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SIRIA

Víctor De Currea-Lugo  

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Fragmento

Presentación
Siria y la posverdad

La posverdad (en otras palabras y resumiendo: el engaño) se cierne sobre Siria. Llevamos desde 2011 hablando de esta guerra, de sus cientos de miles de muertos, de sus millones de refugiados y de sus pocas opciones. Es difícil reunir aquí estos años de debate, pero sí podríamos organizar las tendencias más relevantes.

Lo primero es verificar si sucedió lo que sucedió, y si sucedió, ¿quién lo hizo? El origen de la revuelta, las protestas de marzo de 2011 en la ciudad de Daraa, que muchos testigos directos han confirmado, son negadas por los partidarios del régimen que reducen aquellos sucesos a una narrativa de sus enemigos. Frente a los ataques con armas químicas, que ya superan varias decenas de incidentes1, ha habido desde la negación de su uso (a pesar de estar técnicamente documentados por organizaciones como Médicos Sin Fronteras2), hasta la versión de que dichas armas, que llovieron del cielo, fueron arrojadas por quienes no tienen aeronaves.

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Segundo, el argumento de la conspiración: todo lo que pasa en Siria es totalmente ajeno a cualquier realidad local, todo ha sido decidido en un cuartel de la CIA o en una cueva de Al-Qaeda. Ese argumento tiene un problema: presupone que el pueblo sirio es tonto, manipulable y carente de toda cultura política. Reducir al pueblo sirio solamente a un ajedrez que juegan Rusia y Estados Unidos es convertirlo en un peón y los peones se sacrifican sin problemas.

Tercero, lo más común: la comparación. Cuando se ataca o se defiende al gobierno sirio, se responde con lo que pasó en Libia o en Afganistán. Es cierto que hay tendencias que pueden identificarse, prever alianzas y hasta comportamientos criminales —como las ocupaciones de Estados Unidos en Afganistán e Irak, que mostraron graves violaciones de derechos humanos, el uso de lo étnico en las guerras de África y la manipulación de lo religioso en Oriente Medio—, pero esas tendencias no son leyes matemáticas.

Responder al debate de las armas químicas usadas en Siria por medio de lo que pasó en Irak, en Libia o en Palestina no es un argumento precisamente responsable. En el mismo sentido, no se pueden crear analogías mecánicas: decir que como Sadam Hussein fue ejecutado por los Estados Unidos, entonces todos los seguidores del dictador iraquí son antiimperialistas; que como Al-Asad apoya a los palestinos, entonces quitarlo es entregar Siria al sionismo, etc.

Cuarto, el mal menor: es mejor un Al-Asad conocido que un “islamista” por conocer. Se parte de que la única opción diferente al actual presidente es un régimen religioso radical y, por lo mismo, se asume que toda la oposición quiere formar un califato o algo parecido. Por tanto, Al-Asad parece decir: “yo o Al-Qaeda”. Lo anterior no niega los crímenes de los rebeldes ni que la degradación de la guerra se vive en todos los frentes, pero una propuesta política no se mide solamente por su nivel de crueldad; en el mismo sentido, no todo fundamentalismo religioso implica una radicalidad violenta, ni todo discurso moderado está exento del uso de la violencia.

Quinto, hacer creer que todo conflicto es religioso. Incluso, muchos “opinadores” citan cosas que no dice el Corán, dicen que el dios de los musulmanes es Mohamed, que es una obligación islamizar por medio de la fuerza y otra sarta de prejuicios que hacen literalmente imposible avanzar en la discusión. A la par, al ser países de mayoría musulmana, como es el caso de Siria, se intenta negar cualquier atisbo de ejercicio político que no esté ordenado por el Corán. Es decir, el ciudadano es absorbido y devorado por el creyente.

Sexto, el problema es el terrorismo: Al-Asad es solo un terrorista más, todos los rebeldes son terroristas y el Estado Islámico solamente siembra el terror. Lo cierto es que Al-Asad es el presidente, los rebeldes tienen multiplicidad de agendas políticas y hasta el también llamado Daesh tiene una propuesta de Estado que va más allá de su crueldad. En términos de análisis de un actor armado, definirlo como terrorista no contribuye, en esencia, a nada.

Séptimo, todos son iguales. Esto debería ser el primer punto criticable: los debates sobre Siria confunden lo religioso (musulmán), con lo cultural (árabe o kurdo), con las divisiones religiosas internas (suní, chií, alawí, etc.) y con las tensiones regionales. Sin aclarar quién es quién y qué es qué, es imposible empezar un debate más o menos decente.

