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RODOLFO AICARDI. EL IDOLO DE SIEMPRE

Diego Alejandro Londoño Molina  

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Fragmento

Un rodolfista más

Nota del autor

Era inevitable no bailar. A mis escasos cuatro años, cuando sonaba esa cadencia sin igual de la música de Rodolfo, ya me apoyaba encima de los pies de Fina y seguía sus pasos al compás. Josefina Uribe, la extraordinaria cantante de tango, la bailarina de congas y bongós que alzaba los pulgares como saludando a la distancia a quien disfrutó viéndola bailar. Una abuela alcahueta, una consejera y maestra musical que hoy hace falta. Ella fue la encargada de presentarme la vida en armonías, en tango, en bolero, en salsa, en la infaltable música tropical y el chucuchucu callejero.

“¿Podemos hacer parranda hoy?”, decía yo entusiasmado, cuando los vecinos de arriba me abrían la puerta. Aunque la propuesta viniera de un niño de apenas siete años, de ojos brillantes y saltones, los adultos me hacían caso. Sacaban los muebles a la calle y un equipo de sonido de inmensos bafles. Ponían a calentar el sartén para freír trozos de chicharrón, mientras sonaba el güiro y el bajo inconfundible de esa música dorada, de esa música que acompañaba como un rompecabezas perfecto y colorido esa voz enamoradora y parrandera de Marco Tulio Aicardi Rivera, el niño que partió completamente solo desde Magangué, Bolívar, para hacer camino desde el azar, para jugarse a suerte la vida con su voz y crear aquel nuevo, inolvidable y heroico nombre: Rodolfo Aicardi.

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Esa voz se ha convertido, con el pasar de los años, no solo en recuerdos nostálgicos, alegres e inolvidables, sino en la realidad de vida de muchos, en la voz de los niños y los jóvenes, de los abuelos, de familias enteras y, también, de los más solos. Un refugio de alegría momentánea, con la compañía que se esfuma cuando acaba una canción.

Este corto relato al lado de mi abuela en la niñez fue quizá uno de mis primeros acercamientos a esa voz, a esa cadencia picarona y festiva, a una historia que en esta oportunidad les quiero contar, pero que, con seguridad, cada uno de ustedes tiene en la cabeza, en los recuerdos, en el corazón y, sin lugar a dudas, en la forma de bailar. La historia personal y musical de Rodolfo Aicardi tiene tantos matices como notas musicales; alegrías, fama, caídas, triunfos, aplausos, enfermedad, humildad, pobreza, familia, pérdidas y todas las situaciones que hacen de la vida un trasegar difícil pero hermoso.

Las canciones de este músico colombiano son la banda sonora para un viejo cansado con un costal al hombro, uno que camina con zapatos rotos, mientras los demás, enfrente de él en algún lugar de Medellín, toman cocteles. Él deja de caminar y se apoya en el tronco de un pino que supera los dos metros de altura. Las luces parpadeantes colgadas del árbol, azules, verdes, rojas y amarillas, se reflejan en sus ojos. Es Navidad, todo el mundo celebra y él decide soltar el costal al lado de su pie izquierdo y empezar a bailar en la soledad de una calle en la que solo transitan taxis y motocicletas a toda velocidad. Su baile es triste. ¿Cómo es un baile triste? Eso solo se ve, no se puede explicar. Sus pies danzan con movimientos tan cortos y veloces que podrían caber en una baldosa. Sus manos están rígidas en los bolsillos de un gabán teñido de pintura roja, y su cara no expresa nada. En la calle de al lado, risas y brindis completan la escena de la canción “Tabaco y ron”. Termina de sonar, el viejo deja su baile triste, toma su costal y sigue caminando y mirando el pavimento. Al otro lado de la calle, las risas brindan con la vida resuelta y con la banda sonora que acompaña el feliz momento.

En otro hermoso lugar, en el cielo cartagenero, estallan sobre el mar los juegos pirotécnicos. Los ojos de los niños no dejan de mirar, su madre y su padre sostienen una copa de champaña; se encuentran en la casa más elegante. Caminan por las playas de la Ciudad Heroica y, a lo lejos, ven un barco repleto de luces que se acerca a la playa. Desde allí también ofrecen un espectáculo de juegos artificiales y, de fondo, con la luna de reflejo y el Año Nuevo como espectador, suena la canción “Fiesta en mi pueblo”.

