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SUEñO DEL FEVRE

George R.R. Martin

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Fragmento

PRESENTACIÓN

A falta de romanos, de Cruzadas, de Edad Media, de Renacimiento y de Ilustración europea, cuando los escritores estadounidenses buscan un marco histórico, capaz de dar profundidad y contraste casi a cualquier tipo de relato, eligen el Antebellum sudista. Del latín, “antes de la guerra”: los años que van desde la independencia estadounidense hasta el inicio de la guerra de Secesión, en 1861. Es la era de la máquina de vapor, que transforma un continente salvaje al tiempo que crece la distancia económica e ideológica entre dos formas de ver el mundo: el Norte abolicionista, que vive del comercio y las fábricas; el Sur esclavista, que vive de la mano de obra negra y del blanco algodón. El destino del Antebellum y su inevitable desenlace fue como el de una falla sísmica: dos enormes placas tectónicas que chocan bajo la superficie, acumulando grandes cantidades de energía de forma silenciosa, hasta que un día esa fuerza se libera y provoca el terremoto: la guerra civil.

Recibe antes que nadie historias como ésta

En ese lugar y en ese tiempo, el Sur esclavista de los años previos a la guerra de Secesión, se encuentra el mundo que escoge George R. R. Martin para una obra tan deliciosa como un cuello palpitante. No desvelo nada que estropee la trama: Sueño del Fevre es una novela de vampiros, sí. Aunque quedarse en eso sería tan simple como definir Lo que el viento se llevó como una historia romántica o Las aventuras de Tom Sawyer como una novela juvenil. Martin vertebra su narración alrededor del mismo Misisipi que hizo aún más grande Mark Twain, un río que disuelve los cascos de los buques en pocos años, casi a la misma velocidad a la que devora a las personas. Es el sitio ideal para contar una historia sobre la pugna entre la tecnología y lo animal, entre el logos y el mito, que es la esencia de las buenas novelas de vampiros desde el Drácula de Stoker.

La trama toma el Misisipi a bordo del Sueño del Fevre, un barco lujoso, el más rápido, el más bello. En él, como si fuese una reproducción a escala de la sociedad sudista, conviven los pasajeros de cubierta, apiñados sin derecho a cama a cambio de un dólar por el trayecto, con los ricos que viajan a todo lujo, como si nunca hubiesen salido del mejor hotel de Nueva Orleans. Los pasajeros notables emulan las formas y los gustos de la aristocracia del viejo mundo; hay arañas de cristal, terciopelos y hasta un piano de cola a bordo. Pero, probablemente, si un hipotético noble de París hubiese visitado alguno de esos lujosos vapores, su impresión no habría sido muy distinta de la que hoy provocan los hoteles de Las Vegas a un turista europeo.

Sobre esos dos mundos, el de los ricos terratenientes que emulan a la vieja Europa frente al de los esclavos negros traídos de África, Martin construye una nueva casta, la de los vampiros, que en el fondo reproduce la misma relación vertical. En la novela, los negros son a los blancos sudistas lo que los blancos a los bebedores de sangre. “Su nación está dividida por la cuestión de la esclavitud, una esclavitud que basan en el color de la piel”, dice Julian, uno de los vampiros. “Imagínese que pudiera poner fin a eso, que pudiera hacer que todos los blancos se volvieran al instante negros como el carbón. ¿Lo haría?” Julian se burla y saca a la luz esas contradicciones: “Hasta sus abolicionistas reconocen que los de piel oscura son inferiores. No tolerarían que un esclavo se hiciera pasar por blanco y les repugnaría que un blanco bebiera una pócima para volverse negro”.

Las mismas contradicciones infectan a los vampiros. “Yo me alimento del ganado, no huyo de él”, afirma también Julian en otro pasaje. Habla de sus víctimas eliminando su condición humana, con la misma indiferencia con que el esclavista subasta a una atractiva mulata y la desnuda ante los compradores, como si enseñase los dientes de un caballo para demostrar que el animal vale todo lo que cuesta. Al mismo tiempo, la admisión de que pueda ser necesario huir del “ganado” contrasta con la propia fanfarronería de la frase; desvela otra realidad y un miedo siempre presente: que los esclavos, como los humanos, son muchos más, que son mayoría. Que nada podría frenarlos si llegara el día en que se rebelaran contra los abusos de sus amos.

Pero el gran paralelismo que dibuja Martin sobre la esclavitud y los vampiros cobra especial relevancia en el papel del cómplice necesario, del esclavo con látigo. De hecho, este personaje y sus conflictos morales son los verdaderos protagonistas de Sueño del Fevre. Su suerte, sus deseos y su evolución, como en todos los personajes de las novelas de George R. R. Martin, siempre acaban siendo extraordinariamente coherentes y deliciosamente impredecibles.

IGNACIO ESCOLAR

UNO

San Luis, abril de 1857

Abner Marsh dio unos golpes secos con el pomo del bastón de nogal en el mostrador para atraer la atención del recepcionista.

—Vengo a ver a un tal York —dijo—. Creo que se hace llamar Josh York. ¿Se encuentra aquí?

El recepcionista era un hombre viejo y usaba lentes. Se sobresaltó al oír los golpes, pero en cuanto se volvió y vio a Marsh, sonrió.

—Hey, es el capitán Marsh —dijo con tono afable—. Tenía seis meses de no verlo, capitán; aunque me enteré de su desgracia. Espantoso, espantoso. Llevo aquí desde el 36 y jamás había visto un bloqueo de hielo semejante.

—No piense usted en eso —replicó Abner Marsh, molesto.

Ya se había imaginado que tendría que escuchar comentarios como aquel. La Casa de los Hacendados era uno de los lugares favoritos de los hombres del río. El propio Marsh había cenado allí con frecuencia antes de aquel crudo invierno, pero no había vuelto desde el bloqueo de hielo, y no sólo por los precios. Por mucho que le gustara la comida de la Casa de los Hacendados, no quería la compañía de sus parroquianos: timoneles, capitanes, oficiales de cubierta… Hombres del río, viejos amigos y antiguos rivales, todos conocedores de su infortunio. Y lo último que Abner Marsh quería era que se apiadaran de él.

—Dígame de una vez dónde está la habitación de York —le dijo al recepcionista en tono perentorio.

