enfermedad que hizo de su vida un infierno.

El emperador Francisco José la amó hasta el final de su desdichada vida pero nunca la entendió. Ella, golpeada por las tragedias familiares y las presiones de la corte, bordeó la locura y acabó refugiándose en su propio mundo, olvidando sus deberes y viviendo sólo para sí misma.

La legendaria Sissi vino al mundo en el palacio ducal de Munich la fría noche del 24 de diciembre de 1837. Al ser domingo y día de Nochebuena, su llegada fue recibida como un feliz augurio. Su madre, la princesa real Ludovica de Wittlesbach, era hija del rey Maximiliano I de Baviera y de su segunda esposa, Carolina de Baden. Ludovica era la pariente pobre de sus poderosas hermanas, todas ellas muy bien casadas con reyes y emperadores. Una era reina de Prusia, otra de Sajonia y la mayor, Sofía, habría sido emperatriz de Austria si no hubiera obligado a su débil esposo a renunciar al trono en favor de su hijo mayor, Francisco José.

La mayoría de las princesas de su época tuvieron que dejar a un lado los sentimientos para cumplir con las obligaciones propias de su rango. Ludovica no fue una excepción y, en 1828, contrajo matrimonio con un primo segundo, el duque Maximiliano de Baviera —o Max, como le llamaban—, hombre liberal, bohemio y bastante excéntrico que pertenecía a sissi 17

una rama menor de la Casa de Wittlesbach. Desde un principio, Max le confesó a su esposa que no la amaba y que si había accedido a casarse con ella era por temor a enojar a su enérgico abuelo. Aunque fue un matrimonio de conveniencia y mal avenido, tuvieron diez hijos, de los que dos murieron al poco de nacer.

Ludovica, una mujer de notable belleza en su juventud, contó más tarde a sus hijos que había pasado su primer aniversario de boda llorando todo el día porque se sentía inmensamente desgraciada. Le costó mucho acostumbrarse a la vida bohemia de su esposo, a sus escándalos y a tener que cuidar ella sola de su numerosa prole. Era una esposa sumisa que soportó con abnegación las infidelidades del duque, que solía almorzar en sus aposentos del palacio ducal con sus dos hijas ilegítimas a las que quería con ternura.

La princesa Isabel —a la que todos llaman Sissi o Lisi— estaba habituada a los lamentos de su pobre madre y nunca olvidaría una frase que ésta no dejaba de repetir: «Cuando se está casada, ¡se encuentra una tan sola!». La familia vivía alejada de las rígidas convenciones de la corte imperial de Munich y pasaba largas temporadas en su residencia estival de Possenhofen. Por su rango, los padres de Isabel no tenían que ejercer ninguna función oficial y llevaban una vida sencilla y despreocupada en el campo sin ningún tipo de obligaciones.

La futura emperatriz de Austria nació en el seno de una familia nada corriente. Su padre, el duque Max, era sin duda el Wittelsbach más popular de la época y todo un personaje. En el palacio donde vino al mundo la pequeña, situado en la Lud wigstrasse de Munich, instaló un circo en medio del patio con palcos y butacas de platea para los invitados. El propio

duque solía actuar en la pista mostrando su habilidad ecuestre con arriesgados números acrobáticos y vistiendo de payaso. También era famoso su café-chantant, al estilo de París, y un salón de baile con un enorme friso de Baco de cuarenta metros de largo. Allí se reunía con su círculo de amigos escritores y artistas bohemios, en torno a una peña conocida como la Tabla Redonda que él mismo presidía emulando al rey Arturo. Una alegre tertulia literaria donde se bebía cerveza, se cantaba, se leía poesía y se discutía acaloradamente. El duque Max fue un apasionado de la música popular bávara y célebre compositor de cítara, instrumento que llevaba en sus viajes alrededor del mundo.

Un mes después del nacimiento de Sissi, abandonó a su familia y emprendió un largo viaje por Oriente Próximo. Cuando llegó a El Cairo tocó la cítara en lo alto de la pirámide de Keops, para asombro de sus acompañantes árabes. También aprovechó su estancia para comprar en el mercado de esclavos «tres negritos», que causaron gran sensación en Munich, así como un buen número de antigüedades. Max, un hombre rico y juerguista, dilapidó su fortuna viviendo como quiso. Pero también era muy culto y poseía una magnífica biblioteca de casi treinta mil volúmenes que decía haber leído o consultado. De todos sus hijos sentía una especial debilidad por Sissi —se refería a ella como «su regalo de Navidad»—, que era la más parecida a él en gustos y carácter.

Isabel pasó la mayor parte de su infancia y adolescencia en el castillo de Possenhofen, situado en un paraje idílico a orillas del lago de Starnberg. Possi, como lo llamaban, era un recio y modesto edificio, flanqueado por cuatro torres, que se alzaba en medio de un extenso parque entre rosaledas que descendían hasta la misma orilla del lago. Aunque veía poco a sissi 19

su padre, que se ausentaba con frecuencia, en el tiempo que Max pasó con sus hijos les inculcó su amor a la naturaleza, la libertad y la vida sencilla. Otra de sus pasiones eran los caballos purasangre, y en su palacio de Munich organizaba concursos de equitación en un hipódromo que mandó construir en su propio jardín.

Como su padre, Sissi prefería el campo a la ciudad y no cambiaba los frondosos paisajes que rodeaban Possenhofen por el brillo de los salones palaciegos. Ya de niña amaba la vida al aire libre, montar a caballo, nadar en el lago, pescar con anzuelo, pasear sola por los bosques y practicar el montañismo. También le gustaba la cerveza y sentía debilidad por las salchichas bávaras, que tanto añorará en la corte de Viena.

Ludovica, a pesar de ostentar desde su nacimiento el título de Su Alteza Real y Princesa Real de Baviera, se comportaba más como un ama de casa burguesa que como un miembro de la alta aristocracia. Apenas disponía de servicio y ella misma educó a sus ocho hijos —algo excepcional en una familia noble— mientras su esposo llevaba una vida errante lejos de casa. La duquesa no tenía grandes ambiciones políticas pero vivía bajo la influencia de su enérgica hermana, la archiduquesa Sofía de Austria. Tres años mayor que ella, sentía un amor devoto y gran admiración hacia esta hermana autoritaria que gobernaba a su antojo en el Palacio Imperial de Hofburg en Viena. Por miedo a perder su favor, seguía con cierto temor todos sus consejos y la ponía siempre de ejemplo a sus hijos.

La corte austríaca le quedaba muy lejos a Ludovica, que vivía como una aldeana, vestía de manera informal y no mantenía ningún trato con su sobrino Maximiliano II, rey de Baviera. Sus únicas aficiones eran coleccionar toda clase de relo

jes y estudiar geografía. Su esposo Max se burlaba de ella diciendo que sus conocimientos geográficos procedían de los calendarios de las misiones que colgaban en su salón.

Hasta los diecisiete años, Possenhofen es un paraíso para la pequeña Isabel; le encanta andar descalza por sus prados y corretear entre sus animales de compañía: un corzo, un cordero y varios conejos de todas las razas. La princesa habla el dialecto de la región y tiene buenos amigos entre los hijos de los campesinos de la vecindad. Su nueva preceptora, la baronesa Wulffen, tratará de inculcar sin éxito algo de disciplina a estos ocho hermanos medio salvajes que han sido educados con bastante libertad y sin prejuicios sociales. Sissi es una niña delicada y muy sensible que, en ocasiones, se sume en la tristeza sin motivo aparente.

La baronesa no tardará en darse cuenta de que es especial y distinta a su hermana mayor: «Isabel es por temperamento más débil y con tendencia a escrúpulos y preocupaciones. La hermana mayor la domina». La pequeña no tiene mucho interés por el estudio, pero escribe a escondidas versos ingenuos e infantiles. También le gusta el dibujo y toma apuntes de los animales, de los árboles del jardín y de las lejanas crestas de los Alpes, que ejercen en ella una poderosa atracción. A veces el duque Max interrumpe las tediosas clases de la baronesa, y se lleva a sus hijos a recoger fruta al campo o a trepar a los árboles. Otras, se presenta en Possenhofen con una pequeña orquesta y organiza un concierto o un baile en medio del prado. Isabel adorará a este padre ausente, tierno y fantasioso, con el que tanto tiene en común.

