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VOYAGER

Nona Fernández  

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Fragmento

Cruz del Sur

Mi madre se desmaya. Sin aviso, sin razón aparente, de pronto cae al suelo y se desconecta por un breve momento. Pueden ser un par de minutos o sólo algunos segundos, pero cuando vuelve en sí no recuerda nada de lo ocurrido. Ese mínimo instante de desconexión queda oculto en algún escondite de su cerebro. Al abrir los ojos, normalmente se encuentra frente a una serie de personas desconocidas observándola e intentando ayudar ofreciendo agua, aire, pañuelos desechables. Esas mismas personas suelen recomponer con su relato el tiempo perdido en su memoria. Usted se afirmó de la pared, se tomó la cabeza, vomitó, se sentó en el suelo, cerró los ojos, se desplomó. Un coro de voces que aportan diversos detalles del momento del desmayo para que ella pueda recuperar, en parte, ese pedazo de vida escondido en un paréntesis de su cerebro. A mi madre le angustia no recordar lo que pasa en esas pausas espacio temporales. Caer en medio de la calle, desplomarse en el asiento de la micro o en la fila del supermercado, le parece menos preocupante que perder minutos de lucidez y memoria. Esos hoyos negros que ahora merodean sus recuerdos diarios la inquietan más que los moretones que hereda cada vez que se desvanece.

Entiendo a mi madre. Tengo la teoría de que estamos hechos de esos recuerdos diarios. No es una idea original, pero creo en ella. El despertar en la mañana, la elección del desayuno, la calle recorrida, el aguacero inesperado, la molestia por tal o cual cosa, la sorpresa que llegó a mediodía, la noticia en el diario, la llamada que recibimos, la canción en la radio, la comida que preparamos, el olor que salió de la olla, el reclamo que hicimos, el grito que escuchamos. Cada día y cada noche vividos año tras año, con toda su cuota de acción e inacción, de vértigo y rutina, es lo que en su almacenamiento continuo podemos traducir como una historia personal. Ese archivo de recuerdos es lo más parecido a un registro de identidad. La única pista que tenemos para llegar a nosotros mismos, para intentar descifrarnos. Supongo que por eso en el diván del terapeuta nos invitan a echar ma

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