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VERNON SUBUTEX 1

VIRGINIE DESPENTES  

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Fragmento

 

En las ventanas del edificio de enfrente ya se han encendido las luces. Las siluetas de las mujeres de la limpieza se mueven en el gran open space de lo que debe de ser una agencia de comunicación. Ellas empiezan a las seis. Vernon suele despertarse un poco antes de que ellas lleguen. Le apetece un café cargado y un cigarro de filtro amarillo, le gustaría prepararse una tostada y desayunar recorriendo los titulares del Parisien en el ordenador.

Hace semanas que no compra café. Los cigarros que se lía por la mañana desmenuzando las colillas del día anterior son tan finos que es como aspirar papel. En los armarios no hay nada de comer. Pero sigue teniendo internet. Lo cobran justo el día en que recibe la ayuda para el alquiler. Desde hace unos meses se la abonan directamente al propietario, pero hasta ahora ha colado. Ojalá dure.

Le han cortado el móvil y ya no se rompe la cabeza comprando tarjetas prepago. Ante el desastre, Vernon mantiene una línea de conducta: finge no enterarse de nada. Vio las cosas desmoronándose a cámara lenta, y luego el hundimiento se aceleró. Pero Vernon no ha cedido ni a la indiferencia, ni a la elegancia.

Primero le quitaron el subsidio. Recibió por correo una copia de un informe sobre él, redactado por su asistente social. Se llevaba bien con ella. Se vieron regularmente durante casi tres años, en el pequeño despacho en el que la mujer condenaba a muerte a sus plantas. A la señora Bodard, de unos treinta años, muy peripuesta, teñida de pelirrojo, rechoncha y con grandes pechos, le gustaba hablar de sus dos hijos, que no dejaban de darle problemas, los llevaba a menudo al pediatra con la esperanza de que le dijera que eran hiperactivos y que tenía que darles sedantes. Pero el médico consideraba que estaban perfectamente y que el asunto era problema suyo. La señora Bodard le había contado a Vernon que de pequeña había ido a conciertos de AC/DC y Guns N’Roses con sus padres. Ahora prefería a Camille y Benjamin Biolay, y él se guardó mucho de hacer comentarios desagradables. Habían hablado largo y tendido de su caso: de los veinte a los cuarenta y cinco años había sido vendedor de discos. En su campo había menos ofertas de empleo que si hubiera trabajado en una mina de carbón. La señora Bodard le había sugerido que se reciclara. Centros de orientación profesional, de formación continua, habían consultado juntos los cursos a los que podía acceder y se despidieron con buenas palabras, quedando en volver a verse y retomar el tema. Tres años después no aceptaron su solicitud para sacarse el título de formación profesional administrativa. Por su parte, valoraba haber hecho lo que había tenido que hacer, se había convertido en experto en dossieres y los preparaba con gran eficacia. A la larga, le dio la sensación de que su trabajo consistía en navegar por internet en busca de ofertas que se ajustaran a su perfil y enviar un currículum que le permitiera recibir pruebas de que lo habían rechazado. ¿Quién iba a querer formar a un casi cincuentón? Le salió un contrato en prácticas en una sala de conciertos del extrarradio, y otro en una sala de cine independiente —pero, aparte de salir un poco, mantenerse al corriente de los problemas de los trenes de cercanías y conocer a gente, aquello le daba sobre todo la lamentable impresión de ser una pérdida de tiempo total.

En la copia del informe que la señora Bodard había escrito para justificar la retirada del subsidio, mencionaba cosas que Vernon había comentado charlando con ella, como que se había gastado algo de dinero para ir a ver a los Stooges a Le Mans o que había perdido cien euros jugando al póquer. Mientras leía el informe, más que preocuparse por el hecho de que le hubieran quitado el subsidio, lo que sintió fue mucha lástima por ella. La asistente debía de tener unos treinta años. ¿Cuánto ganaba —cuánto ganan estas tías—, dos mil brutos? Como mucho. Pero la gente de esa generación había crecido al ritmo del Súper de Gran Hermano: un mundo en el que en cualquier momento podía sonar el teléfono para darte la orden de echar a la calle a la mitad de tus colegas. Eliminar al prójimo es la regla de oro de los juegos que les metieron en el biberón. ¿Cómo pedirles hoy que les resulte macabro?

Al recibir la cancelación del subsidio, Vernon se dijo que quizá eso lo motivaría para buscar «algo». Como si el hecho de que su situación fuera aún más precaria pudiera influir positivamente en su capacidad de salir del callejón sin salida en el que se había quedado atascado…

Las cosas empeoraron rápidamente no solo para él. Hasta principios de los años 2000, un montón de gente se las arreglaba bastante bien. Todavía se veía a mensajeros que llegaban a ser label managers, a periodistas que se metían a dirigir la sección de televisión de un periódico, incluso los vagos acababan de jefes de una sección de discos del Fnac… A la cola del pelotón, los menos motivados para triunfar pillaban algún contrato temporal en época de festivales, un curro de roadie en alguna gira, pegar carteles por las calles… Y aunque Vernon estaba en el lugar idóneo para entender la importancia del tsunami Napster, jamás había imaginado que el barco se hundiría de golpe.