Al sur de Bogotá, en medio del frío capitalino, los empleados se limpian la cara y sacan los overoles que no resisten un manchón más de grasa. Ríen tres de ellos por dejar encerrado en el baño al más catano de todos, Alfredo, un mecánico que aprendió a arreglar motos y carros porque su abuelo y su padre también lo hicieron. Mientras el viejo toca la puerta desesperado, los demás ríen y le arrojan agua por encima de la puerta. Al fin lo dejan salir, lo abrazan y siguen la limpieza exhaustiva de uñas, brazos y cara. Mientras eso pasa, brindan con cerveza y pan de queso, suena la canción “Adonay”; están felices porque es Nochebuena y ya llegará la comida y el aguardiente con los amigos y la familia. Mañana volverán a trabajar temprano. Más callos, más grasa, más risas, más canciones y, por supuesto, más cerveza en su taller de reparación de motos y carros.

En otro lugar, cerca al Ecuador, al sur, muy al sur, son las 5:15 a.m., y el aire se torna espeso. Todos los transeúntes están cubiertos hasta la nariz. Caminan sin mirar al de al lado. Pasan, miran y no sienten, solo esperan llegar a su destino. Se acerca el Año Nuevo, casi todos están pensando en los regalos, en la fiesta y en el destino de vacaciones, pero a ella le toca trabajar. Se sube al bus, aún no amanece. Entrega el pasaje, cruza el torniquete, se sienta en un puesto helado como el trayecto hacia el volcán Galeras, que se alcanza a ver a la distancia a través de la ventanilla húmeda. Cierra sus ojos, aún es de noche, y en sus oídos una canción que le recuerda los bailes de su pueblo, “Cariñito”, se mete sin permiso en la energía aún somnolienta de los pasajeros del bus. Es una fiesta que inicia antes del trabajo, en la penumbra de la madrugada aún sin los rayos del sol. Brilla una sonrisa al finalizar la canción, es momento de bajarse, tomar la escoba e iniciar un nuevo día.

Hay tantas canciones como historias, pero esta, la de Rodolfo Aicardi, es la historia de todos: la tuya, la mía, la nuestra. La historia de varias generaciones que prefirieron llorar, celebrar, recordar o festejar, bailando y cantando. Una historia como cualquiera, pero con el corazón y las ganas de un hombre que soñó con hacer bailar a todo el mundo. Un hombre que se convirtió en canción y ahora es historia.

Con respeto, pido prestada la historia del ídolo de siempre, me atrevo a ser la voz de su familia y sus amigos en estas páginas, y lo hago solo por el amor a un relato que merece viajar en el tiempo y en el espacio, que merece perdurar como memoria de baile, de vida, de ritmo y, todo esto, porque ahora soy un rodolfista más.

Un Elvis magangueleño

Carlos Vives

Prólogo

Yo nací en los años en que la carrera del gran Rodolfo Aicardi comenzaba a despegar, su particular timbre de voz y la música de las orquestas que lo acompañaban; hoy son una indeleble banda sonora en toda Colombia e Hispanoamérica. Ellos fueron los creadores de un sonido que nuestro país exportó en los años sesenta y transformó, sin siquiera imaginarlo, la música en otros países de habla hispana, como México y Argentina, tan solo para hablar de dos grandes potencias de la divulgación musical.

Pero para entender la vida y la obra de este personaje hay que entender sus orígenes. Rodolfo es de Magangué, es decir, ribereño, pero por tratarse del Río Grande de la Magdalena, técnicamente es costeño, y piensen ustedes, nosotros los costeños somos vistos por la gente del interior como seres un poco exóticos, extrovertidos, bullangueros, confianzudos, en suma, diferentes; entonces, para entenderlo, imaginemos a Rodolfo llegando a Medellín a sus quince años, cargando pocas cosas en su maleta, pero con su inmenso carisma de costeño, con su hablar bolivarense, con su juventud avasalladora y su arsenal de canciones, historias y personajes macondianos, tropicales, aprendidos bebiendo del seno del gran río grande. Y llegó a Medellín, a la metrópoli, a irrumpir en los corazones, a despertar la fantasía, la imaginación, pero especialmente la alegría de los habitantes del Valle de Aburrá.

