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STEELHEART (TRILOGíA DE LOS RECKONERS 1)

Brandon Sanderson  

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Fragmento

Título original: Steelheart

Traducción: Rafael Marín Trechera

1.ª edición: abril 2014

© Ediciones B, S. A., 2013

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

DL B 9672-2014

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-777-6

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Contenido Presentación Prólogo Primera parte 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 Segunda parte 14 15 16 17 18 19 20 21 22 Tercera parte 23 24 25 26 27 28 29 30 Cuarta parte 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 Epílogo Agradecimientos

Presentación

Recibe antes que nadie historias como ésta

Creo que hay que empezar a aceptar que, de nuevo (y nunca se sabe hasta cuándo...), la ciencia ficción está en retirada y la fantasía domina incluso con cierta facilidad. En la ciencia ficción parece existir miedo a la especulación más libre, y esa tendencia a tratar casi exclusivamente del futuro más inmediato (near future) la ha convertido, en demasiados casos, en una especie de thriller tecnológico «avanzado» en torno al futuro de la bio o la infotecnología. Es cierto que el desarrollo de la ciencia y la tecnología en los últimos años complica ese aspecto especulativo, el «¿Qué sucedería si...?» tan típico de la ciencia ficción. La tecnociencia actual ya está respondiendo a la pregunta y no todos los autores saben enmendar la plana a la realidad e imaginar nuevas posibilidades y nuevos mundos. Como siempre, hay honrosas excepciones, pero no es de ellas de lo que voy a hablarles aquí.

Por fortuna, la fantasía, la buena fantasía, nos sale al paso y nos permite disfrutar de lecturas (y, con el tiempo, incluso de versiones cinematográficas) ampliamente satisfactorias.

Atrás hemos dejado ya el mundo de los simples epígonos de Tolkien y, tal vez pronto, dejaremos de reconstruir la historia de Gran Bretaña con seis o siete grandes casas en sustitución de las dos clásicas: York y Lancaster. Y está naciendo o, mejor, consolidándose ya, una nueva fantasía de calidad y «distinta», de la que me atrevo a destacar a un escritor como Brandon Sanderson. Es, sin duda, el más prolífico de todos ellos, manteniendo siempre un elevado nivel de novedad e inventiva, aportando un nuevo enfoque en la manera de tratar los temas fantásticos y, lo más importante, con una importantísima calidad media, como lo demuestran sus obras más conocidas hasta hoy: ELANTRIS, la (primera) trilogía de los MISTBORN (Nacidos de la Bruma) o esa otra maravilla que es EL ALIENTO DE LOS DIOSES (Warbreaker), o la potente y personalísima serie iniciada con EL CAMINO DE LOS DIOSES.

Debo reconocer que una de las más genuinas satisfacciones de un editor es, simplemente, «encontrar» a un autor nuevo y prometedor. En los largos años dirigiendo esta colección he «encontrado» autores nuevos de todo tipo y condición que han sido conocidos en España gracias a NOVA.

Mi más reciente descubrimiento fue este sorprendente Brandon Sanderson, un autor joven al que le han bastado sus primeras obras para renovar la fantasía, durante tanto tiempo encerrada en el clásico «cliché a la Tolkien» ya un tanto agotado. Hoy puedo constatar que la sorpresa que me proporcionó Brandon con su primera novela, ELANTRIS (2005), se ha confirmado, y ello constituye solo una muestra de las muchas satisfacciones que nos va a deparar a todos.

No he sido el único maravillado por la habilidad narrativa y el universo fabulador de Brandon Sanderson. Cuando Robert Jordan falleció en septiembre de 2007, no resultó extraño que se decidiera que sería precisamente Brandon Sanderson quien se encargara de terminar la inacabada novela de aquel (A Memory of Light), que constituiría el volumen final de la famosa serie La rueda del tiempo. En manos del laborioso y prolífico Sanderson, esa novela postrera que Jordan dejó algo encarrilada al menos en sus notas, se ha convertido en tres volúmenes que Sanderson ya ha escrito y publicado: THE GATHERING STORM (2009), TOWERS OF MIDNIGHT (2010) y la esperada A MEMORY OF LIGHT (2013) que finaliza el encargo. Y eso sin olvidar sus propias obras (¿hasta qué punto esta trilogía final de La rueda del tiempo, con su dilatada extensión, no es una obra más de Brandon Sanderson?).