El 18 de agosto de 1848 Francisco José cumple dieciocho años y el sueño que su poderosa madre acaricia desde hace tiempo está a punto de cumplirse. Tras la abdicación de su tío sissi 21

Fernando I, que padecía una enfermedad mental, y la renuncia de su padre, el archiduque Francisco Carlos —hombre débil y poco apto para enfrentarse a las tareas del gobierno—, el joven se convierte en jefe de la casa imperial de los Habsburgo. Su llegada al trono coincide con el estallido de una revolución burguesa en Austria, que sacude los cimientos de la monarquía y que es reprimida con mano dura por los militares. Sofía, satisfecha por haber superado esta grave crisis sin pérdidas territoriales, sólo piensa en la coronación de su hijo. Ésta no se celebrará en Viena —por miedo a nuevos brotes de violencia en la capital—, sino en el palacio arzobispal de la ciudad de Olmütz, en Moravia.

La emperatriz ejercerá una gran influencia sobre este hijo tan joven e inseguro, a pesar de haber afirmado que no se inmiscuiría en los asuntos de gobierno: «[…] en el advenimiento de mi hijo al trono, me propuse firmemente no intervenir en ningún asunto de Estado; no creo tener derecho a ello y lo dejo todo en tan buenas manos, después de trece años de penoso abandono, que siento profunda alegría de poder presenciar ahora con gran confianza, tras el espinoso año de 1848, el nuevo camino emprendido». Pero Sofía no cumplirá sus promesas y durante los siguientes años será ella la que moverá los hilos en Hofburg, centro del poder imperial. Las primeras medidas que Francisco José toma como soberano —entre ellas, la ejecución de los opositores políticos y la abolición de la prometida Constitución— son obra de su madre. Sofía, pragmática y autoritaria, había renunciado a sus ambiciones políticas y conseguido sentar a su hijo mayor en el trono gracias a su influencia en la corte. Es «la emperatriz a la sombra» y manejará a su antojo a su dócil vástago, a quien llama «mi Franzi».

En su juventud la archiduquesa Sofía de Baviera había sido tan hermosa que fue la única de sus hermanas cuyo retrato, su primo, el excéntrico rey Luis I de Baviera, había incluido en su célebre Galería de Bellezas de su residencia de Munich. A los diecinueve años se vio obligada a contraer matrimonio con un hombre al que ni conocía ni amaba, el archiduque Francisco Carlos de Austria. Fue una unión meramente política y aunque Sofía comprendió que no podría cambiar su triste destino, ante las adversidades se transformó en una mujer independiente y enérgica.

Con el tiempo, llegó a amar a su bondadoso esposo «como a un niño al que hay que cuidar» y estuvo muy pendiente de la educación de los cinco hijos que tuvieron en común. En Viena se referirían a ella como «el único hombre de la corte». La archiduquesa, que siempre juzgaría muy duramente a su nuera, olvidaba que también ella había sido una joven e inexperta princesa bávara perdida en una corte extranjera en la que no conocía a nadie y donde se sintió muy sola.

Cinco años más tarde, Francisco José se había convertido en un monarca absoluto y uno de los hombres más poderosos de su época. Fiel representante del Antiguo Régimen, era el jefe de las fuerzas armadas y gobernaba sin Parlamento y sin Constitución. En realidad sus ministros ejercían de meros consejeros porque él era el único responsable de la política del imperio.

Por entonces Austria se había convertido en una gran potencia mundial y el mayor Estado europeo después de Rusia, con cerca de cuarenta millones de habitantes. El imperio abarcaba territorios que hoy pertenecen a Italia, la República Checa, Eslovaquia, Hungría, Polonia, Rumanía, Ucrania, Serbia, Bosnia-Herzegovina o Croacia.

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El emperador acaba de cumplir veinticuatro años y desprende un aire de autoridad y un porte majestuoso que despiertan la admiración de los que le rodean. En los retratos oficiales que se conservan de él en aquella época se ve a un joven apuesto, rubio, de ojos claros, cuidado bigote y una figura esbelta a la que sienta como un guante el ceñido uniforme de militar. Era, además, un hombre atento, de exquisitos modales y buen bailarín. Había llegado el momento de buscar una buena esposa a este monarca considerado un soltero de oro por el que suspiraban muchas damas de la corte. Sofía y su hermana Ludovica hace ya tiempo que acarician el proyecto de casar a Francisco José con Elena (Nené), la más responsable y preparada para convertirse en una buena emperatriz. Aunque la joven sólo procedía de una rama bávara secundaria y no pertenecía a la Casa Real de Baviera, ambas coincidían en que era la mejor aspirante. Francisco José está tan dominado por su madre que sólo hará lo que ella disponga y aceptará sin protestar la novia que le destine.

En el verano de 1853, la archiduquesa Sofía invita a su hermana Ludovica y a sus dos sobrinas, Elena e Isabel, a Bad Ischl, una famosa estación termal donde la familia imperial pasa el verano. Francisco José celebra su aniversario y es la excusa perfecta para que conozca a la candidata elegida por su madre para ser la emperatriz consorte. A primera vista, Elena es la prometida ideal: bella, discreta, sabe hablar un francés perfecto (idioma utilizado en las cortes europeas) y ha aprendido el complicado ceremonial cortesano.

Por su parte a Sissi, ajena a lo que su madre y su tía Sofía traman, este viaje largo y agotador por los tortuosos caminos de la región de Salzburgo le resulta un engorro. Ludovica ha insistido en que la acompañe porque le preocupa su estado de

ánimo. Isabel, que tenía quince años, se había enamorado de un apuesto conde de la corte al servicio de su padre el duque Max. El incipiente romance fue rápidamente interrumpido por éste y el caballero fue enviado a alguna misión para alejarlo de Munich. Cuando regresó estaba gravemente enfermo y murió poco después. Sissi cayó en una profunda tristeza y pasaba las horas en su habitación escribiendo poemas a su amado y llorando desconsoladamente.

Ludovica pensó que un cambio de aires le sentaría bien y que su hija recuperaría la alegría. Además, abrigaba la secreta esperanza de que el hermano menor del emperador Francisco José, el archiduque Carlos Luis, aún se sintiera atraído por Sissi. Ambos jóvenes se conocieron en 1848 en una reunión familiar en Innsbruck siendo apenas unos niños. Carlos Luis demostró un interés especial por su prima bávara, que entonces contaba once años. Durante un tiempo se intercambiaron románticas cartas de amor y algunos presentes, pero con el paso de los meses la relación se enfrió. La duquesa creyó que este viaje podría reavivar el interés del archiduque por su hija menor, que había cambiado mucho y ahora era una adolescente «bonita y lozana aunque no tuviera ningún rasgo especialmente hermoso».

Desde la primavera Ludovica no ha parado ni un instante carteándose con su hermana y organizando los preparativos de un viaje en el que ha puesto todas sus esperanzas. En esta ocasión tan especial, el duque Max no las acompañará para no entorpecer el proyecto matrimonial de su hija mayor y se limitará a despedirlas en la frontera. Sus ideas democráticas y extravagante forma de vida no son del gusto de Sofía, que intenta pronunciar su nombre lo menos posible en la corte vienesa.

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El 16 de agosto de 1853 la duquesa llegaba a Bad Ischl con sus hijas, pero tuvo que solventar varios contratiempos. Sufría una fuerte migraña que la obligó a posponer la salida y llegaron con bastante retraso a su destino. Las tres vestían de riguroso luto porque acababa de morir una tía muy querida. El equipaje se demoró y no les dio tiempo a cambiarse el vestido, negro y polvoriento, que llevaban puesto en el viaje. La archiduquesa Sofía les envió una camarera al hotel donde se alojaban para ayudar a peinar a Elena, que debía estar impecable antes de presentarse ante el emperador. Sissi, a quien nadie ayudó, se arregló ella misma el cabello que recogió en dos largas trenzas.

