Loading...

UN LIBRERO

Álvaro Castillo Granada

0


Fragmento

LA PIEL SUAVE

para Salinas

Esa pregunta me la han hecho muchas veces:

—¿Ustedes compran libros?

Después de responder que “Sí, claro, nosotros compramos libros usados”, empieza la conversación. Parece que todo dependiera de la respuesta. Algo así como cruzar corriendo un puente que tememos se derrumbe bajo nuestros pies. Mientras más rápido corramos, mejor. Como si la velocidad pudiera conjurar el destino.

La voz cambia:

—Vamos a cambiarnos de apartamento y tenemos muchos libros. No podemos llevárnoslos todos. Tenemos que escoger. Imagínese: nos vamos a un apartamento chiquito. ¿Cuándo puede venir?

Ahí sí la velocidad de mi respuesta conjura el destino (si dudo o me demoro en ir alguien más lo hará y con seguridad hallará el tesoro).

—Cuando usted quiera, señora. ¿Dónde vive?

Después de anotar el nombre, la dirección, el teléfono y la hora de la cita, le doy mi descripción física:

—Para que usted sepa, señora, cómo soy: calvo, barbado, gafas John Lennon, dos aretes en la oreja izquierda y las muñecas llenas de pulseras.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Ante esta descripción pormenorizada y tan específica la única respuesta posible es una risa.

—Como puede darse cuenta, soy inconfundible…

Y el teléfono se cuelga hasta el día siguiente. A las ocho de la mañana en punto. Ni antes ni después. Como me enseñó Alberto Troncoso hace más de treinta años, cuando lo conocí en Chile.

Nunca se sabe dónde van a aparecer los libros. Llegan y se van azarosamente. Es como si respondieran a un llamado misterioso, ancestral, para llegar y formar parte de una historia siempre nueva. Algo así como una novela constante. En la ciudad aparecen en lugares que son otra ciudad. He ido a buscarlos hasta Nueva Delhi, por ejemplo, a la casa de un librero, que no he vuelto a ver, con patillas de prócer independentista y apellido de héroe cubano: Maceo.

Esta vez no era muy lejos: cinco cuadras apenas. Cuatro hacia arriba y una a la izquierda. Emprendí el camino. A una cuadra está el parque que alguien me dijo una vez se llama “del ahorcado”. No me especificó si era porque alguien se ahorcó o fue ahorcado ahí. Ni cuándo. Para mí es el parque donde, en abril de 1991, ella, la del pelo que olía a manzanas, me dijo: “Sí, vamos, quiero hacer el amor por primera vez contigo”.

Quien abre la puerta es una señora de mirada suave y pelo blanco que me sonríe.

—Sí, es inconfundible. Siga.

El apartamento es grande. Los muebles de la sala y el comedor están cubiertos por libros perfectamente ordenados. Torres que se elevan vertiginosamente, regidas por tamaño y color. En algún lugar hay un equipo de sonido del que sale una ópera que abriga todo y lo hace estar en paz.

—Toda la vida hemos leído. Mi marido y yo llevamos casados más de cincuenta años. Nuestros hijos se fueron hace tiempo. Vamos a pasarnos a un apartamento más pequeño. Éste es muy grande para los dos. Y hay demasiados libros. Leí en el periódico el otro día sobre su librería. Hablé con él e hicimos una selección. Nos pareció buena idea dejar que muchos de nuestros libros los lean otros. ¿Eso es lo que ustedes hacen?

—Sí, de alguna manera, hacemos que los libros que fueron leídos sigan circulando y formen parte de la vida de otras personas y otras bibliotecas.

A un lado veo una repisa llena de campanas.

—¿Puedo mirar?

—Claro. Tenemos campanas de casi todos los países del mundo. Viajamos mucho y otras nos las trajeron nuestros amigos. Mire, esa es de Chipre. Esa otra viene de La Paz.

—Qué belleza. ¿Cuántas hay?