Porque en esos mismos cuatro años, Sanderson ha iniciado tres trilogías más: la segunda de Mistborn (ya iniciada en NOVA con ALEACIÓN DE LEY, en 2012), la de los Rithmatist (de próxima aparición en España, como siempre en NOVA) y la de los Reckoners que hoy presentamos. Y eso sin olvidar algunas novelas cortas como esa fabulosa THE EMPEROR SOUL (2012) ambientada en el mundo de ELANTRIS que le valió el Premio Hugo de novela corta en 2013. Y nos ha ofrecido también el primer volumen de la que parece llamada a ser su obra magna (con permiso de ELANTRIS, MISTBORN o EL ALIENTO DE LOS DIOSES...): La guerra de las tormentas, que Sanderson inició hace más de una década y que constará de unos diez volúmenes (en NOVA ya hemos publicado el primero, EL CAMINO DE LOS REYES, en 2012). Ahí es nada.

Calidad y cantidad se aúnan de manera casi inevitable en la obra de Brandon Sanderson, que en mi opinión todavía escribe con frescura, inventiva y, también, la imprescindible calidad para ser un autor de referencia en el mundo de la fantasía. Sanderson parece no saber todavía que está llamado a ser importante, y por eso mantiene su empuje y maneja su habilidad y su descaro narrativo como el joven que se quiere comer el mundo. Que no decaiga.

Para destacar el enfoque «distinto» que Brandon Sanderson imprime a la fantasía, me voy a permitir incluir de nuevo un texto del estudiante Sanderson en un trabajo académico sobre la fantasía que ya les extracté en la presentación de ELANTRIS. Un texto en el que el entonces joven autor desarrolla su tesis en favor del cambio en la narrativa fantástica:

Muchos escritores contemporáneos, algunos de ellos muy buenos, se han restringido al estándar asumido de la fantasía. Escriben relatos sobre jóvenes héroes que son llamados a una búsqueda misteriosa, ambicionan el poder, y llegan a la madurez al superar sus tribulaciones. Siguen el Síndrome de Campbell paso a paso, e intentan estar seguros de que no dejan nada al margen.

El movimiento ha ganado tal impulso (en parte por Tolkien, cuya obra exhibe el Mito del Héroe pero no lo sigue) que se ha convertido en sinónimo de fantasía. Y, a causa de ello, el género está amenazado de estancamiento.

Esto, por supuesto, plantea un interrogante. La fantasía es todavía un género en su adolescencia —el movimiento contemporáneo no empezó hasta los años setenta—. Las historias que utilizan el mito del héroe siguen vendiéndose bien, en realidad se venden mejor ahora que antes. Y por lo tanto, ¿por qué cambiar?

Respondo que debemos cambiar porque la adolescencia pasa y los lectores de fantasía se hacen mayores. Los lectores de fantasía empiezan a estar cansados. Muchos de mis amigos, antes lectores ávidos de fantasía, han dejado de leer novelas del género a causa de su redundancia. Lo que antes sugería maravillas, ahora se ve como obsoleto y excesivamente trillado. Preveo serios problemas en el futuro si no reconocemos el Síndrome de Campbell y lo afrontamos.

Coincido al cien por cien con esa idea de Sanderson, y debo decir que bastantes novelas de fantasía actuales (esos epígonos de Tolkien tan abundantes) también me aburren. Hay pocos títulos (demasiado pocos...) en mi lista de novelas imprescindibles de fantasía y, con toda seguridad, es por agotamiento de un cliché que, como a Sanderson y a sus amigos, hace tiempo que ya me cansa.