—Pero el señor York no está en su habitación, capitán —respondió, sacudiendo la cabeza con gesto nervioso—. Si quiere verlo, está en el comedor, comiendo.

—¿A estas horas? —Marsh echó un vistazo al ornamentado reloj del hotel, se desabrochó los botones metálicos de la casaca y sacó su reloj de oro del bolsillo—. Son las doce y diez —comentó con incredulidad—. ¿Dice que está comiendo?

—Así es. El señor York tiene unos horarios muy suyos, y no es persona a la que se pueda decir que no.

Abner Marsh emitió un sonido gutural un tanto grosero, se guardó el reloj, dio media vuelta sin añadir palabra y cruzó con largas zancadas el suntuoso vestíbulo. Era un hombre corpulento y de escasa paciencia, y no tenía por costumbre tratar asuntos de negocios a medianoche. Blandía airoso el bastón como si nunca hubiera sufrido un infortunio, como si siguiera siendo el de siempre.

El comedor era casi tan imponente y lujoso como el salón principal de un vapor grande, con arañas de cristal tallado, molduras de bronce bruñido y mesas cubiertas con manteles de lino blanco, en los que reposaban vajillas de la mejor porcelana y copas del cristal más fino. A horas más convencionales, las mesas habrían estado abarrotadas de viajeros y hombres del río, pero en aquel momento la sala estaba desierta, y casi todas las luces, apagadas. Marsh pensó que tal vez no fuera tan mala idea mantener reuniones a medianoche: no tendría que soportar condolencias. Cerca de la puerta de la cocina había dos camareros negros que hablaban en voz baja. Sin prestarles atención, Marsh se dirigió hacia el fondo de la estancia, donde había un hombre bien vestido comiendo a solas.

Sin duda, el hombre lo oyó acercarse, pero no levantó la vista: estaba muy concentrado en llevarse a la boca cucharadas de sopa de tortuga de un plato de porcelana. Por el corte de la levita negra era obvio que no se trataba de un hombre del río. Debía de proceder del este; tal vez incluso fuera extranjero. Marsh se percató de que también era corpulento, aunque no tanto como él: parecía alto, al menos cuando estaba sentado, pero carecía de su opulencia. Al principio pensó que se trataba de un hombre de edad avanzada, porque tenía el pelo blanco, pero al acercarse descubrió que era de un rubio clarísimo y, de repente, el desconocido adquirió un aspecto casi infantil. Iba bien afeitado; no había rastro de bigote ni patillas en el semblante largo y frío, y tenía la piel tan clara como el pelo. Cuando llegó a su lado, Marsh pensó que casi tenía manos de mujer.

Dio unos golpecitos en la mesa con el bastón. El mantel amortiguó el sonido y lo convirtió en una discreta llamada.

—¿Usted es Josh York?

York alzó la vista, y sus miradas se encontraron.

Abner Marsh recordaría hasta el fin de sus días aquel momento, la primera vez que miró a los ojos a Joshua York. Fueran cuales fueran sus ideas hasta entonces, fueran cuales fueran los planes que se había trazado, todo se vio absorbido por la vorágine de los ojos de York. El muchacho y el anciano, el dandi y el extranjero, desaparecieron en un instante, y sólo quedó York, el hombre, su poder, sus anhelos, su determinación. Tenía los ojos grises, de una oscuridad desconcertante en un rostro tan claro. Las pupilas eran como cabezas de alfiler que ardían con brillo negro; entraron en Marsh y sopesaron su alma. El gris que las rodeaba parecía tener vida propia: se movía como la bruma que flota sobre el río en las noches oscuras, cuando se desvanecen las orillas, las luces, y en el mundo no existe nada más que el barco, el río y la niebla. En aquellos remolinos neblinosos, Marsh atisbó imágenes que relampagueaban antes de desaparecer. Había una inteligencia fría, pero también una bestia oscura y aterradora, encadenada y rabiosa, que lanzaba zarpazos a la niebla. Risa, soledad, pasión salvaje: todo eso vio Marsh en aquellos ojos. Pero sobre todo vio en ellos fuerza, una fuerza terrible, una energía tan implacable y despiadada como el hielo que había hecho trizas sus sueños. Percibió el hielo que se movía en medio de aquella niebla, lenta, muy lentamente; oyó cómo crujían y se astillaban sus barcos y todas sus esperanzas.

Abner Marsh había hecho bajar los ojos a más de uno o dos hombres y aguantó aquella mirada tanto como pudo, apretando el bastón con tal fuerza que temió que se partiera en dos, pero al final tuvo que desviar la vista. El hombre de la mesa apartó la sopa y le hizo un ademán.

—Lo estaba esperando, capitán Marsh —dijo con una voz melodiosa, cultivada, tranquila—. Por favor, tenga la amabilidad de sentarse conmigo.

—Sí —dijo Marsh, en voz demasiado baja. Arrastró la silla situada frente a York y se acomodó.

Marsh era imponente: medía más de un metro ochenta, y pesaba más de cien kilos. Tenía el rostro colorado cubierto por una espesa barba negra que le llegaba hasta la nariz aplastada y ocultaba sus numerosas verrugas, pero ni siquiera los grandes bigotes le servían de gran cosa, se decía que era el hombre más feo del río, y él lo sabía. Con la gruesa casaca azul de capitán y su doble hilera de botones metálicos tenía una presencia fiera e imponente, pero los ojos de York lo habían despojado de toda bravuconería. Llegó a la conclusión de que se encontraba ante un fanático. No era la primera vez que veía una mirada como aquella: la había encontrado en los ojos de dementes, de predicadores exaltados y, en cierta ocasión, en los de un tal John Brown, en aquella Kansas que ojalá se llevaran los demonios. Marsh no quería tener trato con fanáticos, predicadores, abolicionistas ni partidarios de la sobriedad.

Pero York empezó a hablar, y sus palabras no eran las de un fanático.

—Me llamo Joshua Anton York. Señor York para los negocios; Joshua para mis amigos. Mi deseo es que seamos colaboradores en los negocios y, con el tiempo, amigos —su tono era cordial y moderado.

—Ya veremos —replicó Marsh, inseguro.

Los ojos grises que tenía enfrente parecían distantes y, en cierto modo, burlones. Fuera lo que fuera lo que había visto en ellos, había desaparecido. Se sintió desconcertado.