Elvis magangueleño. ¿Se dan cuenta? ¡Es de Magangué! Y para entenderlo aún más, y entender el fenómeno de este personaje, que puede ser el mismo fenómeno de mi música pero en momentos diferentes, hay que saber que la industria de la música colombiana en esos años sesenta pasaba por un gran momento de creatividad y de nuevos sonidos. Claro, no era poca cosa el acervo folclórico del que se nutría la industria, y parafraseando al gran pensador Alvin Toffler yo le llamo la segunda ola, es decir, la industrialización de la música tropical, las primeras proyecciones eléctricas de las cumbias y de los vallenatos, un sonido nuevo para generar ritmos e historias que hasta ese momento eran parte de los sagrados altares del folclor. No sobra recordar que hasta entonces solo se llamaba música colombiana a la música del interior.

Es de anotar entonces el surgimiento de orquestas eléctricas que cortaban de plano el golpe del llamador, y simplificaban la cumbia creando una versión eléctrica que por su sencillez se hacía muy popular, fácil de bailar y muy alegre. En ese nuevo sonido apareció la figura de Rodolfo Aicardi, y con él, toda una revolución de orquestas y cantantes como Los Corraleros de Majagual, Fruko y sus Tesos, Joe Arroyo, Gustavo “el Loco” Quintero, que comprendieron que, más allá del folclor, estaban las luces, los públicos numerosos, los grandes escenarios, el bajo, la guitarra eléctrica, la batería, los pantalones bota campana, las camisas de terlenka, y que Elvis con sus movimientos de cadera ya había marcado la diferencia entre folclor y rocanrol.

Todos estos relatos que componen esta bella historia bailable, musical y hasta poética de un personaje que cambió el curso sonoro de un país se pueden encontrar en las líneas que vendrán a continuación escritas por Diego Londoño, un periodista y escritor que, más que letras, ve música en cada una de estas historias. Este es un texto que se le adeudaba a la gente, a cientos de fanáticos que gozaron con Rodolfo, su voz y sus canciones; y a las nuevas generaciones que, aunque no lo presenciaron en vivo, lo sienten presente a través de su música en cada festividad. Los dejo entonces con una gran historia llena de matices jocosos y divertidos y otros tremendamente conmovedores que configuran la radiografía de nuestro Elvis magangueleño: Rodolfo Aicardi.

Rodolfo no ha muerto

Es medianoche y Medellín estalla como el más intenso de los bombardeos. La ciudad está sumergida en una fiesta incomprendida y absurda que suena igual que la guerra. A lo lejos se ven, en las ventanas, damas curiosas en batola mirando hacia el cielo, y adolescentes —que antes corrían huyendo de sus padres— refugiándose en las esquinas con bolsas llenas de chorrillos, tacos, papeletas y todo tipo de pólvora barata comprada clandestinamente. Los perros ladran, la ciudad se ilumina centelleante. El estruendo dura más de cuarenta minutos y los rezagos de pequeñas explosiones sin ritmo ni compás se extienden hasta la cuarta hora del nuevo día. La ciudad inicia trasnochada nuevamente su rutina, pero ahora con la certeza de poder vivir un momento esperado para unos y odiado para otros, el duodécimo y último mes del año en el calendario gregoriano, el aclamado, pirotécnico y ansiado diciembre.

La Navidad, que llena estos días de alegrías, tristezas, encuentros y un bullicio que parece ser tolerable, cada vez llega más pronto, y con su llegada repentina y prematura las calles toman color y la intermitencia de las bombillas en balcones y ventanas anuncia, al ritmo de la música, el arribo de una época que se debate entre la alegría y la nostalgia, que refleja nuestra condición de latinoamericanos, parranderos, bailadores y bulliciosos, salvo algunas excepciones, las de quienes celebran copiando a los gringos y europeos, los que lo celebran en el exterior, o en las ocasiones en las que la tristeza tiene por compañía los brindis, los abrazos forzados y las lágrimas de fin de año.