Es posible que la apuesta de Sanderson sea arriesgada. Existe un lector acomodaticio que se conforma con «más de lo mismo» (ese lector al que Julio Cortázar tuvo el desacierto de llamar «lector hembra» en un desliz machista imperdonable). Pero, y esa ha sido siempre mi apuesta como editor, hay lectores inteligentes y amantes de la novedad. Y son (somos) muchos. Muchos más de lo que suele pensar una gran mayoría de editores.

En mi presentación a ELANTRIS, la primera novela de Brandon Sanderson, les contaba la sorpresa que la irrupción de este joven autor ha causado en todo el mundo. Ahora puedo también dar testimonio de cómo el éxito obtenido por ELANTRIS en todo el mundo se ha repetido en España.

Brandon Sanderson creció en Lincoln (Nebraska, EE.UU.) y ahora vive en Provo (Utah, EE.UU.) con su esposa Emily. Obtuvo la licenciatura en Lengua en la Brigham Young University. Ha sido durante dos años profesor de Lengua y Literatura. Antes había estudiado bioquímica y, siendo creyente de la Iglesia de los Santos de los Últimos Días (LDS: Lost Days Saints, los conocidos «mormones»), estuvo en Corea los preceptivos años como «misionero»... En 2006 se casó con Emily Bushman (antigua compañera de estudios y que ahora trabaja con Brandon como business manager), y tienen ya tres hijos. Hoy, además de escribir (y muy prolíficamente), enseña Escritura Creativa en la Brigham Young University.

Sanderson es autor de muchas novelas, pero la primera publicada fue la sexta, ELANTRIS (escrita en 2000 y publicada en mayo de 2005), recibida por público y crítica como una interesantísima renovación en el tan trillado género de la fantasía. Una sorprendente y amena novela que ofrece de todo para todos: misterio, magia, romance, enfrentamientos políticos, conflictos religiosos, luchas por la igualdad y una escritura penetrante con personajes consistentes y decididamente maravillosos.

ELANTRIS, que parece una novela de fantasía épica, no es solo eso. Faren Miller, de LOCUS, lo detectó claramente, destacando en ella un tono inconformista no excesivamente habitual en la fantasía. No en vano Sanderson dice haber empezado a leer fantasía a los catorce años, cuando cayó en sus manos una novela sumamente inteligente e irónica como es VENCER AL DRAGÓN (1985, NOVA Fantasía número 7), de Barbara Hambly. Faren Miller destaca claramente en ELANTRIS esa posible orientación al recalcar el tono del prólogo, tan clásico en la descripción de una fantástica capital de seres inmortales como había sido la ciudad de Elantris, para finalizar introduciendo ya, en el mismo prólogo, un dato sorprendente y casi subversivo: «La eternidad terminó hace diez años.»

Tuve la oportunidad de hablar con Sanderson (y con su esposa Emily) cuando en noviembre de 2006 vino a Barcelona como conferenciante invitado en la ceremonia de entrega del Premio UPC de Ciencia Ficción. Puedo asegurar que ideas no le faltan y que su capacidad de reflexión sobre la narrativa fantástica, unida a su habilidad extraordinaria como narrador y su interés por temas «adultos» (política, estrategia, religión y un interesante etcétera), nos ha de deparar muchas más sorpresas.

En ese par de días tuve la ocasión de hablar largo rato con Brandon sobre su manera de enfocar la magia en sus novelas de fantasía. Entonces, al hablar de los alománticos de MISTBORN, me detalló su idea de que podía haber seres capaces de ejecutar actos de magia, pero que no por ello dejaban de vivir en nuestro universo regido, por ejemplo, por las leyes de la física newtoniana. Si mágicamente se produce un efecto, hay que esperar un contraefecto inevitable en un universo en el que rige la tercera ley de Newton: a toda acción corresponde una reacción.