—Doy por supuesto que recibió mi carta.

—Aquí la traigo —respondió Marsh, al tiempo que sacaba un sobre doblado del bolsillo de la casaca. Cuando la recibió, la oferta le había parecido un golpe de suerte inverosímil, la salvación de todo lo que creía perdido, pero ya no estaba tan seguro—. Quiere entrar en el negocio de los barcos de vapor, ¿no? —dijo al tiempo que se inclinaba hacia delante.

—¿Va a cenar con el señor York, capitán? —preguntó un camarero que se había acercado a la mesa.

—Le ruego que me acompañe —dijo York.

—Me parece que sí —dijo Marsh. York lo había derrotado en cuestión de miradas, pero no había hombre en el río que pudiera ganarle a comer—. Quiero de esa sopa, una docena de ostras y un par de pollos asados con papas y todo lo que haya de guarnición. Que estén bien crujientes, ¿eh? Y algo para bajarlos. ¿Qué bebe usted, York?

—Borgoña.

—Bien. Tráigame una botella de lo mismo.

—Tiene usted un apetito formidable, capitán —una sonrisa bailaba al borde de los labios de York.

—Esta ciudad es “folmirdable” —dijo Marsh, pronunciando con cuidado cada sílaba—. Y el río también es “folmirdable”, señor York. Hay que acumular fuerzas. Esto no es Nueva York, ni tampoco es Londres.

—Soy muy consciente de eso —replicó York.

—Si se va a dedicar a los barcos de vapor, más le vale. Son lo más “folmirdable” de todo.

—Veo que prefiere ir al grano. Muy bien. Usted es propietario de una empresa de paquebotes. Quiero comprarle una participación del cincuenta por ciento. Puesto que ha venido, asumo que está interesado en mi oferta.

—Estoy más que interesado —asintió Marsh—, y también más que perplejo. Usted parece un hombre inteligente. Supongo que me investigaría antes de escribirme esta carta —dio unos golpecitos al sobre—. Ya sabrá que el invierno pasado me dejó al borde de la ruina —York no dijo nada, pero su expresión hizo que Marsh siguiera hablando—: Yo soy toda la Compañía de Paquebotes Río Fevre. Elegí ese nombre porque nací Fevre arriba, cerca de Galena, no porque haya trabajado nunca en ese río. Tenía seis barcos que cubrían sobre todo el comercio en el alto Misisipi, de San Luis a San Paulo, y también hacían viajes por el Fevre, el Illinois y el Misuri. Me iba bastante bien; casi todos los años compraba un barco nuevo, o incluso dos, y estaba pensando en cubrir también la ruta de Ohio, o llegar a Nueva Orleans. Pero en julio, a mi Mary Clarke le reventó una caldera, y se quemó cerca de Dubuque. Ardió hasta la línea de flotación; hubo cien muertos. Y el invierno… El invierno fue espantoso. Tenía cuatro barcos aquí, en San Luis, pasando la estación: el Nicholas Perrot, el Dunleith, el Dulce Fevre y mi Elizabeth A., nuevecita; sólo llevaba cuatro meses en el río y era una hermosura, con ciento diez varas de eslora y doce calderas grandes, un vapor rápido como el que más. No sabe lo orgulloso que estaba yo de mi Liz. Me costó doscientos mil dólares, y los valía hasta el último centavo —le sirvieron la sopa; probó una cucharada y frunció el ceño—. Quema. En fin, la cosa es que San Luis es buen lugar para pasar el invierno. Aquí no hiela demasiado, ni demasiado tiempo. Pero este invierno cambió todo, vaya si cambió: hubo un bloqueo de hielo. El jodido río se congeló, y de qué modo —Marsh extendió el brazo con la enorme mano rojiza palma arriba, y fue cerrando los dedos hasta formar un puño—. Ponga un huevo aquí y se hará una idea. El hielo es capaz de aplastar un vapor con más facilidad de la que yo aplasto un huevo. Y cuando el hielo se rompe es todavía peor: pedazos enormes flotan río abajo y destrozan muelles, atracaderos, barcos, lo que sea. Cuando el invierno acabó yo había perdido mis barcos, los cuatro. El hielo me los quitó.

—¿No tenía seguro? —inquirió York.

Marsh se concentró en la sopa, que sorbía ruidosamente. Entre cucharada y cucharada sacudió la cabeza.

—No soy un jugador, señor York, así que no creo en los seguros: son como el juego, sólo que se apuesta contra uno mismo. Todo el dinero que ganaba lo ponía en mis barcos —York asintió.

—Tengo entendido que aún es dueño de un vapor.

—Cierto —respondió Marsh. Se terminó la sopa y pidió a señas el plato siguiente—. La Eli Reynolds, una nave a vapor de rueda de popa, de ciento cincuenta toneladas. La estaba utilizando en el Illinois porque no tiene mucho calado. Pasó el invierno en Peoría, así que se libró de lo peor de la helada. Es lo único que me queda. Lo malo, señor York, es que la Eli Reynolds no vale gran cosa. Sólo me costó veinticinco mil dólares cuando estaba nueva, y eso fue allá por el 50.

—Siete años —señaló York—. No es tanto.

—Siete años son muchísimos para un vapor —replicó Marsh, negando con la cabeza—. La mayoría dura cuatro o cinco cuando mucho; el río se los come. La Eli Reynolds tiene mejor factura que casi todos, pero da igual: no le queda mucho tiempo —Marsh arremetió contra las ostras; tomaba una valva, engullía el contenido entero y se lo pasaba con un generoso trago de vino—. Así que ya ve por qué estoy perplejo, señor York —continuó tras dar buena cuenta de media docena de ostras—. Quiere comprar la mitad de la participación de mi empresa, que sólo cuenta con un barco pequeño y viejo. En su carta me daba una cifra… demasiado alta. Tal vez la Paquebotes Río Fevre valiera eso cuando contaba con seis barcos, pero ahora no, desde luego —engulló otra ostra—. Con la Reynolds no recuperará su inversión ni en diez años; no tiene suficiente capacidad de carga ni de pasajeros.

Marsh se frotó los labios con la servilleta y miró al extranjero que tenía enfrente. La comida le había devuelto los ánimos, y se volvía a sentir él mismo, al mando de la situación. Los ojos de York eran sin duda penetrantes, pero nada más; no había en ellos nada que temer.

