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YELLOW

David Gómez Gómez  

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Fragmento

Llueve a cántaros, comienza a aparecer la noche y Gerardo recorre la zona oriental de la ciudad buscando un pasajero antes de finalizar su jornada. Los dados de peluche colgados del espejo retrovisor se balancean de un lado a otro, mientras escucha música tropical a todo volumen y lleva el ritmo golpeando sus manos sobre el timón.

Después de acelerar para pasar el semáforo en amarillo, ve un señor mayor con una sombrilla desvencijada que alza su mano a lo lejos para solicitar su servicio. Frena justo donde se encuentra, salpicándolo un poco, y mientras baja un par de centímetros la ventanilla del copiloto, le pregunta:

—¿A dónde va?

—Al barrio Fundadores —contesta el empapado señor.

—No voy para allá —y arranca nuevamente al tiempo que sube el volumen a la música.

Era un día como cualquier otro.

* * *

Mientras despunta el sol, en otra parte de la ciudad se encuentra Miguel.

En todos los años que lleva de taxista, nunca había enfrentado una situación tan difícil. Al no ser dueño de su propio taxi, debe pagar un alquiler diario, que sumado a los costos de gasolina, lavados, seguridad social y los pagos que realiza a la empresa a la que está afiliado, hace que el dinero que le queda para llevar a su familia, después de jornadas de trabajo de más de doce horas, sea mínimo.

Cuando María se levanta para despertar a su hijo y llevarlo a la guardería, observa a Miguel en la sala viendo las noticias.

—¿Por qué no has salido a trabajar? —pregunta sorprendida.

—Otra vez hay huelga —responde mientras señala la televisión con expresión de impotencia y cierta resignación.

—No puede ser…

Transcurren segundos de un silencio ensordecedor. María se sienta y con los ojos encharcados, agrega:

—La plata no alcanza. Ya no me fían más en la tienda y estamos atrasados con el arriendo… Esto no puede seguir así, Miguel. Hay que salir a buscar lo del día, así haya huelga, estén quemando llantas o poniendo tachuelas… No me importa lo que esté pasando; no te puedes quedar aquí cruzado de brazos.

Miguel guarda silencio, como esperando lo inevitable. María continúa mientras posa las ma

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