Ese punto de vista lo ha detallado y precisado más con el tiempo. En su página web habla de ello. (Esa página web, http://www.brandonsanderson.com/ resulta de gran interés y les invito a visitarla.)

Como profesor de Escritura Creativa, Sanderson ha profundizado en su propio arte y en las reglas que lo rigen. Él mismo nos lo cuenta en esa página web cuando establece dos grandes principios presentes no solo en su obra sino, según comprueba el propio Sanderson, en la de grandes autores de fantasía como George R. R. Martin y el británico Joe Abercrombie (The First Law) entre otros.

Los dos principios de Sanderson son sencillos pero tienen un gran efecto:

Primer Principio: La magia ha de tener un coste.

Segundo Principio: El beneficio y el coste han de ser iguales.

Fácilmente se percibe que esos principios formulan esa idea de que, en nuestro universo, a toda acción corresponde una reacción de la que hablé con él a propósito de MISTBORN hace ya unos años.

Los poderes mágicos, como toda clase de poder, necesitan de una especie de regulación para «humanizar» a quien los posee y utiliza. Y de ahí la gran riqueza humana de los personajes de Sanderson: disponen del favor de la magia, pero eso siempre tiene un coste. Lo encontramos ya en EL SEÑOR DE LOS ANILLOS (ese anillo que te hace invisible pero deja rastros en tu psique), y viene a ser el principio de realidad de la economía trasladado al mundo de la magia...

Sanderson se distingue también por inventar distintos sistemas de magia para cada una de sus series. En todas ellas, la magia que, sin perder su poder, está encauzada y es vista, en cierta forma, de manera «racional». Algo que ocurre con los alománticos de MISTBORN, los alientos (breath) que acumulan los personajes de EL ALIENTO DE LOS DIOSES y tantos otros.

La trilogía que hoy empezamos a publicar con STEELHEART, lleva por nombre genérico Los Reckoners. La serie estará formada por STEELHEART (2013), FIREFIGHT (prevista en EE.UU. en 2014) y CALAMITY (prevista en 2015), además de un relato ya publicado, MITOSIS (2013), que se situaría entre el primer y el segundo libro de la trilogía.

Aunque hay otras acepciones, un Reckoner sería una suerte de vengador de los errores o malas acciones del pasado y, también, en el ámbito religioso, una venganza relacionada con el Juicio Final, algo así como, con un título muy cinematográfico, «los vengadores del Juicio Final».

Viene ello a cuento pues, de manera inesperada, incomprendida y trágica, se ha producido una calamidad (Calamity) que ha creado, más bien al azar, una serie de superhéroes en todo el planeta. A esos superhéroes se los llama Épicos y, por desgracia (o, tal vez, muy humanamente), resulta que no son buenas personas.

En el esquema habitual del mundo de los superhéroes de los cómics, ya es conocida la famosa frase «un gran poder conlleva una gran responsabilidad» (que, por ejemplo, tío Ben le dice a Spiderman antes de morir). Pero, infortunadamente, no ocurre así con los Épicos. Tal vez respondiendo a su humano origen, los Épicos son egoístas y procuran por sí mismos, convirtiéndose en dictadores de la humanidad. Son los «malos» de esta serie.

Evidentemente, la humanidad no quiere aceptar esa esclavitud sobrevenida, y se resiste. Los resistentes son los Reckoners, a quienes el protagonista, David, quiere unirse. David, a los ocho años, presenció la muerte de su padre a manos del Épico que rige en lo que antes había sido Chicago, Steelheart. Y en ese lance vio sangrar a Steelheart. Sabe que el Épico no es invencible y desea encontrar a los Reckoners para enfrentarse a él y vencerlo y así vengar a su padre. En esta nueva serie, Sanderson invierte los papeles y deja a los humanos protagonistas el papel de opositores a los poderes (casi mágicos) de los Épicos.

Como siempre en Sanderson, los Épicos cuentan con poderes pero son vulnerables. La magia tiene un coste.