Las calles están iluminadas por los faroles, se escuchan cánticos al lado de luces que rodean un pesebre lleno de musgo, de animales de pasta, de chozas de paja y de un oasis hecho con un espejo y papel celofán. Las puertas están abiertas, la paila hierve con aceite caliente y los bafles están en las ventanas amarrados con cabuya verde. Suena fuertemente la música desde todas las casas, no se alcanza a diferenciar qué canción pertenece a qué familia, pero la carrasca habita en el ambiente al igual que el aire.

Desde lejos el bajo retumba en el corazón, los vientos endulzan el oído y el piano, egoísta e intrépido, se roba el protagonismo con ese tumbao que hace mover los pies con el contoneo de quien no quiere la cosa. En todo esto, el volumen juega un papel fundamental, pues si cada uno de estos elementos no suena por lo alto, no se entiende, no enamora y no funciona.

“Adonay, por qué te casaste, Adonay. Adonay, por qué no esperaste mi amor…”, es como un reclamo triste y despechado que se baila con o sin tacones, con mucha o poca plata. Esa voz, ese tono identificable e inolvidable resume lo que es un diciembre, resume nuestra vida como latinos y nuestro eterno cantar por la alegría o la tristeza. Esa voz de diciembre se llama Rodolfo y se apellida Aicardi.

Año a año sale de nuevo el pesebre y los mismos alumbrados empolvados, vuelven a estallar las papeletas y a retumbar los bafles, cíclico, puntual, cantando, bailando, sonriendo, cocinando, llorando, esperando y comenzando, de nuevo, una vuelta al sol después.

Rodolfo Aicardi murió en octubre de 2007 tras sufrir graves problemas de salud que apagaron su sonrisa y segaron su voz. Pero como un eco insospechado sigue resonando, pues está presente cada día, en el bus, la tienda, el centro, las orquestas, los billares, los bares y griles, las ceremonias y fiestas, en cada letra, en cada baile y en su voz nasal, que se reconoce a kilómetros.

Por eso Rodolfo no ha muerto, siempre está ahí, flotando en la conciencia colectiva de nuestro continente, señalando con su vida y su voz nuestra historia, nuestras tristezas y alegrías y también nuestra forma de identificarnos, sea desde el chucuchucu, la balada o los boleros.

Por eso este no es un texto para eruditos musicales, aunque podría serlo. Más allá de eso, es una historia para la gente, de la misma manera que la construyó Rodolfo Aicardi a través de su voz, cantando historias de la calle, de la realidad de la vida, del rico, del pobre, del triste, del feliz. Todos de una u otra manera con un lugar en esa voz impulsadora de pasiones y alegría desbordada.

En pocas palabras no se alcanzaría a definir su grandeza, menos su vida y sus canciones. Y precisamente por eso nace este libro, como un homenaje a uno de los músicos colombianos más importantes en la historia. Como un agradecimiento a la música y a la vida de Rodolfo Aicardi, hoy y siempre inmortal.

Empezar a cantar

En el margen occidental del Magdalena, allí donde el río alardea de su tamaño, su anchura y su bravura, y donde se levantan casas coloridas, empolvadas por el viento húmedo, con árboles frondosos en cada fachada y las ventanas y las puertas siempre abiertas, hay un pueblo tradicional y necesitado de la costa colombiana: Magangué.

La pintoresca Magangué, la de garzas en el pantano, pies descalzos, atardeceres preciosos y peces en el agua. La que cuenta historias mientras el río corre, cambia todo y no vuelve más. La que se asusta al ver una aeronave en el cielo. Allí, donde el calor sofoca y la música suena lento, se cantan las vidas de unos y otros, como una forma de no olvidar.

En la oscuridad absoluta, una voz trajinada por los años canta canciones mientras el crujir de la silla al subir y bajar, subir y bajar, ventila el sofoco magangueleño de los pies colgantes y sucios del niño Marco Tulio.

Afuera de la casa, como recibiendo visitantes o saludando transeúntes, el abuelo Arsenio Rivera sigue meciéndose, cantando y moviendo la cabeza de un lado al otro. El niño, entre paciente y ansioso, lo mira sin obtener respuesta. El viejo, que no puede verlo, le da palmadas en la pierna cuando la silla baja y cuando la canción merece el golpe percutivo del tiempo de su voz. Pasado un rato, luego de muchas canciones en la voz del señor Rivera, este toma la guitarra y la pone sobre el cuerpo del niño Marco, toma su mano y, entre los dos, como el acto más cariñoso y pedagógico, la empiezan a tocar, como quien camina por terrenos pedregosos y no explorados, así, con la torpeza de la primera vez.