—A usted le hace falta mi dinero, capitán —dijo York—. ¿Por qué me dice todo esto? ¿No teme que opte por buscar otro socio?

—Yo no funciono así —replicó Marsh—. Llevo treinta años en el río, York. Cuando era apenas un niño bajaba en balsa a Nueva Orleans; trabajé en chalanas y gabarras antes de entrar en los vapores. He sido timonel, oficial, calderero y hasta jalacabos. He sido todo lo que se puede ser en este negocio, pero hay una cosa que nunca he sido ni seré: un tramposo.

—Es usted un hombre honrado —señaló York con el énfasis justo para que Marsh no supiera si se estaba burlando de él—. Me alegro de que haya considerado oportuno hacerme partícipe de la situación de su empresa, capitán, pero le aseguro que ya la conocía, y mi oferta sigue en pie.

—¿Por qué? —replicó Marsh, brusco—. Hay que ser idiota para tirar así el dinero, y usted no parece idiota.

La comida llegó antes de que York tuviera ocasión de responder. Los pollos de Marsh estaban muy crujientes, justo como le gustaban. Cortó un muslo y lo atacó con avidez. A York le sirvieron una gruesa tajada de asado muy poco hecho, en un charco de sangre y jugos. Marsh observó cómo lo acometía con destreza: el cuchillo atravesaba la carne como si fuera mantequilla; no se detenía a apretar ni serrar, como hacía él. Manejaba los cubiertos como un caballero. Fuerza y elegancia, eso era lo que había en las manos largas y blancas de York, y Marsh admiraba eso. ¿Cómo se le habría pasado por la cabeza la idea de que eran femeninas? Blancas sí, pero también fuertes y duras, como las teclas del piano de cola de la sala principal del Eclipse.

—Bueno, dígame —exigió—. Todavía no ha respondido a mi pregunta.

—Usted ha sido sincero conmigo, capitán Marsh —dijo Joshua York tras un momento de reflexión—. No responderé a su sinceridad con mentiras, como tenía pensado, pero tampoco haré recaer en sus hombros la carga de la verdad. Hay cosas que no le puedo decir; son cosas que tampoco le hace falta saber. Le plantearé mis condiciones y, cuando las conozca, dígame si es posible que lleguemos a un acuerdo. Si me dice que no, nos despediremos como amigos.

—Adelante —dijo Marsh, acometiendo la pechuga del segundo pollo—. Aquí sigo.

—Tengo motivos por los que quiero ser dueño de un vapor —York depositó el cuchillo y el tenedor en el plato y entrelazó los dedos—. Quiero viajar por este río con toda comodidad y, sobre todo, intimidad, y no como pasajero, sino como capitán. Tengo un sueño, un objetivo. Busco amigos y aliados, y tengo enemigos, muchos enemigos. Los detalles no son de su incumbencia. Si me presiona para que le dé respuestas, sólo obtendrá embustes, de modo que no insista —sus ojos se endurecieron un instante, pero se dulcificaron con una sonrisa—. Lo único que le concierne es que quiero poseer y gobernar un vapor. Como ya sabe, no soy para nada un hombre del río. No sé nada de barcos ni del Misisipi, aparte de lo que he leído en unos pocos libros y lo que he aprendido en las semanas que llevo en San Luis. Es evidente que necesito un socio, alguien que conozca bien el río y a su gente, que sea capaz de encargarse del funcionamiento cotidiano de mi barco, de manera que yo quede con libertad para ir en pos de mis objetivos. Ese socio deberá tener también otras cualidades. Discreción, sobre todo, ya que mi comportamiento será peculiar en ocasiones, y no tengo el menor deseo de que sea sujeto de chismes en los atracaderos. Deberá ser digno de toda confianza, ya que le daré el mando y lo tendrá todo en sus manos. Deberá ser valiente: no quiero que sea débil, ni supersticioso, ni religioso en extremo. ¿Es usted muy religioso, capitán?

—No —respondió Marsh—. Nunca me han gustado los místicos, y es mutuo.

—Es pragmático —sonrió York—. Bien, busco a un hombre pragmático, que se concentre en su parte del negocio y no me haga demasiadas preguntas. Valoro muchísimo mi privacidad, y si lo que hago a veces parece extraño, arbitrario o peligroso, no quiero que se me cuestione por ello. ¿Comprende mis requisitos?

—Y si acepto, ¿qué? —Marsh se tironeó de la barba, pensativo.

—Seremos socios —respondió York—. Que sus abogados y los oficinistas se ocupen de la empresa; nosotros viajaremos juntos por el río. Yo seré el capitán, y usted, lo que quiera: timonel, primer oficial, capitán suplente… Lo que más le guste. Dejaré en sus manos todo lo relativo al control del barco. Daré pocas órdenes, pero cuando las dé, quiero que se obedezcan sin titubeos. Tengo amigos que viajarán con nosotros como pasajeros sin pagar boleto; puede que en alguna ocasión considere oportuno que ocupen algún cargo en el barco. Tampoco quiero que cuestione esas decisiones. Es posible que a lo largo del camino me encuentre con otros amigos y los suba a bordo; los recibirá usted en las mismas condiciones. Si cree que puede cumplir estos requisitos, capitán Marsh, los dos nos enriqueceremos, y recorreremos su río rodeados de lujos y comodidades.

—Puede, señor York —Abner Marsh se echó a reír—. Pero el río no es mío, y si cree que en la pobre Eli Reynolds va a viajar rodeado de lujos, se va a decepcionar mucho cuando la vea por dentro. Es una carraca traqueteante; los camarotes no son nada del otro mundo, y casi siempre va abarrotada de forasteros que compran pasajes de cubierta para ir de unos lugares improbables a otros imposibles. Hace dos años que no pongo un pie en ella; la dejé en manos del capitán Yoerger, pero la última vez que subí olía a rayos. Si quiere lujos, vaya pensando en comprar el Eclipse o el John Simonds.

—No tenía en mente la Eli Reynolds, capitán Marsh —Joshua York bebió un trago de vino y sonrió.

—Ella es la única que tengo, mi único bote.

—Vamos —York dejó la copa en la mesa—. Permítame que pague la cuenta. Podemos subir a mi habitación para seguir tratando el asunto.