Se trata de algo imprescindible para la existencia de una narración. Si se fijan en un superhéroe todopoderoso como Superman, es evidente que, si lo puede todo, no hay trama posible. Aun aceptando que algunas de las tramas de los cómics de los superhéroes estadounidenses son muy infantiles, la necesidad de que el superhéroe se vea en problemas es imprescindible para que exista narración. De ahí la kriptonita de Superman, su enfrentamiento con otros kriptonianos en la segunda de las películas de la primera serie protagonizada por Christopher Reeves, o, incluso, el enfrentamiento con su otro yo materializado en el tercer filme de la serie. Si no hay un opositor del mismo nivel, no existe aventura.

La nueva trilogía de los Reckoners está llamada a ser una serie de superhéroes o, mejor, de supervillanos, con aventuras de todo tipo que enfrentan a estos supervillanos con simples humanos que solo cuentan con la ayuda de su inteligencia y, sobre todo, su voluntad y determinación. Una aventura épica, humana como pocas, a la que Sanderson proporciona una brillante variedad de poderes sin cuento (ese es el sistema de magia de los Reckoners: los superpoderes de los Épicos). No es poca cosa.

En resumen, una nueva serie de un autor excepcional y sumamente prolífico (sin bajar el alto nivel de calidad al que nos tiene acostumbrados), una rara avis en la fantasía moderna, a la que aporta un enfoque propio y sumamente poderoso y sugerente. Y esta vez en un mundo de superhéroes con toda la imaginación, la aventura, la magia y los entrañables personajes a los que Brandon Sanderson nos tiene acostumbrados.

Que ustedes la disfruten.

Miquel Barceló

Prólogo

He visto sangrar a Steelheart.

Sucedió hace diez años, cuando yo tenía ocho. Estaba con mi padre en el First Union Bank de la calle Adams. Por entonces, antes de la Anexión, usábamos los antiguos nombres de las calles.

El banco era enorme: una sala diáfana, con columnas blancas alrededor de un suelo de mosaico, al fondo de la cual unas enormes puertas se abrían al centro del edificio. Daban a la calle dos grandes puertas giratorias flanqueadas por otras dos, estas convencionales. Hombres y mujeres entraban y salían, como si la sala fuera el corazón de una bestia enorme que latiera con la savia de las personas y el dinero.

Yo estaba arrodillado de cara al respaldo de una silla demasiado grande para mí, contemplando el ir y venir de la gente. Me gustaba observar los diferentes rostros, los peinados, la ropa, las expresiones. ¡Todos eran tan distintos en aquella época! Era emocionante.

—David, siéntate bien, por favor —dijo mi padre. Tenía una voz suave. No lo había oído gritar más que una vez, en el funeral de mi madre. Recordar el calvario por el que pasó aquel día todavía me estremece.

Me volví, huraño. Nos encontrábamos al lado de la sala principal del banco, en una de las oficinas donde trabajaban los encargados de las hipotecas. Los tabiques del cubículo eran de vidrio, lo que lo hacía menos agobiante, pero seguía pareciendo de mentira. Había fotos con marco de madera de familiares en las paredes, un tarro de caramelos baratos con tapa de cristal en la mesa y un jarrón con flores de plástico descoloridas sobre el archivador.

Era un hogar confortable tan de imitación como la sonrisa del hombre que teníamos delante.

—Si tuviéramos más avales... —sugirió el de las hipotecas, mostrando los dientes.

—Todo lo que poseo está ahí —dijo mi padre, indicando el papel del escritorio que teníamos delante. Tenía las manos callosas y la piel bronceada de tanto trabajar al sol. Mi madre se habría avergonzado si lo hubiera visto acudir a una cita tan importante como esa con los vaqueros de trabajo y una camiseta vieja con un personaje de cómic.

Al menos se había peinado, aunque se estaba quedando calvo. No parecía importarle tanto como a otros. «Así no tendré que cortarme tantas veces el pelo, Dave», me había dicho riendo y pasándose los dedos por el cabello pajizo. Yo no le había hecho notar que se equivocaba: tendría que cortárselo el mismo número de veces, al menos hasta que se le cayera todo.