Era el primer encuentro del niño Marco con las cuerdas de una guitarra. Así surrunguiaron por largo tiempo canciones de José Alfredo Jiménez, Pedro Infante y Antonio Aguilar, que el niño trataba de cantar sin saber siquiera las letras. Su abuelo era un telegrafista consagrado, íntimo amigo del abuelo de García Márquez, don Gabriel Eligio García, telegrafista también y con quien se enviaba comunicaciones parcas que cruzaban selvas, ríos y toda una región inspiradora y mágica. El abuelo Arsenio era el único que entendía de notas, tiempos y acordes musicales, así, sin estudiarlos, la música estaba en su vida porque su corazón lo pedía, era el único músico de la familia. Él mismo, con la voz constante y los ojos cerrados, seguía musitando y abrazando a su nieto, el sietemesino que, según él, cabía en una cajita de zapatos.

Luego de esa escena casi salida de un cuento de García Márquez, repetida semana a semana, el niño Marco, que no superaba los ocho años, dejó de ser el mismo, ahora cantaba todo el tiempo, chasqueaba los dedos y en la escuela tocaba el pupitre sin prestar atención.

La familia y el apellido Aicardi llegaron a Colombia desde el sur de Europa, desde Italia. Tres hermanos europeos y viajeros llegaron al país, a las islas de Barú, y desde allí dos de ellos se desplazaron a Santander y la costa Atlántica, y el otro hermano decidió regresar a Italia. Futbolistas, actores, cantantes, y médicos han portado este apellido, que se regó por todo el país, principalmente en la zona nororiental y norte.

Los Aicardi de esta historia viven en la ciudad de los ríos desde que los abuelos eran nietos. Un puñado de hijos, por lado y lado, hacen de esta familia de calor costeño una muestra del vivir latinoamericano, de dormir, de caminar, de trabajar y de despertar al lado de tres ríos que son uno solo, como la santísima trinidad: el Cauca, el San Jorge y el Magdalena. Esta tierra vaporosa, inspiradora y virgen, se representa en la fuerza, en la humildad de quienes pescan, de quienes trabajan con el agua, los atardeceres y las manos arrugadas por el sol y la humedad.

Al mando de la familia estaban los abuelos Arsenio Rivera y Ana Peñaranda, que con sus arrugas, paso lento y toda la experiencia de la vida dieron su ejemplo a Luis Alfredo Aicardi y Etilvia Rivera, quienes darían vida a Marco Tulio Aicardi Rivera, que por su parte tuvo hermanos medios por doquier: Gil, Luz, Rodolfo, Vilma y otros cuantos. Pero Marco seguía siendo el más pequeño de todos, un cantador de calle, un niño inquieto e hiperactivo que no dejaba en paz a sus amigos y que, sumado a eso, no quería estudiar.

El niño, luego de la escuela, regresaba a casa todas las tardes y lo recibía su abuela, Ana Peñaranda, una matrona costeña que atendía en casa su tienda de víveres y que se encargó de cuidarlo y darle todo lo que necesitaba desde que nació. Doña Ana recibía quejas de los profesores por la falta de atención de su nieto. El niño Marco no era bueno en la escuela y ella lo sabía.

Marco siempre estaba al lado de ella, incluso mientras la abuela atendía su negocio; él le ayudaba, cogiendo, llevando, trayendo. Luego de trabajar, jugaba con sus carros de juguete arrastrados por una cuerda sucia y deshilachada. “Abuela, cuando sea grande y tenga mucha plata voy a tener tres carros; uno amarillo, otro azul y otro rojo, como la bandera de Colombia”. Así se pasaban las horas y los días. El niño y la abuela eran felices acompañándose.