Sofía invitó a su hermana y a sus dos hijas a tomar el té en la Kaiservilla (Villa Imperial), una lujosa y elegante mansión que la monarquía austríaca alquilaba como residencia de verano. En el salón principal Francisco José esperaba puntual y algo nervioso a sus invitadas, pues sabía muy bien lo que significaba aquella visita. Sólo ha visto una vez a sus primas, y casi no las recuerda porque entonces los asuntos políticos ocupaban toda su atención. Encuentra a Elena bonita, elegante y distinguida, aunque algo fría y estirada. Tiene veinte años pero sus facciones duras y el vestido de luto la hacen aparentar mayor edad. En cambio Sissi, más espontánea e infantil, le resulta encantadora y no puede dejar de mirarla.

Fue un amor a primera vista que a nadie pasó desapercibido. «Enamorado como un cadete, feliz como un dios», dijo sentirse al poco de conocerla. El archiduque Carlos Luis, contrariado y celoso ante el inesperado interés de su hermano por el que fue un amor de juventud, le confesará a su madre que «desde el momento en que el emperador vio a Isabel,

apareció en su rostro tal expresión de contento, que ya no cupo duda de a quién elegiría».

Sissi no disfrutó de aquella velada y el nerviosismo le quitó el apetito. A diferencia de Nené, no estaba acostumbrada a las reuniones sociales y en público se sentía cohibida. A la mañana siguiente el emperador acudió temprano al dormitorio de su madre, que acababa de levantarse. Estaba radiante y le comunicó que la pequeña Sissi le parecía adorable y que era con ella y no con Elena con quien deseaba casarse. Sofía le pidió que no se precipitara pues apenas la conocía, pero él insistió en que no era conveniente alargar esta situación. En su diario la archiduquesa Sofía escribió sus primeras impresiones sobre la joven: «¡Pero qué mona es Sissi! Se la ve fresca como una almendra cuando se abre, y… ¡qué espléndida corona de cabellos enmarca su cara! Tiene los ojos dulces y hermosos, y sus labios parecen fresas».

De nada sirvió que Sofía le recordara a su hijo que Elena, a sus diecinueve años, era una muchacha más madura y preparada para compartir el peso de la corona y su hermana, sólo una chiquilla. Por primera vez Francisco José, que tanto reverencia y respeta a su madre, se mostrará inflexible en su decisión. Por la noche se celebra un baile donde el emperador elige a Sissi como su pareja dejando muy claro delante de todos los invitados el lugar que ocupa en su corazón. Sin embargo su prima es tan joven e inocente que no tiene conciencia de todo lo que ocurre a su alrededor. Incluso cuando el soberano le ofrece todos los ramilletes de flores que, según la tradición, debía repartir entre las demás damas participantes, no le llamará la atención.

Tras el baile, en el que Sissi lució un sencillo vestido de seda rosa pálido, Sofía describió con todo lujo de detalles a su sissi 27

hermana María de Sajonia el aspecto de su sobrina: «En sus preciosos cabellos llevaba una gran peineta que mantenía las trenzas sujetas hacia atrás. Como es moda ahora, se aparta el pelo de la cara. ¡La actitud de la pequeña es tan delicada, tan modesta y perfecta y tan llena de una gracia casi sumisa cuando baila con el emperador! La encontré extraordinariamente atractiva, en su modestia de niña y, sin embargo, se mostraba muy natural con él. Lo único que le apocaba era el gran número de personas que la observaba». El único defecto que Sofía encuentra a la joven princesa es que «tiene los dientes un poco amarillos». Ludovica le promete que se los limpiará con más esmero para que sean de su agrado.

A la mañana siguiente el destino de Sissi ya había sido decidido. Aquel 18 de agosto se celebró el cumpleaños de Francisco José en una ceremonia íntima y familiar. Durante el banquete ella se sentó junto al emperador, que no dejaba de agasajarla. Aquella misma tarde éste le rogó a su madre que tanteara si su prima Sissi «le aceptaba» pero sin que nadie la presionara. Cuando Ludovica le preguntó a su hija «si se creía capaz de amar al emperador» la muchacha, angustiada y nerviosa, se puso a llorar. Entre sollozos le respondió que haría todo lo posible para que el emperador fuese feliz y ser una «hija cariñosa» para su tía Sofía. También añadió que no entendía cómo el soberano se podía haber fijado en ella siendo tan insignificante.

Cuando años más tarde alguien preguntó a la duquesa Ludovica si su hija había sido consultada respecto a sus sentimientos antes de dar un paso tan serio, ella contestó: «Al emperador de Austria no se le dan calabazas». La duquesa, ajena a lo que su hija pudiera sentir, estaba muy feliz y agradecida a su hermana, tal como escribió en una carta: «Es una suerte enorme y a la vez una situación tan importante y difícil, que

estoy impresionada en todos los sentidos. ¡Ella es tan joven e inexperta…! Espero, sin embargo, que sean benevolentes con Sissi. Su tía Sofía es muy buena y cariñosa con ella, y para mí representa un gran consuelo que mi hija tenga como segunda madre a una hermana tan querida». Isabel, ya siendo emperatriz de Austria, recordaba aquellos días con menos romanticismo y sentenciaba: «El matrimonio es una institución absurda. Una se ve vendida a los quince años y presta un juramento que no entiende y del que luego se arrepiente a lo largo de treinta años o más, pero que ya no se puede romper».

En los días siguientes Sissi vive en una nube, agasajada por un apuesto y cariñoso emperador que sólo tiene ojos para ella. Se suceden las fiestas, los bailes, los banquetes en su honor y los regalos que le llegan de todas partes. El emperador la obsequia con costosas joyas, entre ellas una magnífica diadema de diamantes y esmeraldas que puede entrelazar entre sus largos cabellos. No deja de exhibir su felicidad, pero a su lado Sissi se muestra muy tímida, callada y llorosa. Sofía, ajena a los sentimientos de la joven, le escribe a su hermana María de Sajonia: «No puedes imaginarte lo encantadora que resulta Sissi cuando llora». A Ludovica le preocupan menos los lloros de su hija que el hecho evidente de que su niña no esté a la altura de lo que se espera de una emperatriz de Austria. En aquellos días le confesaba a una amiga sus temores y «cuánto le asustaba la complicada tarea que aguardaba a su hija Isabel, que prácticamente ascendía al trono desde la nursery». Asimismo, sentía inquietud ante las mordaces críticas de las damas de la aristocracia vienesa.

El padre de la novia se enteró del compromiso de su hija preferida a través de un escueto telegrama que le mandó su esposa, y decía así: «El emperador pide la mano de Sissi y tu sissi 29

consentimiento; permaneceré en Bad Ischl hasta finales de agosto, todos muy contentos». Al conocer la noticia el duque Max primero creyó que se trataba de un error en la transcripción, ya que daba por sentado que era su hija Nené la elegida. Tras descubrir que el emperador de Austria había pedido la mano de su dulce Sissi, cuentan que se encogió de hombros y le respondió: «Te lo desaconsejo, es un bobo».

Cuando Max se reunió al jueves siguiente con sus amigos de la peña en torno a su Tabla Redonda todos le felicitaron de manera muy jocosa. En una comida que organizaron en su honor el 30 de octubre de aquel año de 1853, cuando el vino ya hizo sus efectos, todos los comensales allí reunidos cantaron a coro unos improvisados pareados poco respetuosos hacia la familia imperial austríaca. El rey de Baviera, Maximiliano, al conocer el incidente llamó la atención al duque Max y le hizo comprender que a partir de ahora debería llevar «una vida privada honorable, ya que el compromiso de su hija con el emperador atraía sobre toda la familia la curiosidad pública». Pero el duque no estaba dispuesto a obedecer las órdenes de nadie y mucho menos de este monarca débil y enfermizo.

En Viena, la archiduquesa Sofía, que consideraba a Max una «deshonra para la familia y un mal ejemplo para sus hijos», intentará imponer una cláusula matrimonial para evitar que éste asista a la boda imperial. Ludovica le suplicará a su hermana que no le cause semejante humillación ya que su ausencia en el enlace podría interpretarse como que su esposo la había abandonado por una de sus muchas amantes.