Octavo, la pregunta ¿quién es el bueno? Como viendo películas del Oeste, los opinadores preguntan por el bueno y por el malo, para tomar partido, justificando todo lo que haga el uno y, por ende, condenando todo lo que haga el otro. En la guerra mediática, los rebeldes han manipulado fotos para acusar a Al-Asad, en una acción ridícula que las redes han desenmascarado, pero eso no niega los crímenes ordenados por el presidente de Siria, muchos de ellos, realizados por orden directa de su hermano, Maher. Así las cosas, la posverdad es que ya no tienen que fabricar la noticia, ya nos instalaron el dispositivo para que nosotros mismos la fabriquemos, cuando ellos nos dicen y nosotros creemos que “son los gringos que se disfrazaron de Al-Qaeda” o “eso lo vi en Internet”.

El régimen sostuvo que la cadena Al-Jazeera había creado maquetas de ciudades sirias para filmar supuestas manifestaciones; incluso llegó a afirmar que el Barcelona Fútbol Club alineaba a sus jugadores de acuerdo a un código que indicaba las rutas de las armas para los rebeldes3.

Hay otro caso muy diciente. Eva Bartlett es una periodista, muy de moda en las redes sociales, dedicada a defender al régimen sirio y a desmentir los ataques en su contra. Ella es la “prueba” que me envían algunos conocidos sobre la verdad de lo que pasa en Siria. Otra “prueba” es la entrevista de una monja, la hermana Guadalupe, quien hace declaraciones a favor del régimen. Las dos son muy difundidas en las redes sociales4.

Eva se autodefine como independiente (eso lo hacemos todos) y afirma que ha cubierto la guerra de Siria (eso lo hemos hecho algunos). Ella defiende a Bashar Al-Asad y lo presentó ante la ONU, en diciembre de 2016, como una figura amada por su pueblo5, a lo que ella tiene todo el derecho. La hermana Guadalupe, por su parte, hace una apología a la teoría de la conspiración para explicar la guerra y afirma que el gobierno de Al-Asad jamás atacaría a su propio pueblo.

Eva repite el discurso oficial de que todos los alzados en armas contra el gobierno sirio son terroristas y cita a algunos entrevistados. Es cierto que la propaganda contra Al-Asad ha usado fotos de otras guerras para denigrar del gobierno, pero eso no es una prueba de que el régimen no haya hecho masacres. Citar, como hace ella, las elecciones de 2014 como un termómetro de legitimidad es desconocer lo que han sido los procesos electorales en Siria, más aún en un país donde prácticamente más de la mitad de la población es desplazada o refugiada; y usar ese viejo truco de comparar quién es el más malo para deducir quién es el bueno, no solo es ingenuo, sino perverso.

El problema de fondo es ¿quién dice la verdad sobre Siria? Partamos de que muchos tienen intereses allí: los locales, Irán, Estados Unidos, Turquía, Arabia Saudita, Europa y una lista que ocuparía varias cuartillas. Algunos tienen medios de comunicación claramente sesgados, pero sería un juicio a priori asumir que todo el que diga algo en CNN, por dar un ejemplo, miente.

Recuerdo cuando en 2013 visité la sede de la Agencia Al-Manar, de Hizbollah, en Beirut, Líbano. Su responsable me aclaró que no buscaban ser una agencia de prensa imparcial, sino que son abiertamente el instrumento de comunicación de su organización; yo agradecí su honestidad6. Pero esa postura tampoco permite deducir que solo digan mentiras o que solo sea una fábrica de propaganda.

No me bastan las consignas prefabricadas. Que Al-Asad hable mal de Estados Unidos no lo hace bueno, que algunos grupos rebeldes reciban recursos de Occidente no los hace malos. La extensa lista de dictadores africanos que buscan posicionarse hablando mal de las potencias es un claro ejemplo. Y la lista de beneficiarios de ayudas estadounidenses en la Segunda Guerra Mundial es otro.

El periodista sueco Gunnar Bergstrom apoyó fervientemente a los Jemeres Rojos, responsables del genocidio de Camboya7. Él creó una asociación de amistad suecocamboyana y visitó el país en 1978. En sus informes decía que las acusaciones contra los Jemeres Rojos eran fruto de la prensa occidental. Lo cierto es que fueron otros antiestadounidenses, los vietnamitas, quienes detuvieron el genocidio ¿Hay que ser comunista para tener razón y querer detener un genocidio?

Bergstrom vio cómo funcionaban las cooperativas agrícolas y las escuelas de los Jemeres, organizadas para extranjeros partidarios del régimen. Como Al-Asad, el líder camboyano Pol Pot en las entrevistas con el citado periodista sueco, redujo las acusaciones del genocidio a calumnias occidentales. Las fotos de él y de otros suecos mostraron al mundo niños camboyanos sonriendo mientras se consumaba una ...