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REVELACIONES AL FINAL DE UNA GUERRA

Humberto De La Calle  

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Fragmento

PARA NO DEJAR DE INTENTARLO

Juan Gabriel Vásquez

En junio del 2016, al tiempo que las negociaciones de La Habana comenzaban por fin a anunciar la buena nueva de un acuerdo, le pedí a Humberto de la Calle que me recibiera en su oficina para contestar a unas cuantas preguntas. Llevaba un doble propósito. Por un lado, la mía era una inquietud privada, una inquietud de ciudadano, pues me había pasado los últimos cuatro años siguiendo las negociaciones con cierto rigor, y había comenzado a escribir columnas de opinión sobre ellas apenas siete meses después de que comenzaran oficialmente. Por otro lado, me había comenzado a preocupar seriamente la desaforada campaña de mentiras y distorsiones que habían lanzado los enemigos del proceso: cada conversación que tenía —en medio de la ciudad o en una carretera rural, con mujeres desplazadas o expertos en finanzas— me demostraba que las mentiras habían calado. Siempre dije, y lo sigo diciendo, que entiendo bien la resistencia que las negociaciones provocaron en muchos colombianos: cada uno lidia con su dolor como mejor puede. Pero me parecía obsceno (además de lamentable) que nos acercáramos a una de las decisiones más importantes de nuestros dos siglos de vida independiente corriendo el riesgo de tomarla engañados.

Para eso fui a ver a Humberto de la Calle: para presentarle mis propias dudas sobre el proceso y para darle una oportunidad —que seguramente no necesitaba, pero eso es otro tema— de rebatir los infundios más descabellados. No nos conocíamos, pero yo le había tenido un respeto sin fisuras desde que fui consciente de su papel en la Constitución del 91, uno de esos esfuerzos que cada cierto tiempo hace este país para tratar de ser un poco mejor. Por otra parte, nunca he podido superar el prejuicio absurdo de que los mejores políticos son los que leen literatura. Y eso ha sido siempre De la Calle: un lector de los buenos. De manera que no me sorprendió, o no del todo, que nos pasáramos la primera media hora larga de la cita hablando de novelas nuevas y de poemas viejos, y de las bondades del libro electrónico, que le permitía a De la Calle llevarse cuantas obras quisiera a sus largas estadías cubanas: allá, en el ambiente extraterrestre de las negociaciones, lejos de su familia y de su rutina, enfrentándose a las críticas justas y capoteando los ataques calumniadores, esos momentos de lectura eran preciosos, porque eran el único instante del día en que podía reunirse consigo mismo y preguntarse, en la soledad de su conciencia, por qué estaba haciendo lo que hacía.

La respuesta la encontrará el lector en las páginas que siguen, pero es tan simple y tan diáfana que no me resisto a anticiparla. ¿Por qué aceptó este encargo Humberto de la Calle? ¿Por qué aceptó dedicarle a esto cuatro años de vida, alejándose de su familia en un momento de necesidad, y todo ello persiguiendo resultados que en cualquier país hubieran sido inciertos, pero que en Colombia eran además peligrosos? Respuesta: porque hubiera sido inmoral no hacerlo. Hubiera sido inmoral, ante una guerra que había causado unos siete millones de víctimas, no poner todo lo que uno es y lo que uno sabe en el empeño por terminarla. Hubiera sido inmoral tener la oportunidad y las condiciones que habían buscado y perseguido todos los gobiernos anteriores —todos, sin excepción— y no aprovecharlas de la mejor manera posible, aun en desmedro de la propia vida, o de la vida que uno había planeado para sus próximos años. De la Calle dejó de lado esos planes cuando se dio cuenta de que él y otros pocos tenían entre las manos la posibilidad, sencilla y aterradora a la vez, de aliviar en alguna medida el sufrimiento de la gente y de robarle a nuestra guerra sus víctimas futuras. Lo único que tenían que hacer era sacar adelante el proceso de paz más difícil de la historia reciente.

Este libro es la crónica secreta de esas conversaciones, pero además es muchas otras cosas. Es un retrato de las dificultades endémicas que supone, en este país roto, desactivar en una sola negociación una violencia de múltiples actores y varias generaciones de existencia. Es una visita guiada a los acuerdos de paz, con el añadido de que la visita la lleva a cabo uno de los que mejor conocen el museo, de manera que nos encontramos ante esta paradoja dolorosa: si este libro se hubiera conocido antes, tal vez los acuerdos no hubieran sido rechazados; pero el rechazo de los acuerdos, con todas sus consecuencias políticas, fue justamente lo que llevó a la escritura de este libro. Finalmente, el libro es un memorando o advertencia de todo lo que puede perderse. No me refiero al trabajo serio e irrepetible de tanta gente valiosa, sino a la pérdida muy concreta de las vidas humanas que los acuerdos han salvado en los últimos dos años y que —si nuestra clase política se comporta con sensatez y un mínimo de solidaridad— seguirán salvando. Es decir, la vida de tantos que hoy deberían estar muertos y, por virtud de los acuerdos de La Habana, no lo están. La cosa es así de simple.

“Este es un país extraño”, escribe De la Calle. “Como la realidad es tan agreste, hemos huido al mundo de las palabras”. Lo dice como un lamento, como una melancólica denuncia de nuestra tendencia a enfrascarnos en leguleyadas, a usar las palabras para oscurecer y ocultar, no para iluminar y resolver. La política (la política de la mentira, que es la nuestra: solo hay que pensar en la campaña por el No) ha contaminado nuestra relación con el lenguaje, y eso es al mismo tiempo el viejo problema de siempre y un problema nuevo, hecho de redes sociales y de noticias falsas, cuyas consecuencias apenas comenzamos a entrever. Por eso me parece admirable que De la Calle haya escrito un libro sobre política —sobre un hecho político que nos ha dividido y enfrentado— donde cada palabra, cada punto y cada coma, están hechos de verdad dura. Me parece admirable, digo, pero no asombroso, pues siempre he creído que De la Calle, a pesar de las apariencias, no es un político: es un humanista extraviado en la política, y es también un hombre decente en el sentido orwelliano de la palabra. Tal vez por eso los años le han dado una altura moral y una clarividencia de las que carecen sus enemigos.

Poco antes de escribir una de mis primeras columnas sobre las negociaciones de La Habana, cuando el proceso apenas comenzaba, estuve en una conferencia de Óscar Arias, expresidente de Costa Rica y artífice de la paz en Centroamérica. “La paz”, dijo él ese día, “no es la obra de héroes ni titanes, sino de hombres y mujeres imperfectos, luchando en tiempos difíciles por un resultado incierto”. Todo se ha cumplido en el caso colombiano, aunque quizás no de la manera que contemplaban esas palabras, pues el resultado es hoy más incierto que nunca y los tiempos parecen más difíciles para la paz de lo que eran cuando comenzó el proceso, aunque se haya avanzado tanto. En cuanto a los hombres y mujeres imperfectos, este libro de Humberto de la Calle es también el relato de esa aventura humana: construir algo g

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