Sissi ha cautivado a todos los que la conocen, pero en la corte vienesa a algunos les preocupa este enlace porque los novios no sólo son primos hermanos sino que, además, perte

necen a la misma familia real. También los padres de la novia eran parientes próximos, y ambos de la familia Wittelsbach. Esta dinastía, que durante setecientos años reinó en Baviera, dio a lo largo de su historia una lista de príncipes y reyes excéntricos y trastornados. Se hablaba de que existía entre ellos una tara hereditaria, e incluso el abuelo de Sissi —el duque Pío, padre de Max— era un hombre contrahecho y demente que terminó su triste vida como ermitaño, en la más absoluta soledad. También dos primos de Sissi, el rey Luis II de Baviera (el famoso «Rey Loco») y su hermano Otón, fueron declarados incapacitados para gobernar debido a su extravagante comportamiento y serios trastornos mentales.

Para que la boda imperial pueda celebrarse será necesaria la dispensa papal. Finalmente el 24 de agosto, apenas ocho días después del encuentro de Sissi con Francisco José, se anunció oficialmente su compromiso de matrimonio. La noticia causó gran sensación y, tal como Ludovica temía, en la corte de Viena comenzaron a circular rumores acerca de la prometida. Lo primero que se criticó es que la futura emperatriz de Austria, aunque pertenecía a una familia de la alta aristocracia, no tenía la alcurnia de los Habsburgo. La envidia e inquina de la corte que tanto afectarían a Sissi no habían hecho más que empezar.

El 31 de agosto la dulce estancia en Bad Ischl toca a su fin. El emperador Francisco José debe regresar a sus obligaciones en Viena y Sissi al castillo de Possenhofen. Al emperador le cuesta separarse de su novia, con la que ha compartido quizá los únicos momentos felices de su austera existencia. Como recuerdo de su compromiso matrimonial, la archiduquesa Sofía decidió adquirir la Kaiservilla donde la pareja se había conocido y transformarla en residencia de verano de la sissi 31

familia real. Ya en el palacio de Hofburg, inmerso en los asuntos de la corte, el emperador le escribirá a su madre: «Verdaderamente es un salto duro y terrible pasar de aquel cielo a esta triste existencia de tinta y papel de escribir, atormentada y fatigosa». El regreso de Sissi tampoco es fácil porque le aguarda un intenso programa de estudios. Durante los ocho meses que duró su noviazgo tuvo que prepararse a marchas forzadas para su nuevo cometido. Era urgente que aprendiera francés e italiano y mejorara en poco tiempo su descuidada formación. También era muy importante que conociera la historia austríaca y tres veces por semana acudía a su casa un historiador, el conde Johann Mailáth, asiduo a las tertulias del duque Max. Este profesor, al que Sissi tomó un gran afecto, era un hombre orgulloso de sus raíces húngaras que supo transmitirle el amor y las reivindicaciones de su maltrecho país. No dudó en explicarle a su atenta alumna cómo la antigua Constitución húngara había sido abolida en 1849 por el hombre que pronto sería su esposo. Mailáth enseñó a la pequeña Sissi las ventajas de una forma de gobierno republicana y sus ideas políticas calaron muy hondo en la joven princesa. Ya siendo emperatriz, Isabel de Baviera dejó sin habla a un grupo de cortesanos en una recepción en Hofburg cuando comentó: «He oído decir que la república es la forma de gobierno más conveniente».

Si antes pasaba desapercibida entre sus hermanas, ahora la prometida del emperador es el centro de todas las miradas. Tres artistas se dedican a retratarla para enviar la mejor miniatura a Francisco José y comienzan los preparativos para el ajuar de la novia. Durante las semanas siguientes docenas de modistas, bordadoras, zapateros y sombrereras de Baviera trabajarán a marchas forzadas para tener a tiempo el trousseau

(ajuar) de la futura emperatriz. La archiduquesa Sofía, en la distancia, no deja de dar consejos y recordar a su hermana que la joven princesa «debía limpiarse mejor los dientes». A Sissi le importan muy poco los vestidos y las continuas pruebas le resultan un fastidio. Las joyas que le llegan de Viena apenas despiertan su interés y ninguno de los costosos regalos le hará tanta ilusión como un papagayo que el emperador le envió a Baviera.

Ludovica observa con preocupación cómo a su hija la invade la melancolía y se muestra callada. Sólo la llegada del emperador a mediados de octubre le devuelve por unos días la alegría. Francisco José se siente dichoso en el ambiente informal de Possi; disfruta jugando con los hermanos pequeños de Sissi, montando a caballo con su prometida y descubriendo las bellezas de sus queridas montañas bávaras. El afecto de Sissi hacia su prometido va en aumento y cada nueva separación provoca en ella un mayor desconsuelo. En una ocasión en que Francisco José tuvo que marcharse precipitadamente porque tenía que atender sus deberes, la pequeña Sissi lloró tanto que «tenía la cara y los ojos muy hinchados».

A principios de marzo, y una vez conseguida la dispensa papal, se firmó el contrato matrimonial. La futura emperatriz recibiría, como dote del duque Max y muestra de «amor paterno y especial predilección», la cantidad de cincuenta mil florines, además de un ajuar acorde a su rango y jerarquía. El emperador se comprometió a aumentar esta modesta dote con otros cien mil ducados, a los que añadió doce mil ducados más en concepto del Morgengabe, el «regalo de la mañana», una antigua costumbre de la Casa Imperial que consistía en indemnizar a la esposa en la mañana siguiente de su noche de bodas por la pérdida de su virginidad.

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Además, la emperatriz obtendría cien mil ducados destinados sólo a «vestidos, adornos y limosnas y otros gastos menores». Porque todo lo demás (mesa, ropa de casa y caballos, mantenimiento y pago de la servidumbre, así como lo relativo al mobiliario y decoración de los palacios imperiales) corría a cargo de Francisco José. La asignación anual de que Sissi iba a disponer tras ser coronada emperatriz de Austria era cinco veces mayor que la de la archiduquesa Sofía. Una cifra considerable, si se tiene en cuenta que un obrero podía ganar al año unos doscientos florines.

En su última visita a Munich antes de contraer matrimonio, Francisco José entregó a su prometida una valiosa joya que debía lucir el día de la boda. Era una diadema de ópalos y brillantes a juego con el collar y los pendientes, obsequio de Sofía. Por el momento, Sissi no podía quejarse de la forma en que su futura suegra se comportaba con ella. Además de espléndidos regalos, la archiduquesa se volcó en decorar con el máximo lujo la vivienda destinada a los recién casados. Situada en un ala del palacio de Hofburg, no reparó en gastos para contentar a su nuera. Todo tenía que ser lo mejor y lo más caro, desde las tapicerías hasta las cortinas, las alfombras y los muebles. El juego de tocador de Sissi era de oro macizo. Sofía decoró los aposentos del apartamento imperial con numerosos tesoros artísticos, cuadros, objetos de plata, porcelanas chinas, estatuas y relojes provenientes de las diversas colecciones privadas de la Casa Imperial.

Cuando Sissi escribió una carta a su futura suegra para darle las gracias por todas las atenciones, a ésta no le gustó el tono de familiaridad que empleó y así se lo hizo saber a su hijo. Francisco José le dijo al respecto a Sissi: «No estaría bien que yo, su hijo verdadero, la tratase de usted pero todos los

demás tienen que tratar a mi madre con el respeto y la consideración que merece por su edad y condición». Aquel incidente hirió su sensibilidad y le dejó un amargo recuerdo. Era solamente el comienzo de una relación imposible con su suegra marcada por las constantes desavenencias. Su tía y suegra Sofía de Baviera no iba a ser para ella una «segunda madre» como tanto deseaba Ludovica, sino su peor enemiga en la corte.

En los días previos a la boda el ajuar de la futura emperatriz quedó listo y fue enviado en veinticinco baúles a la corte de Viena. En el meticuloso inventario que se hizo de todas sus pertenencias queda patente que la novia del emperador no era lo que se consideraba entonces «un buen partido». La mayoría de las joyas que Sissi llevó consigo eran regalo del novio y de su suegra con ocasión de la petición de mano. Las damas de la corte pronto comenzarían a juzgar, a la vista de tan modesto ajuar, a la futura esposa del emperador, a quien desde el primer instante consideraron «una duquesa bávara sin fortuna ni alcurnia». Para Isabel, que sólo tenía dieciséis años y pasaba sus días corriendo en zuecos libremente por los bosques y parques de Possenhofen, semejante ajuar representaba un lujo hasta entonces desconocido. Acostumbrada a una vida sencilla en el campo, la visión de aquellos elegantes vestidos de raso, de tul o de seda junto a tocados de plumas, encajes y perlas, y sus correspondientes corpiños y miriñaques, le pareció un sueño.

