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VOTOS Y DEVOTOS: RELIGIóN Y PODER EN COLOMBIA

Natalio Cosoy  

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Fragmento

PRÓLOGO

La historia de este libro comenzó como un fracaso. No un fracaso personal, pero sí uno que terminó siendo cercano, porque como corresponsal de la BBC en Colombia durante esos años, había dedicado semanas, meses, a seguir esa historia. Fue el fracaso del “Sí” en el plebiscito sobre el acuerdo de paz con las Farc en Colombia. El triunfo del “No” despertó análisis variopintos. Una de las causas, se sugería, podría haber estado asociada a la militancia de las Iglesias evangélicas (cristianas, les dicen en Colombia). Escribí un artículo al respecto. Allí citaba a Édgar Castaño, presidente de la Confederación Evangélica de Colombia, quien aseguraba: “Diez millones de cristianos que representan para el gobierno, para cualquier persona, votos, eso tiene que tener algún poder, ¿no? En Colombia se elige presidente con ocho o diez millones de votantes y nosotros somos diez”.

Una convicción se tenía dentro y fuera de las Iglesias evangélicas (algunas, al menos): la de que sus fieles habían resultado decisivos en el plebiscito. Y con ello, de que la religión estaba cobrando especial fuerza en el campo político, en una Colombia que vio una primera primavera evangélica con la Constitución de 1991, que se convirtió luego en otoño, y que dejó atrás esa tradición de la Iglesia católica como una suerte de poder de veto siempre presente y contracara de fe del Partido Conservador.

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Meses después del plebiscito, la editorial Penguin Random House me propuso —quizá debido a la publicación de mi artículo— escribir sobre la relación entre religión y poder en Colombia. Sé que hubo otros posibles candidatos para enfrentar esta obra pero, al parecer, tuvieron la inteligencia de no aceptar el reto, que probó ser difícil. Confesión de parte: no soy creyente, soy agnóstico, y si bien nací en una familia judía no practicante que hace ya varias generaciones se distanció del ritual y de la ortodoxia, toda la vida me interesó la cuestión religiosa y la fe desde el punto de vista que justamente se plantea en este libro, desde la noción de cómo la fe, la religión, sus instituciones, sus rituales, sus prácticas, definen contextos sociales y políticos, también económicos, y son definidos por estos. Tal vez por eso dije que sí y terminé embarcado en esta compleja empresa.

Así nació este libro, que es la historia de un enredo. El enredo es la forma real de organización político-económico-institucional de Colombia, más allá de los formalismos que se les quiera adjudicar. El enredo, entanglement en inglés, me dijo una vez el historiador Malcolm Deas, es la complejidad que hay que asumir para pensar uno, algunos o todos los aspectos de esta nación. Sobre dicho enredo Deas me dio una pista, al decir que en este país “los políticos usan a la Iglesia cuando les conviene y cuando la Iglesia no les resulta conveniente son menos subordinados”.1 Así, la relación entre religión, Estado, política y poder en Colombia ha sido y sigue siendo uno de los grandes enredos colombianos. Y lo sigue siendo, entre otras cosas, porque la fe se mantiene con firmeza en esta sociedad en la que, según una encuesta de 2017, el 97 % de los adultos creen en algún dios; el 60 % no cree que el inicio del universo haya sido el Big Bang y el 48 % tampoco cree en la teoría de la evolución de las especies.2 No obstante, la relación de esta gente creyente y las instituciones de la fe, las del Estado y las de la sociedad en general, así como las de estas instituciones entre sí, no es ni ha sido estática, todos han sido transformados por factores internos y externos, por sus interacciones a lo largo de más de un par de siglos.

Este libro, que se nutre de mi propia producción periodística, de entrevistas, de la consulta de trabajos de investigación académica y productos periodísticos de colegas colombianos, es un intento por deconstruir ese enredo tan colombiano, repasando su constitución en los orígenes de la nación, su rol en los conflictos internos del país, la relación entre líderes religiosos y líderes políticos, la incidencia de la fe y sus ritos en la vida cotidiana y, por supuesto, el estado actual del vínculo entre religión, poder y sociedad. Es un libro de sugerencias, de preguntas, de grises, de indicios —sin duda plagado de lagunas, de territorios sin explorar— para pensar ese enredo con el orden de los colores y las hebras un poco más definidos, un poco más claros, al menos para empezar a encontrar patrones desde los cuales reflexionar.