—Me temo que no puedo hacer nada —dijo el de las hipotecas—. Ya se lo habían dicho.

—El otro empleado dijo que con esto sería suficiente —respondió mi padre, con las grandes manos entrelazadas. Parecía preocupado, muy preocupado.

El de las hipotecas dio un golpecito al fajo de papeles que había sobre el escritorio sin dejar de sonreír.

—El mundo es ahora un lugar mucho más peligroso, señor Charleston. El banco ha decidido no correr riesgos.

—¿Peligroso? —preguntó mi padre.

—Bueno, ya sabe. Los Épicos...

—¡Pero si no son peligrosos! —exclamó mi padre con vehemencia—. Los Épicos están para ayudarnos.

«Otra vez no», pensé.

La sonrisa del de las hipotecas se esfumó por fin, como si el tono de mi padre lo hubiera sorprendido.

—¿No lo ve? —dijo mi padre, inclinándose hacia delante—. No son tiempos peligrosos. ¡Son tiempos maravillosos!

El empleado ladeó la cabeza.

—¿No fue un Épico quien destruyó su casa?

—Donde hay villanos, habrá héroes —respondió mi padre—. Espere y verá. Vendrán.

Yo así lo creía. Un montón de gente pensaba como él en esa época. Solo hacía dos años que Calamity había aparecido en el cielo. Hacía solo uno que los hombres corrientes habían empezado a cambiar y a convertirse en Épicos: casi como los superhéroes de las historietas.

Todavía teníamos esperanza, y éramos muy ignorantes.

—Bueno —dijo el de las hipotecas, uniendo las manos sobre la mesa, junto a la foto de unos sonrientes niños de varias etnias—. Por desgracia, nuestros evaluadores de riesgos no están de acuerdo con su valoración. Tendrá usted que...

Siguieron hablando, pero ya no les presté atención. Me arrodillé otra vez en la silla, de espaldas a ellos, mirando a la gente. Mi padre estaba demasiado inmerso en la conversación para reñirme. Así que vi claramente al Épico entrar en el banco. Lo detecté de inmediato, aunque nadie más le prestó atención. La gente dice que no se distingue a un Épico de un hombre corriente a menos que use sus poderes, pero se equivoca. Los Épicos se comportan de un modo diferente, con una sutil autocomplacencia, confiando en sí mismos. Siempre he sido capaz de identificarlos.

A pesar de que era un niño, supe que aquel hombre tenía algo distinto. Llevaba un traje negro holgado con camisa color canela, sin corbata. Era alto y esbelto, pero recio, como suelen ser los Épicos, musculoso. Estaba en forma y se notaba incluso a pesar de la ropa holgada.

Se situó en el centro de la sala. Llevaba unas gafas de sol en el bolsillo de la pechera y sonrió mientras se las ponía. Luego apuntó despreocupadamente con un dedo a una señora que pasaba.

La mujer se desintegró, convertida en polvo; la ropa ardió; el esqueleto se desplomó hacia delante y repiqueteó en el suelo. Los pendientes y el anillo de boda, sin embargo, no se disolvieron. Tintinearon en el embaldosado con tanta claridad que lo oí a pesar del ruido de la sala, una sala que de pronto se quedó en completo silencio.

La gente se quedó paralizada de horror y las conversaciones cesaron, aunque el de las hipotecas siguió soltándole el rollo a mi padre y no se calló hasta que empezaron los gritos.

No recuerdo cómo me sentía. ¿No es extraño? Recuerdo la iluminación: aquellas magníficas lámparas de techo que bañaban la sala de chispitas de luz. Recuerdo el olor de limón y amoníaco del suelo recién fregado. Recuerdo con toda exactitud los penetrantes gritos de terror, la cacofonía de la gente corriendo despavorida hacia las puertas.