Un sueño infantil que muy pronto iba a convertirse en una dolorosa pesadilla. Era muy difícil que Sissi, que odiaba la altanería aristocrática, la etiqueta y las formalidades, pudiera encajar en una corte tan estricta, pomposa y ultraconservadora como la vienesa. El 27 de marzo, en un acto que tuvo lugar sissi 35

en la sala del trono del palacio ducal de Munich y en presencia de toda la corte, la princesa Isabel renunció a sus eventuales derechos al trono de Baviera. Aquel mismo día quedó fijada la fecha de la que iba a ser la boda del año.

El peso de la corona

A finales de abril la duquesa Isabel de Baviera abandonaba Munich en compañía de su madre y sus hermanas. La princesa se despidió con gran emoción de sus amigos y de los hermosos paisajes de los Alpes bávaros que tanto añoraría. Durante buena parte del viaje, que duró tres días enteros, apenas dejó de llorar, tal como fue testigo el enviado prusiano que escribió: «La joven duquesa, a pesar de todo el esplendor y la magnificencia de la posición que le aguarda junto a su egregio esposo, parece muy triste por verse forzada a alejarse de su familia y de su país. Y el dolor de esta separación parece proyectar una sombra de melancolía sobre su rostro…». Cuando el carruaje llegó a orillas del Danubio les aguardaba un majestuoso vapor fl uvial —el Francisco José—, puesto a disposición del emperador para trasladar a la comitiva nupcial. El barco estaba equipado con un lujo extraordinario: el camarote de Sissi era de terciopelo púrpura y la cubierta había sido transformada en un jardín florido con una glorieta de rosas en el centro para que la novia pudiera retirarse a descansar.

A lo largo de la travesía miles de personas, en su mayoría pobres campesinos, se acercaron a las orillas con la esperanza de poder ver a la novia. Aunque se encontraba agotada por el fatigoso viaje, Sissi no dejó de saludar con un pañuelo de en

caje y sonreír tímidamente. Aún estaban con ella su madre y sus hermanas, que intentaban entretenerla para aliviar su nerviosismo. Pero a la duquesa Ludovica, que conocía muy bien a su hija, le preocupaba verla tan pálida, silenciosa y asustada.

Al llegar al embarcadero de Nussdorf, cerca de Viena, todos los pasajeros se cambiaron de ropa. La futura emperatriz de Austria fue recibida por los vieneses con grandes muestras de afecto y admiración. Autoridades, dignatarios del imperio, los miembros más destacados de la Casa de Habsburgo-Lorena y aristócratas esperaban impacientes bajo un arco de flores construido para la ocasión. Sissi hizo su aparición ataviada con un vaporoso vestido de seda rosa, con un amplio miriñaque, mantilla de encaje blanco y un pequeño sombrerito a juego. Antes de que el vapor atracara en el muelle, Francisco José, llevado por la impaciencia, saltó a bordo desde la orilla para saludar a su prometida. Delante de miles de personas que se agolpaban para ver a la novia, la estrechó entre sus brazos y la besó con entusiasmo. Ante esta espontánea escena de amor, el público estalló en vítores y aplausos. Hacía mucho tiempo que los habitantes de Viena deseaban tener una emperatriz como Sissi. El año anterior Napoleón III había contraído matrimonio con la hermosa española Euge nia de Montijo, convirtiendo París en el centro de la elegancia y el buen gusto europeos. Ahora con este matrimonio los austríacos confiaban en que Viena recuperara su antiguo esplendor gracias al encanto y juventud de su emperatriz.

Al ver al emperador tan enamorado, muchos pensaron que llegarían tiempos mejores y que, llevado por su felicidad, se mostraría menos déspota y más abierto a las reformas que tanto ansiaba el país. Tras abrirse paso entre la multitud la pareja imperial se subió a una carroza dorada y puso rumbo al sissi 37

palacio de Schönbrunn, la espléndida residencia de verano de los Habsburgo.

Desde su llegada a Austria la princesa Isabel no podría disfrutar de un momento de descanso ni privacidad. Fatigada y nerviosa por la larga travesía y las interminables recepciones, al llegar al palacio tuvo una vez más que salir al balcón, sonreír y saludar a la gente congregada en sus jardines. En lo sucesivo estos gestos constituirán una parte importante de su vida como emperatriz. En el Gran Salón de Schönbrunn dio comienzo una solemne ceremonia que se prolongó hasta bien entrada la noche. Durante varias horas le fueron presentados, uno por uno, todos los miembros de la Casa de Habsburgo —entre ellos los tres hermanos menores de su esposo, primos, tías y tíos—, así como los altos funcionarios de la corte. Tras el intercambio de los regalos de boda, Sissi se retiró a sus aposentos rendida de cansancio, pero la jornada aún no había acabado. Le quedaba por conocer a las personas que a partir de ahora estarían a su servicio en sustitución de sus damas bávaras, obligadas a regresar a Munich. Su camarera mayor era la condesa Sofía de Esterházy, nacida princesa de Liechtenstein y persona de suma confianza de la madre del emperador.

Esta estirada dama de cincuenta y seis años, ceremoniosa y severa, prácticamente iba a ejercer de institutriz de la soberana. Desde el primer instante Isabel sintió un profundo desagrado hacia ella porque la consideraba una espía al servicio de su suegra. Tal como anotó un ayudante del emperador: «Por un lado trataba a la soberana con demasiados aires de institutriz, mientras que, por otro, veía una de sus principales tareas en iniciar a la futura esposa imperial en toda la chismografía de la alta aristocracia, por la que, naturalmente, la princesa bávara apenas se interesaba». En cambio sus jóvenes da

mas de honor, encargadas de iniciarla en las costumbres y ceremonias de la corte, le resultaron bastante más simpáticas. La archiduquesa Sofía le advirtió que, como emperatriz, no debía estrechar lazos de amistad con ninguna persona de su servicio.

La casa de la emperatriz Isabel se componía, además de un secretario, de una camarera, dos doncellas, un mayordomo, un gentilhombre de entrada, cuatro lacayos, un criado y una sirvienta. Cuando ya muy avanzada la noche llegó al fin la hora de acostarse, Sissi recibió de manos de su camarera mayor un cuaderno con el siguiente epígrafe: «Ceremonial para la introducción en la Corte Imperial de Su Alteza Real la Serenísima princesa Isabel de Baviera». Debía estudiar su contenido al pie de la letra para que al día siguiente no cometiera ningún desliz y todo se desarrollara según una tradición que se mantenía inalterable desde siglos atrás.

La prometida del emperador de Austria hizo su entrada en la ciudad de Viena en una rica carroza tirada por ocho caballos blancos con las crines trenzadas y escoltada por dos lacayos vestidos de gala y peluca blanca. Sissi, acompañada por su madre la duquesa Ludovica, lucía un vaporoso vestido de color rosa bordado con hilos de plata y adornado con pequeñas guirnaldas rosas. En la cabeza portaba la diadema de brillantes regalo de su prometido. Las modistas y damas de cámara habían tardado tres horas en vestirla y arreglarla para la ocasión, un ceremonial al que a partir de ahora debería acostumbrarse. Pero a los vieneses no les pasó inadvertido que, tras los cristales de la dorada carroza, la novia no dejó de llorar ni un instante.

El largo cortejo cruzó las murallas de la ciudad mientras sonaban todas las campanas de Viena. Con lágrimas en los sissi 39

ojos y un nudo en el estómago, Sissi llegó al que ahora sería su nuevo hogar: el impresionante Palacio Imperial de Hofburg, el edificio más grande de toda la capital. Ajena al sufrimiento y la tristeza de su futura nuera, la archiduquesa Sofía, que esperaba a la novia a la entrada del palacio en compañía de toda su familia, escribió en su diario: «El comportamiento de mi querida niña fue perfecto, lleno de dulce y graciosa dignidad».