Marsh hizo ademán de protestar, porque la Casa de los Hacendados disponía de una excelente carta de postres que no quería pasar por alto, pero York insistió.

La habitación de York era en realidad una gran suite con mobiliario exquisito, la mejor del hotel, que por lo general se reservaba para los hacendados ricos de Nueva Orleans.

—Siéntese —exhortó York con tono autoritario al tiempo que señalaba un sillón amplio y cómodo. Marsh obedeció. Su anfitrión se dirigió hacia otra estancia, regresó portando un cofrecillo con abrazaderas de hierro, lo depositó en una mesa y abrió la cerradura—. Acérquese —dijo, aunque Marsh ya se había levantado y estaba de pie tras él. York levantó la tapa.

—Oro —dijo Marsh en voz baja. Alargó la mano, tomó un puñado de monedas y las dejó caer entre los dedos mientras se deleitaba con el tacto del metal liso y amarillo, con su brillo y su tintineo. Se llevó una moneda a la boca y la mordió—. Y del bueno —añadió mientras escupía. Volvió a dejar la moneda en el cofre.

—Aquí hay diez mil dólares en monedas de oro de veinte —dijo York—. Tengo otros dos cofres como este, así como cartas de crédito de bancos de Londres, Filadelfia y Roma por cantidades muy superiores. Si acepta mi oferta, tendrá un segundo barco, mucho más grande que su Eli Reynolds. O, mejor dicho, tendremos un segundo barco —sonrió.

En un principio, Abner Marsh tenía intención de rechazar la oferta de York. El dinero le hacía mucha falta, pero era desconfiado y no le gustaban los misterios, y York le pedía que aceptara demasiadas cosas sin explicaciones. La oferta era tentadora en extremo; sin duda, el peligro acechaba, y aceptar el trato no le reportaría nada bueno. Pero el sabor del oro de York había debilitado su resolución.

—¿Un barco nuevo, dijo? —musitó.

—Así es. Aparte de la suma que le abonaría por la participación del cincuenta por ciento en su empresa de paquebotes.

—¿Cuánto…? —empezó Marsh. Tenía los labios resecos; se los humedeció con gesto nervioso—. ¿Cuánto estaría dispuesto a invertir en ese barco nuevo, señor York?

—¿Cuánto haría falta? —preguntó el otro hombre con voz tranquila.

Marsh tomó un puñado de monedas de oro y las dejó caer entre los dedos, en una lenta cascada.“Cómo brillan”, pensó.

—No debería llevar tanto dinero encima. Más de un bribón intentaría matarlo sólo por una sola de estas monedas.

—Sé cuidarme, capitán.

Al observar el brillo de sus ojos, Marsh sintió un escalofrío. De pronto sintió lástima por el ladrón que tratara de llevarse el oro de Joshua York.

—¿Me acompaña a dar un paseo por el atracadero?

—Aún no me ha respondido, capitán.

—Le responderé, pero antes venga. Quiero que vea una cosa.

—De acuerdo —asintió York.

Cerró el cofre, y el tenue fulgor dorado se extinguió en la estancia, que de pronto pareció angosta y más oscura.

El aire de la noche era fresco y húmedo. Las botas de los dos hombres despertaban ecos mientras recorrían las calles oscuras y desiertas. York caminaba con elegancia flexible; Marsh, con ponderosa autoridad. York vestía una levita de timonel de corte amplio y un sombrero de copa que proyectaba una sombra alargada a la luz de la luna. Marsh dirigía miradas amenazadoras a los callejones oscuros que separaban los tétricos almacenes de ladrillo, tratando de ofrecer un aspecto suficientemente fuerte y huraño para desanimar a los rateros.

En el atracadero había al menos cuarenta vapores amarrados a postes y pontones, y ni siquiera a aquellas horas de la noche reinaba la tranquilidad; las enormes pilas de cargamento arrojaban sombras negras a la luz de la luna. Se veían grumetes y estibadores sentados en los cajones y en las balas de heno, que se pasaban botellas o fumaban en pipas de maíz. En los camarotes de más de una docena de barcos aún ardían las luces. El paquebote Wyandotte, de Misuri, estaba iluminado y empezaba a levantar vapor. Divisaron a un hombre que los observaba con curiosidad desde lo alto de la cubierta estilo Tejas de un enorme paquebote de ruedas de borda. Abner Marsh abría la marcha, y York lo seguía. Pasaron junto a una línea de vapores oscuros, silenciosos, con altas chimeneas que se recortaban contra el cielo estrellado como una hilera de árboles ennegrecidos coronados de extrañas flores.

Por fin se detuvo ante un vapor de ruedas de borda enorme y muy ornamentado, con el cargamento amontonado en la cubierta principal y la pasarela levantada para impedir la entrada a los intrusos, que se mecía junto al maltratado pontón. Su esplendor saltaba a la vista incluso a la escasa luz de la luna. No había en todo el atracadero un vapor tan grande ni tan majestuoso.

—Lo escucho —dijo Joshua York en voz baja teñida de respeto.

Más adelante, Marsh pensaría que fue justo aquel tono lo que lo acabó de decidir.

—Esta es la Eclipse —respondió—. Mire, lo dice ahí, en el tambor de la rueda —señaló con el bastón—. ¿Lo ve?

—Perfectamente. Tengo una excelente visión nocturna. ¿Me está diciendo que este barco es excepcional?