—Había más de mil. Ahora solo quedan esas. También salimos de muchas. Hace unos días vino mi nieta y se llevó una caja. Hay un momento en la vida en el que uno debe aligerarse. Ya las escuchamos sonar. ¿Quiere tomarse algo mientras mira los libros?

—Bueno, gracias. Un tinto. Sin azúcar, por favor.

—Ya se lo traigo.

Me acerco al sofá y comienzo a separar los libros que me interesan, los que creo que le pueden servir a la librería. Esta es una tarea que hago rápidamente. Mi mirada es panorámica. Ve el conjunto, lo abarca y encuentra sus objetivos. Es como si de una sola pasada pudiera verlo todo y dirigirme adonde quiero. En fin, algo muy complejo me permite ver de inmediato una perla en medio de un pedregal. Hay de todo. Colecciones de autores. Libros de Sudamericana, de Losada, de Aguilar… Muchos que he leído. Muchos que hacía tiempo no veía. Viejos conocidos. Nuevos desconocidos. De todo. Novela, cuento, historia. Y unos pocos de poesía. A un lado, como si fueran una isla en medio del mar. Una isla de libros. César Vallejo, Pablo Neruda, Pedro Salinas, Yannis Ritsos, Roberto Fernández Retamar, Víctor Varela Mora, Mario Benedetti, Miguel Hernández, Fina García Marruz, José Luis Díaz-Granados… “Vaya… parece que leemos a los mismos…”. Comienzo a hacer mis pilas. Recorro los otros muebles de la sala. De todos saco libros. Creo otro orden dentro del desorden. Voy hasta el comedor. Sobre la mesa y las sillas hay más.

Cuando la señora regresa ya he terminado y he empezado a hacer mis cálculos. Éste es siempre un momento incomprensible para el otro. Vuelvo a tomar y mirar los libros uno por uno. Los reorganizo. Hago una pila nueva. Vuelvo a hacerlo. Saco la cuenta de en cuánto podría venderlos. A partir de esta fantasía puedo saber cuánta realidad ofrecer. Sí, es una fantasía: compro los libros pensando que los voy a vender. Eso es lo que espero. Por eso escojo tanto (bueno, además del inconveniente espacial de la ínfima extensión territorial de la librería). Una primera selección es si yo los compraría. Después, si hay clientes de la librería que también lo harían. Del cruce de estas dos variables es que surge la selección final.

Le hago una oferta. Ella no musita una palabra. No responde nada. Me mira calculándome.

Debe estar pensando que soy tremendo comemierda…

—Mejor hagamos una cosa. Llévese los que le interesan, no le voy a cobrar nada. Usted me cayó bien y creo que puede hacerlos circular de nuevo. Nosotros ya los leímos todos. Anoche, con mi esposo, los volvimos a mirar uno por uno y decidimos guardar nada más los que aún queríamos releer. Esos ya no nos interesan. Imagínese: a los setenta años y pico hay que escoger muy bien lo que se va a leer. Y lo que se va a hacer. Cada vez hay menos tiempo. Además David está enfermo. Le cuesta mucho caminar. Yo sé que él va a estar de acuerdo con esto. Pero hay una condición.

—Claro, la que usted quiera —respondo asombrado por lo que está ocurriendo y que no me ocurre por primera vez.

—Tiene que llevarse los otros también. Todos.

—Bueno, no hay problema. Tengo un amigo al que le pueden servir. Se llama Darío Marín, es un librero que era corbatero.

—¿Paisa?

—Sí, paisa.

—No podía ser de otra parte. Voy a mirarlos nuevamente. No vaya a ser que en alguno de ellos se vaya una foto o un papel importante.

—O plata…

—No, eso sí no hay. La guardamos en otra parte.

No encontramos ningún testimonio olvidado. Los que me interesaban cupieron apretadamente en mis dos mochilas azules. Quedaron repletas. Taqueadas. Los otros, los que no, los metimos en cuatro cajas grandes.