La fastuosa boda imperial tuvo lugar en la tarde del 24 de abril de 1854 en la iglesia de los Agustinos y fue oficiada por el arzobispo de Viena. Todos los cronistas coinciden en el insuperable boato y la magnificencia de este enlace pensado para mostrar al mundo el poderío del Imperio austríaco. Uno de los invitados, el embajador de Bélgica, dijo al respecto: «En una ciudad donde no hace mucho el espíritu revolucionario originó tantos estragos, convenía desplegar toda la grandeza y pompa monárquicas».

El interior del templo ha sido iluminado con quince mil velas que proporcionan una luminosidad casi diurna y las altas columnas están engalanadas con ricas colgaduras de terciopelo rojo. Los novios, tan jóvenes y atractivos —ella tiene dieciséis años y él veinticuatro—, parecen los protagonistas de un cuento de hadas. Francisco José, alto y esbelto, con su uniforme de mariscal de campo y el pecho cubierto de condecoraciones, luce un porte regio. A su lado su prima Sissi, con un delicado vestido blanco, bordado en oro y plata y larga cola de encaje, está radiante. En su cabello recogido luce la diadema de brillantes y ópalos que había pertenecido a la archiduquesa Sofía y un ramo de rosas frescas prendido sobre su pecho. La novia muestra una sobrecogedora belleza, pero llama la atención la palidez y seriedad de su rostro. Tras la romántica pues

ta en escena algunos invitados, como el barón de Kübeck, intuyen que no todo es de color de rosa: «En el estrado y entre los espectadores, júbilo y una alegría llena de esperanza. Entre bastidores hay presagios muy, muy oscuros».

Durante la larga y tediosa ceremonia Isabel parece agotada y al borde de una crisis nerviosa. La noche anterior apenas ha podido dormir debido a sus nuevas obligaciones. A la hora de acostarse la condesa Esterházy le ha hecho entrega de dos cuadernos. El primero sólo tiene que leerlo, pero el segundo debe aprendérselo de memoria. Bajo el título de «Recuerdos indispensables», sus páginas contienen todos los detalles del ceremonial de la boda. El emperador ha recibido las mismas instrucciones y, para disipar la inquietud de su prometida —incapaz de distinguir entre «las damas de cámara», «las damas de primer orden», «los pajes nobles» «o «los sostenedores de la cola nupcial»—, la tranquiliza con estas palabras: «Créeme, al fin no será todo tan molesto y cuando hayamos pasado por todas esas pruebas, tú serás mi dulce y buena mujercita y juntos ya podremos olvidar deliciosamente tantas incomodidades en nuestro hermoso palacio de Laxenburg».

Pero los buenos propósitos del emperador no se iban a cumplir. Aunque en un principio Isabel creyó que tras las celebraciones nupciales podría escapar de la corte y refugiarse en su vida privada, estaba equivocada. Al contraer matrimonio con Francisco José sobre ella recaen el peso y la gloria de todo el imperio. La joven emperatriz de Austria ha perdido lo que más aprecia, su libertad.

El tiempo ya no le pertenece y tendrá que soportar una lista interminable de fiestas, ceremonias, desfiles militares y recepciones —con sus respectivos cambios de vestuario tres o cuatro veces al día— sin perder jamás la sonrisa. Según el rísissi 41

gido ceremonial de los Habsburgo nadie puede dirigirse a ella, sino únicamente responder a sus preguntas. Debe ser gentil pero distante, no sonreír en exceso sino con recato. Los besos y abrazos están prohibidos, incluso a sus familiares; sólo se permite besar la mano de la soberana. Espontánea por naturaleza, en más de una ocasión infringirá esta norma para saludar a la gente de la calle al igual que hacía en su Baviera natal.

La archiduquesa Sofía se ha convertido en su sombra; no se separa de ella y la vigila criticando todos sus movimientos: «Has de saber tratar a la gente, saludar con más amabilidad. Te has olvidado de atender a esta dama. Te has entretenido demasiado hablando con aquel caballero». Tras el enlace los recién casados regresan a Hofburg para continuar con los actos protocolarios previstos, pero Sissi ya no puede más y se derrumba. Rodeada de extraños y agotada por la tensión de ese día interminable, abandona precipitadamente el suntuoso Salón de los Espejos donde les esperan los embajadores, legaciones, miembros de la corte a su servicio y cortesanos.

Ante las miradas de desaprobación de los presentes, la joven se refugia en una habitación contigua y rompe a llorar. Su suegra, molesta ante esta reacción que califica de pueril y caprichosa, pronto descubrirá que su nuera —a la que ya trata de «excéntrica»— no está preparada para esa dura disciplina. Hasta el día de su muerte, Sofía le reprochará su negativa a sacrificar su vida personal en aras del deber. Las dos mujeres nunca llegarán a entenderse porque entre ellas existe un abismo generacional. Sissi, tan romántica como ingenua, exclamará tras su boda: «Yo quiero mucho al emperador… pero ¡lástima que no sea un sastre!». Para ella los títulos, las joyas y el dinero no tienen importancia. Lo único que cuenta son los

sentimientos hacia su esposo, del que parece cada vez más enamorada. Isabel ignora que acaba de convertirse en un personaje público y que a partir de ahora hasta el menor de sus gestos será observado por mil ojos. Tal como temía su madre, todo el cariño y el fervor que la «novia-niña» —como la llamaban los austríacos— había despertado entre la gente desde su llegada a Austria se iba a transformar en recelo y maledicencia en cuanto pisara Hofburg.

Tras el banquete de gran gala acabaron los festejos nupciales y la pareja imperial pudo retirarse a sus aposentos. Sissi aún tendría que soportar la «ceremonia del acostamiento» vigente en la corte vienesa desde tiempos inmemoriales. En esta ocasión se prescindió del complejo y frío ritual que rodeaba este acto y fueron ambas madres las que acompañaron a sus respectivos hijos hasta su alcoba. Así lo describe Sofía en su diario: «Ludovica y yo condujimos a la joven novia a sus aposentos. Allí la dejé en compañía de su madre y permanecí en la pequeña pieza que hay junto al dormitorio hasta que Sissi estuvo acostada. Entonces fui en busca de mi hijo y le llevé junto a su esposa, a la que también saludé para desearle una buena noche. Sissi trató de esconder entre la almohada su bonito rostro, enmarcado por su espléndida cabellera, del mismo modo que un pajarillo asustado se esconde en su nido».

A la mañana siguiente los recién casados tampoco pudieron estar a solas. Isabel, recién levantada, se vio obligada a desayunar con el emperador y su suegra. Aunque ella hubiera deseado quedarse en sus aposentos con su esposo, éste le suplicó que bajara al salón para evitar una escena desagradable con su madre. Más adelante le confesó a su dama de honor, la condesa de Festetics, lo violenta que se sintió mientras su suegra la examinaba con curiosidad intentando averiguar lo que sissi 43

había ocurrido en la noche de bodas: «El emperador estaba tan acostumbrado a obedecer, que hasta en esto cedió. Pero para mí fue horrible. Si al fin cedí, fue por él».

Ni siquiera en la alcoba imperial existía verdadera intimidad. Los lacayos y las doncellas eran los encargados de difundir cualquier rumor por muy indiscreto que éste fuera. Toda la corte se enteró de que hasta el tercer día no consumaron su matrimonio. También que el emperador Francisco José, aunque muy enamorado de su esposa, se comportó en el lecho de manera torpe y no supo hacerla feliz.

Tras una semana de audiencias, recepciones, bailes de salón y cenas de gala, los emperadores se retiraron al palacio de Laxenburg para disfrutar de su luna de miel. Fue entonces cuando Sissi por primera vez fue consciente de su soledad y aislamiento. Cada mañana muy temprano el emperador viajaba hasta el palacio de Hofburg, en Viena, a unos veinte kilómetros de Laxenburg, para atender sus asuntos y ella se quedaba sola todo el día o en compañía de su suegra. Su madre Ludovica y sus hermanos —incluida Nené— habían regresado a Baviera. Ya no tenía con quién desahogarse y las personas que la rodeaban, desde la condesa Esterházy hasta sus doncellas, eran unas desconocidas. Sissi sólo se entretiene con las inseparables mascotas que ha traído de Possenhofen. Pasa largas horas frente a las jaulas de sus papagayos, a los que enseña palabras y frases enteras, y jugando en su alcoba con sus perros daneses. Llevada por una profunda añoranza, se refugia en la poesía y llena páginas enteras de su cuaderno con versos que reflejan su estado de ánimo.