—Vaya si lo es, carajo. Es la Eclipse. No hay hombre ni niño en todo el río que no la conozca. Ya es vieja; la construyeron en el 52, hace cinco años, pero sigue siendo grandiosa. Se dice que costó trescientos setenta y cinco mil dólares, y los vale hasta el último centavo. No ha habido barco más grande, más elegante ni más “folmirdable” que ella. La he estudiado y he viajado a bordo como pasajero, así que sé lo que le digo —volvió a señalar—. Tiene ciento treinta y cinco varas de eslora y quince de manga; el salón principal mide ciento veinte varas de largo; seguro que no ha visto nada igual. Hay una estatua dorada de Henry Clay en un extremo y otra de Andy Jackson en el otro, así, frente a frente. Hay más cristal, plata y vidrio tintado de lo que podrían llegar a imaginar en la Casa de los Hacendados, y también cuadros al óleo, la comida es increíble, y los espejos, ¡qué espejos! Pero eso se queda en nada en comparación con la velocidad que alcanza. Bajo la cubierta principal tiene quince calderas. Con cada paletada avanza cuatro varas; se lo juro, no hay barco en este río ni en ningún otro que la pueda dejar atrás cuando el capitán Sturgeon pone toda la presión. Puede ir a dieciocho millas por hora a contracorriente sin esfuerzo. En el 53 marcó el nuevo récord entre Nueva Orleans y Louisville. Me lo sé de memoria: cuatro días, nueve horas y treinta minutos; le sacó cincuenta minutos de ventaja al A. L. Shotwell, con todo y que este es rápido —se volvió para mirar a los ojos a York—. Tenía la esperanza de que, algún día, mi Liz se enfrentara a la Eclipse, e igualara su tiempo o hasta la derrotara, pero en el fondo sé que no lo habría conseguido. Me ilusionaba, pero no tenía el dinero que hace falta para construir un barco capaz de derrotar a la Eclipse. Me da ese dinero y ya tiene socio, señor York. ¿No me pedía una respuesta? Pues aquí la tiene: si quiere la mitad de la Paquebotes Río Fevre y un socio que dirija los asuntos sin hacerle preguntas y sin meterse en sus cosas, deme dinero para construir un vapor como ese.

Joshua York contempló el enorme vapor, sereno e imponente en la oscuridad, silencioso sobre las aguas, preparado para cualquier desafío. Se volvió hacia Abner Marsh con una sonrisa en los labios y un brillo tenue en los ojos oscuros.

—Trato hecho —y le extendió la mano.

Mientras estrechaba la mano blanca y fina de York con su enorme manaza, y apretaba, Marsh fue incapaz de contener una sonrisa llena de dientes torcidos.

—Eso, trato hecho —dijo con voz retumbante, al tiempo que ponía en el apretón de manos todas sus fuerzas, como hacía siempre en los negocios para someter a prueba la voluntad y el valor del hombre con el que trataba. Solía apretar hasta que el dolor asomaba en los ojos del otro. Pero los ojos de York siguieron despejados, y su mano apretaba la de Marsh con una fuerza sorprendente, cada vez más, hasta que los músculos se le tensaron como muelles de hierro bajo la piel blanca. Por fin, Marsh tuvo que tragar saliva para contener un grito de dolor. York le soltó la mano.

—Vamos —dijo al tiempo que le daba una palmada en el hombro con tanta fuerza que lo hizo tambalearse—. Tenemos que hacer planes.

DOS

Nueva Orleans, mayo de 1857

Billy “Vinagre” Tipton llegó al Mercado Francés poco después de las diez y presenció la subasta de cuatro barriles de vino, siete cajones de telas y una partida de muebles antes de que les llegara el turno a los esclavos. En silencio, con los codos apoyados en la larga barra de mármol que rodeaba la mitad de la rotonda, bebía absenta y observaba a los subastadores que pregonaban sus mercancías en dos idiomas. Billy Vinagre era de piel aceitunada y rostro largo, cadavérico, marcado por la viruela que había padecido de niño, y tenía revuelto el cabello castaño y fino. Rara vez sonreía, y sus aterradores ojos eran del color del hielo.

Aquellos ojos de mirada fría y temible eran la salvaguardia de Billy Vinagre. El Mercado Francés era un lugar magnífico, excesivamente magnífico para su gusto; en realidad, no le hacía gracia tener que visitarlo. Se encontraba en la rotonda del hotel Saint Louis, bajo una cúpula imponente de treinta varas de diámetro, desde la que se derramaba la luz del sol sobre subastadores y postores. Columnas altísimas circundaban la sala; la cúpula estaba rodeada de galerías; el techo ornamentado resultaba ostentoso; de las paredes colgaban cuadros extravagantes; la barra era de mármol, al igual que el suelo y los podios de los subastadores. La clientela era tan lujosa como el entorno: se componía de hacendados ricos que vivían río arriba y jóvenes dandis criollos del casco antiguo. Billy Vinagre aborrecía a los criollos, su ropa de calidad, sus modales altaneros, y sus ojos oscuros y despectivos. No le gustaba mezclarse con ellos. Eran temperamentales y pendencieros, muy dados a los duelos. En ocasiones, algún joven se ofendía por la presencia de Billy Vinagre, por su manera de destrozarles el idioma y mirar a sus mujeres, y por su indiscutible, su desaliñada, su impertinente americanidad. Pero luego le veían aquellos ojos claros, siempre alerta y cargados de malicia, y por lo general daban media vuelta.

Aun así, si de él dependiera, iría a comprar negros al Mercado Americano de Saint Charles, donde los modales no eran tan refinados, se hablaba inglés en vez de francés, y él no se sentía tan desplazado. Lo único que le interesaba de la grandiosidad de la rotonda del Saint Louis era la calidad de las bebidas que allí se servían. En cualquier caso, tenía que acudir una vez al mes; no le quedaba más remedio. El Mercado Americano era un buen lugar para comprar un bracero o un cocinero con la piel tan oscura como se quisiera, pero para encontrar chicas de lujo, las jóvenes bellezas trigueñas que eran las favoritas de Julian, había que ir al Mercado Francés. Julian quería belleza; hacía mucho hincapié en ello.

Y Billy Vinagre hacía lo que le decía Damon Julian.

Eran casi las once cuando se vendieron las últimas barricas de vino; entonces, los mercaderes empezaron a llegar de los rediles de las calles Moreau, Esplanade y Common con su mercancía: hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, y también niños, demasiados de los cuales tenían los rasgos finos y la piel clara. Billy Vinagre sabía que también serían listos y seguramente hablarían francés. Los alinearon a lo largo de una pared para que los compradores los inspeccionaran, y varios jóvenes criollos se pusieron a pasear con desenvoltura ante ellos mientras intercambiaban comentarios despreocupados y examinaban de cerca el ganado. Billy Vinagre se quedó junto a la barra y pidió otra absenta. El día anterior había visitado la mayor parte de los rediles para ver qué se iba a poner en venta, y ya había elegido.