Lo que mejor recuerdo es al Épico sonriendo de oreja a oreja, casi con lascivia, mientras iba señalando a los que pasaban y reduciéndolos a ceniza y polvo con un mero gesto.

Me quedé petrificado. Seguramente estaba conmocionado. Me aferré al respaldo de la silla, contemplando la matanza con los ojos como platos.

Algunas personas que estaban cerca de las puertas escaparon. Todo el que se acercó demasiado al Épico murió. Varios empleados y clientes se acurrucaron juntos en el suelo o se escondieron detrás de los escritorios. Por raro que parezca, la sala quedó en silencio. El Épico siguió de pie en el mismo lugar, como si estuviera solo, mientras revoloteaban por el aire pedazos de papel, con los huesos y la ceniza negra esparcidos por el suelo a su alrededor.

—Me llamo Deathpoint —dijo—. No es el más acertado de los nombres, lo admito. Pero lo encuentro fácil de recordar.

Lo dijo con un curioso desenfado, como si conversara con unos amigos tomándose una copa.

Empezó a caminar por la sala.

—Esta mañana se me ha ocurrido una idea —dijo. La sala era lo bastante grande para que su voz creara eco—. Me estaba duchando y se me ocurrió. Me he dicho: «Deathpoint, ¿para qué vas a robar hoy un banco?»

Apuntó perezosamente a un par de guardias de seguridad que habían salido de un pasillo lateral situado justo detrás de los cubículos de las hipotecas. Los guardias se convirtieron en polvo: placas, cinturones, armas y huesos golpearon el suelo. Oí los esqueletos chocar entre sí mientras caían. Hay un montón de huesos en el cuerpo de un hombre, más de los que creía, e hicieron un ruido tremendo cuando se desplomaron. Un curioso detalle para recordar de aquella escena tan horrible, pero lo recuerdo claramente.

Una mano me agarró por el hombro. Mi padre se había agachado delante de su silla. Intentaba hacerme bajar de la mía e impedir que el Épico me viera; pero yo no me movía, y mi padre no podía obligarme a hacerlo sin montar una escena.

—Llevo semanas planeando esto, ¿saben? —dijo el Épico—. Pero la idea se me ha ocurrido esta misma mañana. ¿Por qué? ¿Por qué robar el banco? ¡Puedo tener cuanto quiera de todas formas! ¡Es absurdo!

Rodeó de un salto un mostrador y la cajera que estaba escondida detrás gritó. Yo apenas la veía porque estaba acurrucada en el suelo.

—Para mí el dinero no vale nada —dijo el Épico—. Absolutamente nada.

Apuntó. La mujer quedó reducida a ceniza y huesos.

El Épico giró sobre sus talones y fue señalando sucesivamente hacia varios puntos de la sala, matando a los que intentaban huir. Por último, me apuntó directamente.

Por fin sentí una emoción: una punzada de terror.

Detrás de nosotros, un cráneo rebotó en el escritorio y cayó al suelo esparciendo ceniza. El Épico no me estaba apuntado a mí, sino al de las hipotecas, agazapado junto a su escritorio, detrás de mí. ¿Había intentado huir?

El Épico se volvió hacia los cajeros del mostrador. La mano de mi padre me seguía sujetando el hombro, tensa. Sentí su preocupación por mí casi como algo físico, recorriendo su brazo hasta el mío.

Entonces se apoderó de mí un terror tan intenso que, incapaz de moverme, me acurruqué en la silla, gimiendo, temblando, tratando de desterrar de mi mente las imágenes de las terribles muertes que acababa de presenciar.

Mi padre me soltó.

«No te muevas», leí en sus labios.

Asentí, demasiado asustado para hacer otra cosa. Mi padre se asomó por un lado de su silla. Deathpoint hablaba con un cajero. Aunque yo no los vi, oí caer los huesos. Los estaba ejecutando uno a uno.

El rostro de mi padre se ensombreció y miró hacia un pasillo lateral. ¿Para huir?