—Voy a llevarme ahora los míos. Llamo a Darío, los pongo en contacto para que se pongan de acuerdo y venga a recogerlos. ¿Le parece?

—Bueno. No hay problema. Con tal que venga.

—Él va a venir. No va a perder esta oportunidad. 

Los dos nos sonreímos.

De un solo envión cargo sobre mi espalda la mochila más grande. Debe pesar cincuenta kilos aproximadamente. La otra la tomo con mis dos manos. Unos treinta kilos. Ochenta kilos de libros… Nunca se me ocurrió pensar que me iba a volver fuerte cargando libros. Nunca me interesó tener músculos a pesar de los consejos de mi padre, quien de joven se dedicó a levantar pesas para que las muchachas se fijaran en él de otra forma, no solamente como el cuatro ojos tímido e introvertido que era. Yo no repetí la misma historia. Preferí seguir siendo el que era. Eso, a la larga, me ayudó a que las muchachas (algunas pocas) se fijaran en mí. Uno nunca sabe nada y no termina de entender a las mujeres…

—Muchas gracias por todo. El tinto estaba delicioso. Estos libros nos ayudarán mucho y seguirán su camino. No se preocupe.

—Yo sé. David y yo fuimos muy felices con ellos. 

Caí en la cuenta de que ya había olvidado su nombre. 

Me leyó la mente:

—Amelia.

—Adiós, Amelia.

—Adiós.

El ascensor llegó de inmediato. No era, menos mal, como el de Helena Iriarte, que se demora cuatro horas en ascender al tercer piso. Y otras tantas en descender al primero. Uno baja-sube por las escaleras y llega primero que él. Aunque con ochenta kilos de libros encima no es recomendable tener afán. Es mejor la paciencia y esperar.

Organizar en la librería libros recién comprados (en este caso regalados), a pesar del intenso dolor de columna y cintura y hombros, es una de las actividades más fascinantes que hay. No importa si hace apenas unos minutos los escogí. Ahora son propios, de la librería. Esto los dota de un resplandor distinto: ahora son posibilidades. Aventuras que esperan ser realizadas.

Graham Greene, Gilbert Keith Chesterton, Indro Montanelli, Oscar Wilde, Julio Cortázar, Rudyard Kipling, Dino Buzzati, Joseph Conrad, Alejo Carpentier, Stephen King, Jane Austen, Vladimir Nabokov, Alberto Garrandés, Vintila Horia, Ricardo Cano Gaviria, Pär Lagerkvist, Dorothy Parker, Osvaldo Soriano, Gabriel García Márquez, Emily Brontë, Tomás Carrasquilla, Milan Kundera van saliendo de las mochilas y se van agrupando, reuniendo, encontrando. Ahora salen los de poesía. Uno a uno. Las ediciones grises de Losada, las más viejas: César Vallejo, Pablo Neruda, Rafael Alberti, Pedro Salinas… Los ojeo nuevamente. No vaya a ser que se nos haya pasado algo y esté ahora aquí, en la librería.

Razón de amor… Paso rápido las páginas. Hay algo ahí. Las vuelvo a pasar. Es una foto. La saco. En la página del libro hay unos versos subrayados con tinta azul. Me leo en voz alta:

¿Tú sabes lo que eres

de mí? 

¿Sabes tú el nombre?

No es 

el que todos te llaman,

esa palabra usada 

que se dicen las gentes, 

si besan o se quieren,

porque ya se lo han dicho

otros que se besaron.

Cierro la página. No puedo seguir leyendo.

Es una foto en blanco y negro. Una mujer está de pie, detrás de un sillón. Su brazo derecho apoyado en la cabecera. Su dedo índice lleva un anillo de compromiso. La mano izquierda sobre ella. Tres dedos realmente. Las uñas no están pintadas. El vestido es negro. Cuello redondo y sin mangas. Los brazos están descubiertos. Los aretes son de perla. Tiene una cabellera inmensa. Recogida en un moño elaborado, como antes se usaba. Las cejas son gruesas. Muy ...