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UN CIRCO SIN CARPA

MARIA MICAELA CHIRIF CAMINO   CARLOS YUSHIMITO DEL VALLE  

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Fragmento

I
La caracola

—La nana María dice que es el mar —dijo Fátima—. Es el mar. Y si te la llevas al oído puedes escuchar incluso cómo suena. ¿Quieres probar?

—¿La caracola? —preguntó su hermano.

—Ajá.

—Paso —dijo Mateo—. Son cosas de niñas. 

Tío Arturo no estuvo de acuerdo.

—A tu edad yo también tuve una caracola como esa, campeón. Era así de grande, color nácar. Muy bonita —hizo una mueca, moviendo la cabeza, como si balanceara el recuerdo—. Todavía la veo. ¡Qué bonita era! Así de grande.

Lo vieron bajar el volumen de la radio y rascarse la cabeza por debajo del sombrero. Tío Arturo era un hombre grande, de cabellos blancos y una piel caoba que parecía estar siempre lustrada por el implacable calor del norte.

—A decir verdad, no me avergonzaría decir que me gustaba escuchar el mar en ella si me lo preguntaras.

—Gracias, tío —dijo Fátima.

—De nada, mija. Cuando lleguemos a casa deberían pedirle a su abuela que les cuente esa historia. Su padre la encontró cuando éramos niños, y yo la conservé conmigo durante años hasta que me hice viejo. Y luego, un buen día, la dejé de nuevo en la playa para que volviera a su lugar. Porque así es como debe ser. O al menos es así como su abuela quiere que sea.

—Pues según Vitucho son cosas de mujeres —rezongó Mateo.

Tío Arturo soltó una carcajada.

—No creo que debas hacerle mucho caso a Vitucho —dijo al poco rato—. Aquí entre nosotros te voy a contar un secreto, campeón. Él también tiene una caracola en su cuarto. Y te digo algo más, la última vez que lo vi, juraría que la estaba escuchando a escondidas.

Los dos niños se rieron.

—Seguro que sí —añadió tío Arturo—. Pero no le digan que se los he contado, ¿quieren? Luego su tía Clara me estaría regañando toda la semana. Ya saben lo mucho que lo engríe.

Mateo sonrió maliciosamente. ¿Guardar un secreto como ese? ¡Ni pensarlo! Estaba seguro de que se lo diría a Vitucho en la primera ocasión que tuviera. Se lo diría e imaginaba de inmediato a su primo rojo y muerto de vergüenza cuando se enterara de que habían descubierto su secreto.

Ah, pensó, pobre Vitucho.

Tío Arturo conducía en la carretera hacia Puerto Eten. Hacía poco que habían dejado Chiclayo atrás y ahora avanzaban por un paisaje amplio y desértico. Tío Arturo se apoyaba contra el respaldar de su asiento, y, de cuando en cuando, sus ojos oscuros se asomaban en el espejo retrovisor. Ahí los encontró Mateo, mirándolos con atención poco antes de acercar la caracola a su oído y cerrar sus ojos con fuerza.

—¡T

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