1 Malcolm Deas (entrevista personal, 16 de agosto de 2017).

2 Encuesta en Colombia de Cifras y Conceptos, realizada en noviembre de 2017, a 1795 personas mayores de 18 años, hombres y mujeres, de todos los niveles socioeconómicos, en zonas urbanas: 97 % de los encuestados creen en algún dios; 60 % no cree que el inicio del universo haya sido el Big Bang (30 % de los católicos cree, 11 % de los cristianos cree); 48 % no cree en la evolución de las especies (47 % de los católicos cree, 24 % de los cristianos cree). 74 % dijeron ser católicos, 16 % cristianos no católicos, 10 % otros. Frecuencia de concurrencia al culto: una vez a la semana: católicos (44 %), cristianos no católicos (56 %). 28 % de los católicos estarían dispuestos a aceptar matrimonio o adopción en parejas del mismo sexo, mientras que solo 13 % de los cristianos respondieron afirmativamente. (Encuesta Polimétrica Religión. [2017]. Cifras y Conceptos).

GÉNESIS

Sobre el origen de la relación entre religión y poder en Colombia

Y dijo el Señor a Avra-m: “Vete de tu tierra y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que Yo te mostraré. Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre; y tú serás una bendición. Y bendeciré a los que te bendijeren, y al que te maldijere, yo lo maldeciré; y serán bendecidas en ti todas las familias de la tierra”.
Génesis 12:1-3.

LA COLONIA

En el inicio fue la llegada de los europeos al continente americano. Y con ellos, la llegada de la religión que dominaba su vida: el catolicismo. Y con el catolicismo, sus instituciones, la Iglesia, las órdenes, los obispos, los párrocos. Desde el comienzo se configuró en toda América Latina, y por ende en el territorio que sería Colombia, una estrecha relación, interacción, interdependencia, entre Estado, sociedad, actores políticos e Iglesia católica. El consenso es que, y no hay duda de que en esencia es así, la religión (en forma más o menos institucional) tuvo un papel crucial en el establecimiento de los campos políticos, ideológicos y sociales del país.

Existe la convicción en algunos autores de que los españoles que llegaron con un proyecto extraccionista, digamos, no tenían interés en expandirse hacia ciertos territorios. Así, las misiones de fronteras se volvieron una forma de colonización que quedó en manos de la Iglesia católica. La Iglesia mediaba entre los españoles y las comunidades indígenas. La Iglesia no solo daba educación religiosa a españoles y mestizos, también estaba a cargo de los servicios sociales de la época, incluida la educación general. Un caso era el de los Llanos Orientales, tierras que fueron colonizadas por las órdenes religiosas misioneras, especialmente la de los jesuitas, que se dedicaron a instalarse, como en otras zonas de América Latina, en misiones para intentar cristianizar a las comunidades indígenas. Los jesuitas crearon allí las mismas haciendas dedicadas al pastoreo y la producción agrícola que implantaron a todo lo largo del continente.

De cualquier forma —y este es un dato interesante que comienza a configurar la relación entre religión y sociedad en el país—, excepto en ciertos centros de mayor concentración de españoles, anota Fernán E. González, durante la Colonia no se dio una verdadera evangelización: “La catequesis era muy memorística: los indios sólo retenían el aire de la tonada con que se les enseñaba, sin comprender el sentido de lo que memorizaban”. Y asegura para el caso de los africanos o afrocolombianos: “Alejados de los centros urbanos, en lugares de clima poco benigno, los negros reciben la cultura hispana a través del blanco negrero que se decía cristiano”.3 El clero, dice González, por su organización parroquial y las expectativas de la propia institución y de los fieles, se enfocó en elementos externos, como la construcción de templos y la asistencia, pero no tanto en la enseñanza de la religión, con la prédica más enfocada a lo moral que a lo teológico.4 Era, digamos, una relación funcional, de mutua conveniencia. La comunidad reproducía los ritos, los gestos, y recibía ayuda, formación, mejoraba la infraestructura de su zona; la Iglesia, sea como fuere, ampliaba su base de influencia y, al menos de manera formal, cumplía con su proyecto evangelizador.

Un proyecto que fue razonablemente exitoso: al final de la era colonial en Colombia el clero estaba constituido por unos 1850 hombres y mujeres entre regulares y seglares, para un total de un 1 400 000 habitantes (un miembro por cada poco más de 750 habitantes; una proporción alta, aunque concentrada en Bogotá, Popayán y otros centros urbanos). La Iglesia era rica gracias a los ingresos que recibía por diezmos y derechos parroquiales; tenía grandes propiedades, adquiridas mediante donaciones e inversiones. Según los datos que revisó David Bushnell, la Iglesia era dueña del 5 % de las propiedades urbanas y rurales (y era el principal propietario en los dos ámbitos). Asimismo, muchas propiedades estaban hipotecadas por la Iglesia, que era también dueña de las principales entidades crediticias.5 De hecho, la posición de la Iglesia colonial en la entonces Nueva Granada era más sólida que en muchas otras regiones del continente americano.6 Era más fuerte, además, en el interior andino que en las costas (le interesaban más criollos e indígenas que africanos). Las dos universidades que funcionaban en Bogotá en el siglo XVIII eran de órdenes religiosas, una jesuita y la otra dominica.7 Su foco estaba puesto en la enseñanza del Derecho y la Teología, dos disciplinas que irían de la mano a lo largo de la constitución del Estado. Enseñanza en las misiones, enseñanza en la ciudad: el control de la educación y sus contenidos va a ser a lo largo de la historia un campo de disputa entre los que creen que debe ser controlada o supervisada desde la religión y los que no.