Ese mismo carrito de juguete, una pequeña furgoneta de plástico que arrastraba de acá para allá, en alguna oportunidad fue cargada con un trozo de queso costeño que el niño Marco robó de la nevera de la tienda de su abuela. Con su carro y su queso se fue por las calles agrietadas de Magangué. Mientras caminaba lento y miraba cada dos segundos el recorrido de su carrito, el niño cantaba canciones que escuchó de su abuelo desde que era solo un bebé. La gente admirada se reía, lo señalaba y le decían que no parara de cantar. A pesar de ser un niño tímido, él seguía cantando y llevando su carro y su queso a ningún lugar de la soleada Magangué.

Marco no estaba solo, muchos de sus amigos jugaban a lo mismo con sus pasos descalzos y sucios, con su voz chillona inentendible, con su escaso interés por los números, las letras y las manualidades. Tulio Viñas era su llave del día a día, su amigo de juegos en el río, en los árboles, en las calles sin pavimentar y en las frondosas montañas, donde pasaban horas mirando el cielo en busca de aviones que jamás llegarían.

Estuvo a su lado en sus aventuras, eran inseparables, crecieron juntos y sus familias de vez en cuando se encontraban para comer y bailar.

Juntos hicieron travesuras, estallaron bombillos, cazaron animales, tuvieron batallas de higuerillas y molestaron a los locos del pueblo, como el “Viejo Pa”. Marco pasaba corriendo y le gritaba, “Viejo Paaaaaaa”, y luego, cuando el loquito volteaba, este lo cogía a coscorrones. Todos los amigos reían, apretaban su mano y le hacían venias por su valentía. La acción se repitió tantas veces, que Marco terminó ganándose el apodo de “Viejo Pa”.

Con Tulio los días pasaban rápido, siempre estaban sudando y solo hasta la noche se secaban la frente. Las jornadas en el colegio parecían eternas. La vida era jugar y jugar, solo o acompañado. El niño Marco quería pasarse la vida en esas, jugando con su carro y cantando por las calles. Esto no era muy bien visto ni por su abuela ni por su mamá, y las quejas de los profesores de la escuela seguían llegando. Más regaños, más castigos, menos carritos de juguete y menos tiempo en la calle.

Al ver que Marco no mejoraba la atención a sus profesores, la mamá y la abuela lo mandaron a estudiar a una población cerca de Magangué, cruzando el río Magdalena, llamada Santa Cruz de Mompox, patrimonio de la humanidad, tierra de atardeceres rojizos, olor a vino, calles repletas de colores, filigrana y metales preciosos. Allí el niño conoció nuevos compañeros de escuela y nuevos profesores, pero su distracción continuó. Tras unos meses, los profesores lo alistaron en el coro de música religiosa de Mompox, y allí el niño demostró una calidad musical y vocal inexplicable, pues nunca en su vida había tenido contacto con un profesor de música, solo con las manos y la voz de su abuelo Arsenio.

Allí se destacó entre los demás niños cantantes, logró la concentración que todos sus profesores soñaban y era feliz; sin embargo, la indisciplina no tardó en manifestarse. Su voz chillona, nasal y perfectamente afinada, empezaba a resonar, en medio de los ensayos, con melodías de rancheras mexicanas, cuando el ensamble coral era exclusivo para la música religiosa. Marquito no quería cantar más esas canciones, él quería ser la voz líder en esas melodías que había escuchado de su abuelo. Fue despedido del coro, perdió tercero de primaria y su familia decidió que volvía a estudiar a Magangué. Allí las cosas no mejoraron: repitió de nuevo ese y otros años escolares y su indiferencia por el estudio e inquietud por las canciones crecía al igual que el poder de su voz.

En todo el municipio ya lo conocían como el niño cantante. Él, a pesar de su corta edad, tenía firme su convicción de ser famoso y reconocido, como se lo dijo a su abuela desde muy pequeño. Le gustaba ir cantando por ahí, al lado del río, por las calles, como un pequeño juglar que caminaba descalzo, al lado de su carrito de juguete cargado de queso robado de la tienda de su abuela.