Un subastador golpeó con el mazo su podio de mármol. Las conversaciones de los compradores cesaron al instante, y todos le prestaron atención. Hizo una seña, y una joven de unos veinte años se subió con inseguridad a un cajón. Era una cuarterona menuda, de ojos grandes, bonita a su manera. Llevaba un vestido de percal y lazos verdes en el pelo. El subastador empezó a cantar con efusividad sus virtudes. Billy Vinagre observó sin interés cómo dos criollos jóvenes pujaban por ella. Al final se vendió por mil cuatrocientos dólares.

A continuación subastó a una anciana, de la que dijo que era buena cocinera, y luego a una madre joven con dos hijos; se vendieron los tres juntos. Billy Vinagre aguardó mientras se vendían aquellos y varios más. Ya eran las doce y cuarto, y el Mercado Francés estaba abarrotado de pujadores y mirones, cuando llegó el artículo que había seleccionado.

El subastador dijo que se llamaba Emily.

—Mírenla bien, señores —farfulló en francés—. ¡Mírenla! ¡Vean qué perfección! Hace años que no se vende aquí un ejemplar como este; años, se los digo yo, y pasarán años antes de que veamos otro igual.

Billy Vinagre estaba de acuerdo. Le echaba dieciséis o diecisiete años, pero ya era toda una mujer. Allí, encima del cajón, parecía un poco asustada, pero la sencillez del vestido oscuro resaltaba su figura, y además tenía un rostro muy bello, con ojos grandes, dulces y complacientes, y una preciosa piel café con leche. A Julian le gustaría.

La subasta fue muy animada. Una chica como esa no serviría de gran cosa en una hacienda, pero seis o siete criollos se mostraron muy interesados en ella. Sin duda, las otras esclavas le habrían explicado a Emily más o menos el futuro que le esperaba. Era tan linda que, con el tiempo, conseguiría la libertad y que alguno de aquellos señoritos criollos la mantuviera en una casita de la calle Ramparts, al menos hasta encontrar esposa. Asistiría a los bailes de cuarterones de la sala de fiestas Orleans, luciría vestidos y cintas de seda, y ocasionaría más de un duelo. Sus hijas tendrían la piel más clara todavía, y también llevarían una vida tranquila y holgada. Tal vez, cuando envejeciera, aprendería a peinar o regentearía una pensión. Billy Vinagre siguió bebiendo, impasible.

Las pujas iban subiendo. Cuando llegaron a los dos mil dólares, ya sólo quedaban tres postores. En aquel momento, un calvo de piel atezada exigió que la chica se desnudara. El subastador ladró una orden seca, y Emily se desabrochó el vestido con recato y se lo quitó. Alguien gritó un piropo soez que provocó una ola de carcajadas entre los asistentes. La muchacha esbozó una sonrisa tímida, mientras el subastador reía burlonamente y aportaba un comentario de su propia cosecha. La subasta se reanudó.

Al llegar a los dos mil quinientos, el calvo se retiró, satisfecho al menos con lo que había visto. Sólo quedaban dos pujadores, ambos criollos. Se sobrepasaron mutuamente tres veces, con lo que el precio ascendió a tres mil doscientos dólares. En aquel momento empezaron los titubeos. El subastador arrancó al más joven un precio definitivo: tres mil trescientos.

—Tres mil cuatrocientos —dijo su adversario sin inmutarse.

Billy Vinagre lo conocía. Era un criollo joven y esbelto llamado Montreuil, con fama de jugador y duelista.

El otro hombre sacudió la cabeza; la subasta había terminado. Montreuil dirigió a Emily una sonrisa cargada de expectativas. Billy Vinagre aguardó un instante, hasta que el mazo estaba a punto de caer, y dejó a un lado la copa de absenta.

—Tres mil setecientos —dijo en voz alta y clara.

Tanto el subastador como la chica levantaron la vista, sorprendidos. Montreuil y varios de sus amigos le dirigieron miradas cargadas de odio y amenazas.

—Tres mil ochocientos —dijo Montreuil.

—Cuatro mil —fue la respuesta de Billy Vinagre.

Era un precio muy elevado, incluso para una belleza como aquella. Montreuil se dirigió a los dos hombres que tenía más cerca, y los tres giraron en redondo y salieron de la rotonda sin decir palabra. Sus pisadas resonaron con furia contra el suelo de mármol.

—Vaya, por lo visto he ganado la subasta —dijo Billy Vinagre mientras todos lo miraban—. Vístanla y prepárenla; me la llevo.

—¡Claro, claro! —respondió el subastador.

Otro subastador se puso de pie ante su podio y, con el mazo, llamó la atención de los presentes sobre otra esclava de lujo; volvió a reinar el bullicio en el Mercado Francés.

Billy Vinagre condujo a Emily por debajo de los arcos de la galería que llevaba de la rotonda a la calle Saint Louis; pasaron frente a las tiendas de moda bajo la mirada curiosa de los transeúntes y los viajeros adinerados. Cuando salieron, la luz del día lo hizo parpadear. Montreuil estaba esperándolo.

—Monsieur… —empezó.

—Si tiene algo que decirme, hábleme en inglés —le replicó Billy Vinagre con tono brusco—. Y para usted soy el señor Tipton, Montreuil —flexionó los largos dedos al tiempo que clavaba una mirada de hielo en su interlocutor.

—Señor Tipton —dijo Montreuil sin ningún acento. Tenía el rostro algo acalorado. Tras él, sus dos acompañantes observaban rígidos la escena—. No es la primera vez que me quitan a una chica. Es impresionante, pero no me importa perderla. Lo que me ha ofendido ha sido su manera de pujar, señor Tipton. Se burló de mí, me restregó su victoria en toda la cara y me dejó en ridículo.

—Vaya, vaya —fue la respuesta de Billy Vinagre—. Vaya, vaya.

—Está jugando a un juego muy peligroso —le advirtió Montreuil—. ¿Sabe quién soy? Si fuera usted un caballero, le tiraría el guante.

—Los duelos son ilegales, Montreuil —replicó Billy Vinagre—. ¿No se ha enterado? Además, no soy ningún caballero —se volvió hacia la cuarterona, que los observaba junto a la fachada del hotel—. Vamos —ordenó. Echó a andar calle abajo, y la chica lo siguió.

—¡Pagará esto como corresponde, monsieur! —le gritó Montreuil mientras se alejaban.