Su posterior dama de honor, María de Festetics, recogió en su diario los sentimientos de Sissi en su luna de miel: «Aquellos días lloré mucho. Sólo de pensar en ello se me en

coge el corazón. Después de mi boda me sentí tan sola y abandonada… El emperador no regresaba hasta las seis de la tarde para cenar. Entretanto yo estaba sola y sentía un miedo terrible a las visitas de mi suegra la archiduquesa Sofía. Porque se presentaba a diario, para espiar todo lo que yo hacía. Aquí no había quien no temblase ante ella, y claro, todo se lo contaban enseguida. Cualquier tontería era un asunto de Estado».

Los primeros meses en Viena fueron muy duros para Sissi. Ella, que venía de un ambiente liberal y bohemio, tenía que enfrentarse al rigor de la corte más pomposa y antigua de Europa. Apenas dos semanas después de su boda se siente prisionera en una jaula de oro y atormentada por los continuos enfrentamientos con su suegra. La archiduquesa Sofía, preocupada por mantener la dignidad imperial, no tolerará la rebeldía de su nuera, pero fracasará en su intento de moldearla como ha hecho con su hijo. Sissi sólo tiene dieciséis años pero posee un carácter independiente y no es tan dócil como aparenta.

En su primera cena en el Palacio Imperial de Hofburg su comportamiento «tan inapropiado» causó un gran revuelo. En aquella velada Sissi pidió cerveza en lugar de vino, ante el asombro de todos los comensales, y después se quitó los guantes para coger los cubiertos. Sofía la reprendió con estas duras palabras: «Has escandalizado a todo el mundo comportándote como una lugareña bávara. Los guantes están prescritos por la etiqueta, la cerveza no es bebida para una emperatriz, por lo menos en público. No es correcto reír para una emperatriz, debe limitarse a sonreír, tanto si se divierte como si se aburre». La respuesta de Sissi fue tajante: «Si no me quiere tal y como soy lo siento mucho, pero no voy a cambiar». Aunque se resistió a cumplir algunas normas de etiqueta que consideraba ansissi 45

ticuadas (como tener que cenar con guantes o la obligación de regalar a sus doncellas los zapatos que ha llevado una sola vez), en otras tuvo que claudicar. Tímida y recatada, tampoco le gusta que unas desconocidas la vistan y desvistan a diario cuando ella sola puede hacerlo, pero en este punto no logrará imponerse a Sofía.

La rancia aristocracia vienesa, como tanto temía su madre Ludovica, criticará sin piedad su sencillez y sus intentos de prescindir de la etiqueta tan sagrada para los Habsburgo. Sissi se muestra en público cohibida, apenas habla y sus largos silencios se interpretan como síntoma de escasa inteligencia. En realidad hablaba poco y en voz muy baja porque aún no dominaba bien el francés, idioma de la corte. Las conversaciones insípidas y superficiales —en su mayoría chismes— de palacio no le interesaban lo más mínimo. Además, tenía una fea dentadura y se sentía tan acomplejada que intentaba abrir lo menos posible la boca al hablar. La nobleza austríaca, a los pocos meses de su llegada, ya consideraba a su nueva emperatriz remilgada y tonta. La esposa del embajador belga comentará: «Es sumamente bella, con una figura espléndida y una cabellera que, según dicen, le llega hasta los tobillos. Su conversación, en cambio, no es tan brillante como su físico».

Desde el primer día la vida en el palacio imperial de invierno de Hofburg, la antigua residencia oficial de los Habsburgo, se le hizo insoportable. Este monumental edificio, «inmenso, húmedo y glacial» como ella lo describe, le resulta una prisión aún más terrible que Laxenburg. Sissi se estremece ante los retratos de María Antonieta que nació allí en un crudo invierno de 1755. Al igual que la infeliz emperatriz de Francia, que llegó a la corte de Versalles siendo apenas una niña para casarse con un rey al que no conocía, se siente como

si viviera en un escenario teatral. Siempre se encuentra rodeada de un séquito de doncellas y lacayos que no le permiten hacer nada por sí misma. Los miembros de la alta nobleza, funcionarios, clérigos y militares que llenan los pasillos de palacio la miran por encima del hombro y no sabe cómo dirigirse o reaccionar ante ellos. Apenas tiene intimidad ni siquiera en los jardines, abiertos al público por orden de Sofía.

En Hofburg todo le está prohibido. No puede pasear sola ni por los pasillos del palacio, debe montar a caballo siempre acompañada por alguna de sus timoratas damas y ser anunciada antes de entrar en los aposentos de su suegra. No puede ir de compras a la ciudad, ni beber cerveza en las comidas o mostrarse demasiado caritativa. Tampoco en público puede ser cariñosa con el emperador, ni mucho menos abrazarle. Una de sus damas de honor recordaría más adelante que la emperatriz «sentía miedo en aquel mundo de desconocidos, donde todo era tan distinto, y añoraba profundamente su tierra y a sus hermanos, así como aquella vida despreocupada e inocente que llevaba en Possenhofen. Todo lo que en ella había de natural y sencillo tenía que desaparecer bajo la absurda opresión de la exagerada etiqueta. Dicho con otras palabras aquí sólo se trataba de “parecer” y no de “ser”, lo que para ella era doblemente duro».

Aunque la emperatriz contaba con el apoyo de su esposo, éste no podía entender que sufriera tanto por estar sola. Su madre Sofía le había educado en un completo aislamiento y había hecho de él un joven muy educado, consciente de sus obligaciones, íntegro y defensor de los valores del Antiguo Régimen. Francisco José aceptaba estos sacrificios como algo inherente a su cargo, una expresión de su categoría imperial. Con el paso de los meses ambos descubrirán que son el polo opuesto.

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El hombre con el que se ha casado tiene un carácter puntilloso, ordenado, tímido y modesto. Es un trabajador infatigable que se levanta a las cuatro de la mañana y no abandona su gabinete hasta muy entrada la noche. Es «el primer funcionario del Estado», como él mismo se define. Ella en cambio es una digna Wittelsbach como su padre, caprichosa, excéntrica, culta, excesivamente sensible y con un poderoso afán de libertad. Francisco José la amará hasta el final de su vida, pero siempre se sentiría apegado a su papel de emperador, conservador y absolutista.

Isabel también se sentía excluida porque su esposo nunca le informaba sobre los acontecimientos que sacudían el imperio. El emperador sólo consultaba los asuntos de Estado con su poderosa madre, cuyos consejos apreciaba mucho. Ella era la primera dama del imperio, pero no tenía ni voz ni voto. Como emperatriz de Austria, ostentaba una interminable lista de títulos —entre otros reina de Hungría y Bohemia, reina de Lombardía y Venecia, de Dalmacia, Croacia, Eslovenia…— y cuarenta y siete países más cuya existencia desconocía y ni sabía situar en un mapa. También lo ignora todo sobre la difícil situación que atraviesa Austria, sumida en la bancarrota, amenazada por guerras y hambrunas y muy atrasada en comparación a otros países europeos. Las duras acciones represivas desatadas por el emperador contra los revolucionarios democráticos y los nacionalistas húngaros de 1848 han provocado un malestar que pone en peligro la unidad del imperio.

El anuncio del primer viaje de los emperadores a Moravia y Bohemia ilusionó a Sissi, que por unos días pudo escapar de sus obligaciones en la corte. Tras los levantamientos en Viena y Hungría, la familia imperial se había visto obligada a huir de la capital para buscar refugio en Olmütz donde Francisco José

fue coronado emperador. El viaje era un acto de agradecimiento por la ayuda y fidelidad prestadas por estos dos países a los Habsburgo en tan difíciles momentos. Por primera vez Isabel pudo representar el papel de emperatriz ante sus súbditos. Visitó conventos e iglesias, orfanatos, escuelas y hospitales para pobres. Su forma sencilla y afectuosa de dirigirse a los más desfavorecidos despertó el entusiasmo de las gentes.