LA INDEPENDENCIA

El fin de la Colonia llegó con el fin del virreinato de la Nueva Granada, establecido en 1717 en un proceso que tomó varios años. La Independencia causó un vacío de poder que favoreció a la Iglesia, fortaleciendo su monopolio religioso y su influencia, entre otras cosas porque la Iglesia, de una forma u otra, se mantuvo a ambos lados de la contienda. De una parte, sacerdotes independentistas, y de la otra, un alto clero respaldado por el papa Pío VII, que buscaba mantener estable el statu quo y el mandato de la corona española. Se dio entonces la peculiar situación en la que, según Jenny Santamaría, “resultó viable ser realista y militante católico a la vez; no obstante, asimismo fue factible comprometerse con la causa independentista sin abandonar la fe católica”.8 Los sacerdotes independentistas recubrieron de un discurso sacro esa lucha:

La Virgen del Rosario de Chiquinquirá fue el estandarte utilizado por las tropas independentistas para dirigir sus luchas ante los españoles durante la insurrección. La utilización de la imagen de la Virgen se asoció a la idea del respaldo sagrado a las causas emancipadoras. Las batallas libradas entre las tropas españolas y las tropas independentistas se revistieron de un matiz religioso, en la medida que se hacía uso de cánticos y arengas eclesiásticas con el fin de condenar al enemigo y levantar la moral de los guerreros. Los sacerdotes involucrados en estas luchas utilizaron símbolos sagrados y promulgaron discursos religiosos para otorgar legitimidad a la insurrección, con el propósito de movilizar las bases populares tras el efecto que produce el poder innato de las expresiones y representaciones religiosas.9

Algunos sacerdotes, incluso, terminaron poniendo su cuello en juego: “Durante el período de 1810 a 1815 un significativo número de párrocos apoyaron la rebelión, 125 fueron ejecutados por los realistas”.10 Y su palabra también: 16 de los 53 firmantes del Acta de Independencia fueron figuras religiosas, entre ellos Fernando Caicedo y Flórez, quien sería arzobispo de Bogotá de 1823 a 1826.

Durante la reconquista española (1815-1816) pervivieron los discursos de religiosos contrarios a la dominación europea, como el del presbítero Juan Fernández de Sotomayor, para quien “todos los americanos habían nacido ‘degradados y envilecidos’ por un doble pecado: ser hijos de Adán y ser ‘infelices y miserables esclavos de una nación fiera y orgullosa por haber nacido en América”.11

Desde el inicio, entonces, el siglo XIX estuvo marcado por vaivenes en la relación Estado-Iglesia, una historia de rispideces y consensos. Ese ir y venir tuvo ya desde el comienzo la marca de dos figuras fundacionales de la historia y la política del país: Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander.

Tras la reconquista siguió un período de enfrentamientos que en 1819 desembocó en el definitivo destierro del dominio español y quedó al frente del país el libertador Simón Bolívar, con Santander como su vicepresidente, responsable de administrar la nación mientras Bolívar continuaba en sus campañas por el continente. El grupo de Santander tenía ideas liberales, no estaba especialmente apegado a la religión pero sí muy influenciado por las ideas utilitaristas y racionales de organización del Estado del pensador británico Jeremy Bentham. Las ideas de Bentham surgían de una inquietud similar en su tierra: “La política inglesa en el siglo XIX tenía mucho de religión”,12 dice el historiador Malcolm Deas. La Iglesia era mirada por Santander y los suyos con precavida suspicacia, y era un sentimiento recíproco.

LA CONSOLIDACIÓN DE LA NACIÓN

Efectivamente, hubo un movimiento de avanzada sobre el poder que la Iglesia había acumulado durante la Colonia. El Congreso Constituyente de Cúcuta de 1821, por caso, determinó quitar a la Iglesia la propiedad de los monasterios (pero no de los conventos) que tuvieran menos de ocho residentes, así como la confiscación de sus bienes. Los edificios de los monasterios se convirtieron en escuelas secundarias. Además abolió la Inquisición y eliminó la censura previa (excepto para ediciones de la Biblia). De todos modos, la Inquisición no había tenido en Colombia el peso que sí tuvo, por ejemplo, en México y Perú. Dice Bushnell que dura ...