Billy Vinagre no le hizo el menor caso y dobló una esquina. Caminaba a paso vivo, con un aire arrogante del que no había hecho gala en el Mercado Francés. En aquellas calles, Billy Vinagre se sentía más cómodo. Era allí donde se había criado, donde había aprendido a sobrevivir. Emily, la esclava, lo seguía a duras penas, descalza, por las aceras de piedra. Las calles del Vieux Carré estaban flanqueadas de casas de ladrillo y yeso, cada una con un bonito balcón de hierro forjado que daba al angosto paseo; todo era de lo más elegante. Pero las vías no estaban pavimentadas, y las últimas lluvias las habían transformado en un lodazal. Había alcantarillas abiertas y zanjas profundas llenas de agua estancada que apestaba a desperdicios.

Pasaron junto a pulcras tiendecillas y rediles de esclavos cuyas ventanas estaban condenadas por barrotes gruesos; dejaron atrás hoteles refinados y antros llenos de humo donde los libertos de gesto hosco bebían ponche; atravesaron callejones oscuros y estrechos, y plazoletas espaciosas que tenían cada una su fuente o su pozo; se cruzaron con altivas damas criollas con sus acólitos y señoras de compañía, y con un grupo de esclavos fugados, con cadenas y argollas de hierro, que limpiaba las alcantarillas bajo la atenta mirada de un blanco de ojos crueles armado con un látigo. No tardaron en salir del barrio francés para adentrarse en la zona estadounidense de Nueva Orleans, mucho más moderna y tosca. Billy Vinagre había atado el caballo delante de una taberna mugrienta. Montó y ordenó a la chica que caminara a su lado. Salieron de la ciudad por el sur y poco después dejaron las carreteras principales. Sólo hicieron una breve parada para que el caballo de Billy Vinagre descansara y él se comiera el pan duro y el queso que llevaba en las alforjas. Le dio permiso a Emily para que bebiera agua de un arroyo.

—¿Es usted mi nuevo amo? —le preguntó ella en un inglés bastante aceptable.

—Soy el capataz —fue la respuesta de Billy Vinagre—. A Julian lo conocerás esta noche, muchacha. Después de que oscurezca —sonrió—. Le vas a gustar —después le ordenó que se callara.

La chica iba a pie, de manera que avanzaban despacio, y el sol se acercaba al horizonte cuando llegaron a la plantación de Julian. El camino discurría a lo largo de un brazo del río y serpenteaba a través de un espeso bosquecillo cuyos árboles tenían las ramas cargadas de claveles del aire. Pasaron junto a un enorme roble seco y salieron a los prados sin cultivar, cubiertos de malas hierbas desde la ribera del río hasta la casa, ya teñidos de rojo por la escasa luz del sol poniente. Junto a la orilla había una maderería y un embarcadero viejo y podrido que daban servicio a los vapores, y detrás de la casa principal se divisaba una hilera de chozas de esclavos. Sin embargo, ya no había esclavos, y los campos llevaban años sin ver un arado. La casa no era tan grande como acostumbraban ser las de las plantaciones, ni demasiado suntuosa; se trataba de una edificación sólida, cuadrada, de madera vieja y con la pintura descascarillada. Lo único que llamaba la atención era una torre alta rodeada de una galería.

—Hemos llegado —anunció Billy Vinagre.

La muchacha le preguntó si aquella hacienda tenía nombre.

—Lo tuvo —respondió—. Hace muchos años, cuando era de Garoux. Pero el viejo se enfermó y se murió, igual que todos sus hijos, y ya no se llama de ninguna manera. Vamos, cierra la boca y aprieta el paso.

La guio hasta la parte trasera del edificio, a su entrada personal, y abrió el candado con una llave que llevaba colgada al cuello. Disponía de tres habitaciones en el ala de servicio. Empujó a Emily al dormitorio.

—Quítate la ropa —le espetó. La muchacha obedeció torpemente, pero tenía los ojos cargados de miedo—. No me mires así —bufó—. Eres de Julian y no pienso hacer tonterías contigo. Voy a calentar agua. Hay una bañera en la cocina. Quítate esa mugre de encima y vístete —abrió un armario de madera con tallas intrincadas, y sacó un vestido de brocado—. Esto te quedará bien.

—No puedo ponerme eso —exclamó la muchacha—. Es ropa de dama.

—Cierra la boca y haz lo que te digo —replicó Billy Vinagre—. Julian quiere que estés hermosa, muchacha.

La dejó a solas y se dirigió a la zona principal de la casa.

Julian estaba en la biblioteca, sentado en silencio en la oscuridad, en un gran sillón de piel, con una copa de brandy en la mano. A su alrededor, cubiertos de polvo, se encontraban los libros que otrora pertenecieran al viejo René Garoux y a sus hijos. Hacía años que nadie los tocaba: Damon Julian no era hombre de lecturas.

Billy Vinagre entró y se detuvo a una distancia respetuosa, sin decir nada hasta que Julian le dirigiera la palabra.

—¿Cómo fue todo? —preguntó por fin desde la penumbra.

—Cuatro mil —respondió Billy Vinagre—, pero le va a gustar. Muy joven, muy tierna y hermosa; hermosa de verdad.

—Los demás no tardarán en llegar. Alain y Jean ya están aquí, imbéciles. Los domina la sed. Cuando esté lista, llévala al salón de baile.

—Sí —asintió Billy Vinagre—. Señor Julian, tuve un problema después de la subasta.

—¿Problema?

—Con un criollo impertinente, un tal Montreuil. También quería la chica, y no le hizo nada de gracia que pujara más que él. Puede que le entre curiosidad. Es jugador; se deja ver a menudo por los garitos. ¿Quiere que me encargue de él un día de estos?

—Dime cómo es —ordenó Julian. Tenía una voz clara, suave, profunda, sensual, tan llena de matices como un buen coñac.

—Joven, de ojos y pelo oscuros. Alto. Se comenta que le gustan los duelos. Es un tipo duro. Fuerte y esbelto; de cara bonita, igual que todos esos.

—Yo me ocupo —dijo Damon Julian.

—De acuerdo —dijo Billy Vinagre. Dio media vuelta y regresó a sus habitaciones.

Con el vestido de brocado, Emily parecía otra. La esclava y la niña habían desaparecido; una vez bañada y bien vestida era un ...