No. Allí era donde habían caído los guardias. Vi a través del tabique de cristal del cubículo una pistola en el suelo con el cañón enterrado en ceniza y parte de la culata asomando de una caja torácica. Mi padre, que de joven había pertenecido a la Guardia Nacional, la estaba viendo.

«¡No lo hagas! —pensé, presa del pánico—. ¡Papá, no!» Pero no fui capaz de articular palabra. Me tembló la barbilla cuando intenté hablar, como si tuviera frío, y me castañetearon los dientes. ¿Y si el Épico me oía?

¡No podía permitir que mi padre hiciera esa locura! Era la única persona que me quedaba en el mundo. No tenía casa, ni familia, ni madre. Cuando se dispuso a actuar, hice un esfuerzo para agarrarlo del brazo. Negué con la cabeza, tratando de encontrar el modo de detenerlo.

—Por favor —conseguí susurrarle—. Los héroes... Has dicho que vendrían. ¡Deja que ellos lo detengan!

—A veces, hijo, hay que ayudar a los héroes. —Se libró de mis dedos, miró a Deathpoint y se escabulló hasta el siguiente cubículo.

Yo contuve la respiración y me asomé con mucho cuidado por un lado de mi silla. Tenía que enterarme. Aunque acobardado y tembloroso, tenía que ver aquello.

Deathpoint saltó el mostrador y aterrizó al otro lado, donde estábamos nosotros.

—Así que tanto da —dijo, todavía en tono coloquial, caminando por la sala—. Robando un banco conseguiría dinero, pero en realidad no necesito comprar nada. —Alzó un dedo asesino—. Un enigma. Por suerte, mientras me duchaba me he dado cuenta de otra cosa: matar a alguien cada vez que quieres algo resulta un incordio. Mejor sería asustar a todo el mundo, demostrar mi poder de modo que, en adelante, nadie me negara nada de lo que deseara. —Rodeó de un salto una columna, sorprendiendo a una mujer que llevaba en brazos a su hijo—. No, robar un banco por dinero no habría tenido sentido; pero demostrar lo que puedo hacer... eso sigue teniendo importancia. Por tanto, he seguido adelante con mi plan. —Apuntó y mató al niño, con lo que dejó a la horrorizada mujer sosteniendo un montón de huesos y ceniza—. ¿No se alegran?

Jadeé al ver que la aterrorizada mujer trataba de sujetar con fuerza la mantita mientras los huesos del pequeño se le escurrían y caían. En ese instante todo adquirió un tinte mucho más real para mí, espantosamente real. De pronto sentí náuseas.

Deathpoint nos daba la espalda.

Mi padre salió del cubículo y se apoderó del arma caída. Dos personas ocultas detrás de una columna cercana corrieron hacia la puerta más próxima y empujaron a mi padre en su precipitación, derribándolo casi.

Deathpoint se volvió. Mi padre seguía arrodillado, intentando apuntar con la pistola. El metal cubierto de ceniza le resbalaba entre los dedos.

El Épico alzó la mano.

—¿Qué estás haciendo aquí? —tronó una voz.

El Épico dio la espalda a mi padre. Creo que todo el mundo se volvió hacia aquella voz grave y potente.

Una figura se recortaba en la puerta de la calle. A contraluz, era poco más que una silueta debido al brillo del sol: una silueta asombrosa, hercúlea, formidable.

Probablemente hayan visto ustedes imágenes de Steelheart, pero permítanme que les diga que las imágenes no le hacen justicia. Ninguna fotografía, vídeo ni dibujo podría captar jamás la esencia de ese hombre. Vestía de negro: camisa, tensa sobre un pecho inhumanamente grande y fuerte; pantalones anchos pero no bombachos. No llevaba máscara, como hacían algunos de los primeros Épicos, sino una magnífica capa plateada.

No necesitaba máscara. Aquel hombre no tenía ningún motivo para esconderse. Extendió los brazos a los costados y el viento abrió las puertas. A s ...