Por su educación y personalidad podía haberse convertido en «la emperatriz del pueblo» impulsando obras sociales tan necesarias en el empobrecido imperio. Pero Sofía —temiendo sus ideas liberales y revolucionarias— no se lo permitió y le otorgó un papel meramente decorativo. Tras dos agotadoras semanas en Bohemia, a su regreso a Viena los emperadores apenas pudieron descansar. Al día siguiente se celebraba con gran boato la festividad del Corpus Christi, que en tiempos de Francisco José era un acto más político que religioso. El emperador encabezaba la procesión bajo palio para demostrar su estrecha unión con la Iglesia católica. Al término tuvo lugar un gran desfile militar ante la extrañeza de Isabel, que no entendía semejante muestra de poder ni la pompa imperial con ocasión de una festividad eclesiástica. Para ella, que había sido educada en un hogar católico, pero muy tolerante y liberal, era incomprensible la unión entre Iglesia y Estado. Aunque intentó acudir sólo a la iglesia y no estar presente en el desfile, su suegra no se lo permitió. La encantadora y muy elegante emperatriz era la atracción principal de esta festividad y miles de personas llegaron aquel día desde todas las provincias del imperio para presenciar el acontecimiento y conocer a su soberana.

La relación de Sissi con su suegra se hizo aún más tirante cuando la emperatriz se quedó embarazada. De nuevo se sensissi 49

tía muy sola en Hofburg y controlada por todos. El emperador apenas tiene tiempo para ella porque la guerra de Crimea acapara todo su interés. Rusia es ahora enemiga de Austria y los ejércitos imperiales han sido movilizados para impedir que su influencia se agrande, como el zar pretende, a costa de los territorios del Imperio turco. La archiduquesa Sofía la trataba con la misma severidad de siempre obligándola a aparecer en público para exhibir su estado. Años más tarde Isabel recordaría: «Apenas llegaba, me hacía bajar al jardín para explicarme que era mi deber marcar bien la barriga, para que el pueblo viera que realmente estaba embarazada. Era horrible. En cambio, sentía alivio cuando me dejaban sola y podía llorar a mis anchas».

Sofía, esperanzada ante la llegada de un príncipe heredero, se muestra aún más controladora con su nuera y se inmiscuye en todo. En una carta fechada el 29 de junio de 1854, Sofía le dice al emperador: «Me parece que Sissi no debería pasar tantas horas con los papagayos, pues, especialmente en los primeros meses de embarazo, es peligroso ver con insistencia determinados animales, ya que el pequeño en camino puede parecerse a ellos. Es conveniente que se mire mucho al espejo o que te contemple a ti. Que procurase hacerlo así sería muy de mi gusto». También le prohibió que sus enormes perros alemanes, que la seguían a todas partes, entraran en sus aposentos.

A los diecisiete años Sissi daba a luz a una niña «grande y robusta» que fue bautizada con el nombre de su abuela y madrina Sofía, sin que nadie le consultara. Al año siguiente, y para desencanto del emperador que deseaba un varón, tuvo otra niña a la que llamaron Gisela. La emperatriz se mostró feliz con el nacimiento de sus pequeñas y por primera vez en

mucho tiempo se la veía animada. Pero su suegra se interpuso una vez más en la felicidad de la pareja. Sofía consideraba a su nuera demasiado joven e inestable para criar a las futuras princesas. Según ella, la emperatriz se debía a sus obligaciones, a su pueblo y a su esposo, y no podía perder el tiempo cuidando de sus hijos. Decidió ocuparse ella misma de sus dos nietas y ordenó instalar las habitaciones de las niñas cerca de las suyas propias.

Sofía educaría a las princesas de acuerdo a la tradición y guiada por su profundo catolicismo. Cuando Sissi quería ver a sus hijas tenía primero que subir una empinada escalera y cuando alcanzaba su cuarto, no podía estar ni un minuto a solas con ellas pues siempre se encontraban presentes las sirvientas y los visitantes que acudían para admirar a las pequeñas. La emperatriz se sentía tratada como una niña; ni siquiera pudo opinar sobre la elección del ama de cría ni de las niñeras que las cuidaban. Sofía eligió también el médico de cabecera, el doctor Seeburger, cuyos métodos anticuados la emperatriz desaprobaba. A Sissi le preocupaba especialmente la salud de su hija mayor, que tenía mal aspecto y sufría vómitos frecuentes. Se quejaba, y con razón, de que las niñas estaban alojadas en unas habitaciones que apenas tenían luz natural y poco ventiladas porque su médico consideraba «que las corrientes de aire y los cambios de temperatura les eran perjudiciales». Pero entonces, Sissi era muy tímida e insegura y aún se mostraba sumisa con su esposo.

Con el paso de los meses la separación de sus hijas se le hizo insoportable y le pidió al emperador que tomara cartas en el asunto. Francisco José se armó de valor para escribir la siguiente carta a su madre: «Le suplico encarecidamente que tenga condescendencia para con Sissi si tal vez le parece una sissi 51

madre demasiado celosa. ¡Es una esposa y madre tan abnegada! Si usted se digna considerar con calma el asunto, quizá comprenda la pena que nos produce ver a nuestras hijas prácticamente encerradas en su casa, mientras que la pobre Sissi se ve obligada a subir la estrecha escalera para sólo raras veces encontrar solas a las pequeñas […]. Además, Sissi no tiene en absoluto la intención de privarla a usted de las niñas, y me encargó especialmente que le dijera que las pequeñas estarán siempre a su completa disposición». Por primera vez el emperador desautorizó a su madre. Ésta, indignada ante la idea de apartar a las princesas de su lado, amenazó con abandonar para siempre Hofburg. Pero no lo hizo y siguió luchando para tener bajo su tutela a sus nietas.

Ante la delicada situación de aislamiento que atraviesa Austria tras el fin de la guerra de Crimea y los movimientos independentistas que amenazan la unidad del imperio, Francisco José decidió reconquistar el aprecio de sus provincias más problemáticas, Hungría y Lombardía-Venecia. Para demostrar su poderío militar, el emperador y su esposa viajaron en el invierno de 1856 a los dominios de los Habsburgo en la Alta Italia. Durante cuatro meses se alojaron en los antiguos palacios de Milán y Venecia y desplegaron allí el máximo esplendor de su corte.

En aquel viaje Sissi, acostumbrada hasta entonces a los cálidos recibimientos, pudo comprobar el clima de tensión que reinaba en esos territorios. Pese a todos los esfuerzos de la pareja imperial por mostrarse amables y cercanos, tropezaron con la desconfianza e incluso el odio de la gente. En sus apariciones iban siempre acompañados por un gran séquito militar, lo que constituía una provocación para los italianos hartos de la ocupación de su país. Sissi representó a la perfección su

papel y a pesar del clima de hostilidad no rehuyó las recepciones oficiales e incluso acompañó a su esposo a pasar revista a sus tropas. El momento más duro fue en Venecia. Cuando los soberanos atravesaron la gran plaza de San Marcos para visitar la basílica, la multitud allí reunida les recibió con un gélido silencio. El cónsul inglés envió a Londres este comentario: «Lo que movía al pueblo era sólo la curiosidad de ver a la emperatriz, cuya legendaria belleza había llegado, naturalmente, hasta aquí».

Pocas semanas después de su estancia en Italia, los emperadores emprendieron viaje a Hungría. Las relaciones entre Viena y Budapest eran sumamente tensas desde 1848, cuando la rebelión de la aristocracia húngara fue brutalmente reprimida por el ejército y muchos nobles fueron ajusticiados. La corte de Viena, con la archiduquesa Sofía al frente, era extremadamente antihúngara; en cambio Isabel sentía simpatía por este pueblo valiente y orgulloso. El viaje es arriesgado, pero el emperador está convencido de que el encanto y la belleza de su esposa cautivarán a los sublevados. Como iban a estar ausentes cuatro meses, Sissi quiso llevarse con ella a sus dos hijas, lo que dio pie a un nuevo enfrentamiento con su suegra. La archiduquesa se mostró contraria a que las niñas realizaran una travesía tan larga y agotadora, y temía que el clima malsano del río les fuera perjudicial. Pero esta vez Sissi se salió con la suya y las pequeñas les acompañaron.

El viaje se realizó en barco por el Danubio, desde Vi ...