Pasado el tiempo, Marco cambió sus carros de juguete por partidos de fútbol con pelotas prendidas en llamas que rodaban por las calles oscuras de una Magangué sin electricidad. También jugaba con el barro que encontraba a orillas de su querido Magdalena. Con el lodo entre las manos, moldeó vasijas, animales y figuras que solo existían en su mente curiosa. En las calles de su cotidianidad veía gente bailar, de noche, de día, en días de trabajo o de descanso. La gente bailaba al lado de unas cajas gigantes de colores de donde salía la música a todo volumen gracias a un tocadiscos con parlantes, que se resguardaba en las maderas tostadas por el sol de esta caja mágica. Toda la cuadra bailaba con este armatoste, una máquina musical que no podía faltar en ninguna fiesta de la Costa Caribe colombiana. A estas cajas coloridas, sonoras y llamativas les llaman “picó”, y Marco también lo recreó alguna vez con el barro del caudaloso Magdalena, sin saber que años más tarde ese mismo aparato artesanal se convertiría en algo tan importante para la cultura de los pueblos costeros.

El barro secó y ahora su propia máquina de sonido creada con pantano estaba lista. Su picó propio resonaría pero sin parlantes ni tocadiscos, nada más se escucharía la fuerza de su voz y el sonido de las cigarras. El niño llevó su nueva construcción al lado de un frondoso árbol en una zona de tránsito de Magangué. Allí lo dejó y subió por las ramas del gigante y abundante mango de chupa, con sus pies descalzos y su sonrisa intacta. Empezó a cantar las canciones de su querido Pedro Infante, esas mismas que escuchó y aprendió de su abuelo. Cantaba sin parar, mirando al cielo, con los ojos cerrados, como dedicando las bellas melodías a la hojas de aquel árbol gigante, al viento y a las niñas que pasaban de la mano de sus madres. Cuando Marquito miraba hacia abajo, solo veía zapatos pasar, detenerse y seguir. La gente, desde abajo, miraba el extraño y descolorido picó, escuchaban una voz hermosa sin entender de dónde salía y continuaban su camino. El niño por mucho tiempo siguió cantando, haciendo realidad su propia fiesta de calle, haciendo realidad su sueño de cantar canciones mexicanas en el más importante de los escenarios de su vida, el árbol, el río y la gente de su querida Magangué.

El año de 1959 corría apresurado sin mirar atrás, el 6 y el 0 estaban a la vuelta de la esquina, y las horas y minutos no daban tregua para lo que sería el arribo de una nueva década: los musicales, revolucionarios e históricos años sesenta. Marco ya dejaba de ser Marquito, 14 vueltas al sol recibidas por su cabellera frondosa y seca lo reafirmaban en la música y en las canciones. El jovencito no dejaba de cantar, era su elección de vida.

A regañadientes Marco continuaba en la escuela, pero las calificaciones cada vez eran peores. Al salir de clase, Marco llegaba a su casa, soltaba la maleta, comía algo y los cuadernos quedaban arrinconados hasta el día siguiente. Salía de casa sin permiso y se iba para aquel árbol a seguir cantando, a seguir viviendo la vida que quería vivir sin planearlo, sintiendo los golpes musicales de su corazón. Ya entrada la noche, recorría los bares y cantinas de Magangué, se acercaba tímidamente a las mesas, y con un impulso irrefrenable preguntaba a los señores que allí conversaban y tomaban ron, pasándolo con gajos de limón repletos de sal.

—Hola, señores. ¿Tienen novia? ¿Le llevamos serenata?

Muchos de ellos reían, pero aceptaban la propuesta del pequeño serenatero. La escena era graciosa. Un señor con una botella de algún licor y un niño a su lado cantando canciones de amor a una dama enamorada que se asomaba por una ventana. Para Marco era una felicidad absoluta poder cantar, que lo escucharan, que le aplaudieran y, a su vez, que la dama le diera un beso de agradecimiento. Así se la pasaba noche a noche, cantando, enamorando a mujeres, recibiendo en ocasiones algunas monedas y llegando sigilosamente a casa a las seis de la mañana, para recibir, como dicen en la costa, “una tunda” o “juetera” con regaño y castigo incluido de parte de la mamá o de la abuela.

Marco no aprendía por más castigos que le impusieran, quizá porque no sentía que su vida fuera la de un niño, sino la de un adulto, uno cantante y serenatero. De hecho, luego del tiempo, de muchas serenatas y de algunos pesos ganados, con Marco Alfredo y Aquiles Arrieta —también serenateros del pueblo— montaron el trío Los Académicos. C ...