Algunos aseguraban que era el karma, la industria había ganado muchísimo con la operación CD —volver a vender a todos los clientes su discografía entera en un soporte más barato de fabricar y que costaba el doble en las tiendas… cosa que nunca compensó a ningún aficionado a la música, nunca se había visto a nadie quejarse del formato vinilo. El gran fallo, en toda esta teoría del karma, es que a estas alturas ya se sabría si la historia castiga realmente a los gilipollas de turno.

Su tienda se llamaba Revolver. Vernon había entrado como dependiente a los veinte años y se había quedado con el chiringuito cuando el jefe decidió marcharse a Australia, donde montó un restaurante. Si el primer año le hubieran dicho que iba a pasarse casi toda la vida en aquella tienda, seguramente habría contestado que ni de coña, tengo demasiadas cosas que hacer. Hasta que te haces viejo no entiendes que la expresión «joder, cómo pasa el tiempo» es la que mejor resume de qué va todo esto.

Tuvo que cerrar en 2006. Lo más complicado había sido encontrar a alguien para traspasar el local, renunciar a sus fantasías de que se hubiera revalorizado, pero su primer año de paro, sin indemnización, porque el jefe era él, fue bastante bien: un contrato para escribir unas diez entradas en una enciclopedia sobre el rock, varios días trabajando en negro en la taquilla de un festival de extrarradio, críticas de discos para la prensa especializada… y luego empezó a vender por internet todo lo que le había quedado en el almacén. Había liquidado casi todo el fondo, pero quedaban algunos vinilos, estuches y una importante colección de pósters y de camisetas que se negó a malvender con lo demás. En las subastas de eBay había sacado el triple de lo que esperaba, sin líos de facturas. Bastaba con ser serio, ir a correos durante la semana y ser cuidadoso con el empaquetado. El primer año estaba eufórico. La vida suele jugarse en dos manos: en el primer reparto, te amodorra haciéndote creer que controlas, y en el segundo, cuando te ve relajado e indefenso, te pasa por encima y te destroza.

Vernon apenas había tenido tiempo de volver a cogerle el gusto a levantarse tarde —durante más de veinte años, diluviara o tuviera gripe, había subido la puta persiana de hierro de su tienda, costara lo que costase, seis días por semana. En veinticinco años solo había dado las llaves de la tienda a un colega tres veces: una gripe intestinal, un implante dental y una ciática. Había tardado un año en volver a aprender a quedarse en la cama leyendo por la mañana, si le apetecía. Últimamente le flipaba escuchar la radio mientras buscaba porno en la red. Conocía con todo detalle las carreras de Sasha Grey, Bobbi Starr y Nina Roberts. También le gustaba echarse la siesta, leer una media hora y quedarse frito.

El segundo año se dedicó a recopilar imágenes para un libro sobre Johnny, se apuntó al subsidio, que acababa de cambiar su nombre por el de RSA, y empezó a vender su colección particular de objetos. Se las arreglaba bien con eBay, nunca habría imaginado que en el ciberespacio 2.0 se moviera tanta locura fetichista, todo se vendía: merchandising, cómics, figurillas de plástico, pósters, fanzines, libros de fotos, camisetas… Al principio, cuando empiezas a vender, te contienes, pero en cuanto tomas carrerilla, deshacerte de todo se convierte en un placer. Y progresivamente fue limpiando su casa de todo rastro de su vida anterior.

No olvidaba apreciar en su justo valor la tranquilidad de una mañana en la que nadie viene a tocarte las pelotas. Tenía todo el tiempo del mundo para escuchar música. Y los Kills, White Stripes y otros Strokes podían por fin sacar todos los discos que quisieran, ya no tenía que preocuparse de ellos. No podía más con tantas novedades, no acababan nunca, para seguirlas habría tenido que meterse la red por vía intravenosa e ingerir nuevos sonidos sin descanso.

Por otra parte, no había previsto que al cerrar la tienda tendría que buscarse la vida con las chicas. Siempre se ha dicho que el rock es cosa de hombres, pero se dicen muchas gilipolleces. Tenía sus clientas, que se renovaban. Se entendía muy bien con las chicas. No era fiel, y cuanto más pasaba de ellas, más se colgaban de él. Bastaba con que una pasara una vez con su novio a buscar un disco, y antes de ocho días volvía sola. Y estaban también las que trabajaban en el barrio. Las esteticistas del final de la calle, las chicas de la tienda de enfrente, las chicas de correos, las chicas del restaurante, las chicas del bar, las chicas de la piscina. Un

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