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YO DEBERíA SER FLACA

Camila Serna  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

Mi último atracón de comida fue en enero del año 2014, en Hawái. Mi esposo Camilo y yo vivimos durante un mes en Maui, en un rancho ubicado sobre las volcánicas montañas de esta remota isla. Trabajábamos en las labores domésticas de la finca a cambio de techo y comida. Hawái fue la última parada de un largo viaje. Meses antes, habíamos tomado la decisión de darle la vuelta al mundo. Así no más, nos fuimos de finca en finca, como estudiantes de otra vida. Fue una decisión salvaje, sin duda. Una que tomamos juntos. Pero ese viaje no es el viaje de este libro.

En Hawái viví solitariamente un último episodio de atracón. No sabía en ese momento que estos trances frenéticos con la comida llegaban a su fin. Ese día, escribí en mi diario de viaje una entrada sobre el conflicto con la comida. Tenía un título que decía: No sé qué funciona, pero sí sé qué NO funciona. Debajo escribí una lista de las cosas que no me sacarían del conflicto. Es útil saber qué no funciona. Lo sabía bien porque consistentemente caía en las mismas trampas e, invariablemente, terminaba en el mismo lugar. Es decir, repleta y exhausta después de algún frenético encuentro con la comida.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Años después, puedo escribir una nueva entrada, titulada: Conozco las cosas que NO funcionan, y también las que SÍ funcionan. Este libro es la exploración del viaje después del viaje, ese que te rasga el alma. No le das la vuelta al mundo, pero atraviesas tu corazón y finalmente aprendes a ver tu conflicto con la comida como lo que realmente es: un intento por evadir ciertos aspectos difíciles de la vida, una guerra en contra del cuerpo y de la aceptación de todo lo que somos, y una lucha que poco tiene que ver con la comida.

***

Aclaración:

La lucha con la comida y con el cuerpo tiene grados y tipos. No es un tema ligero. A veces, requiere de atención médica inmediata. Otras, es más como una guerra hipnótica y aprobada socialmente que las mujeres consideran normal. El espectro es amplio y complejo, pero aun en su nivel más bajo, es la lucha por las cosas que deberían ser y no son. Es suficiente para interferir con nuestra capacidad para vivir ampliamente. Todo lo que sugiero en este libro, lo digo porque sospecho que cualquier mujer puede beneficiarse de enfrentar sus dolores y de profundizar en su coraje para hacerlo, independientemente de su peso y del grado o tipo de su lucha.

Pelear con la comida no ocurre en parajes remotos de mujeres extraviadas. Es una realidad que vivimos millones de nosotras. De eso estoy segura. Por eso lo considero un asunto relevante. Somos demasiadas las mujeres que no aceptamos nuestro cuerpo. Es una distracción que no nos permite vivir plenamente y hace que nuestro potencial permanezca bajo el techo de cristal de una guerra con el peso. Muchas de las mujeres que conoces, las amigas, las madres, las hijas, las que trabajan y viven sus ocupadas vidas, quieren ser otra.

En este libro les hablo principalmente a las mujeres. Somos nosotras las que incurrimos frecuentemente en este tipo de luchas con el cuerpo. Sin embargo, sé que muchos hombres también pelean con su comida. Si eres un hombre y tienes curiosidad, este libro también es tuyo.

SI TU ALIMENTO HABLARA…

No necesitas darle la vuelta al mundo para sanar el conflicto con la comida, el cambio no te exige mayor sofisticación. Pero te digo una cosa: estés donde estés, es hora de poner atención. Me sorprendo de nuestra increíble capacidad para distraernos. La sociedad moderna nos distrae de mil maneras, haciéndonos creer que la vida tiene la obligación de entretenernos. Nos aseguramos de no ver ni sentir nada que pueda incomodarnos y, al hacerlo, perdemos la gran oportunidad de vivir profundamente.

Es una pena, vivir es verdaderamente interesante cuando ponemos atención y nos vamos hondo. Es entonces cuando los humanos se vuelven fascinantes, magnéticos. Una mujer que vive atentamente sabe qué recursos tiene. Si se distrae, se confunde sobre las cosas que realmente importan. El investigador Daniel Goleman asegura que, si no estás presente y no pones atención, poco o nada puedes hacer por los demás.

En nuestra vida es igual. Si quieres ayudarte, pon atención. Usa tu intención y habita tus días; en el tedio y en el placer, asegúrate de estar ahí. Este camino comienza contigo, levantando la mano y diciendo: presente, acá estoy, lista para entregarme a los términos de la vida. Este libro te ayudará a hacerlo, aun cuando tu impulso quiera retirarte.

Entremos en materia. Investiguemos la incomodidad de tu lucha con el plato. Es el momento de parar y escuchar el mensaje de tu comida, te sorprenderías de todo lo que tiene para decirte. Comer es un asunto espiritual, como todo lo otro que haces para nutrir la vida. Si cantas o bailas, o si amas a tu perro; todos tus actos son reflejos de lo que crees sobre tu capacidad para dar y recibir.

Si tu alimento hablara te recordaría tu vida, pues conoce cada detalle de tu biografía: tus historias de amor y desamor, tus luchas y conquistas, sabe sobre los terrenos olvidados de tu alma. Resumiendo, sabrías que tu comida te protege. No te declara la guerra, te resguarda. Cuando sabes de qué maneras tu lucha te ha prestado un servicio, te acercas a dejarla ir. Es decir, no tendrías una lucha si no te diera algo que necesitas. Ese algo es legítimo. Averigüemos qué es, y cómo recibirlo de una forma que apoye tu vida a cada nivel.

TU CUERPO NO TIENE AGENDA

Si estás indagando, también podrías hacerle unas preguntas a tu cuerpo. El cuerpo de la mujer está sujeto a muchas presiones, lo entiendo. Pero no sigas empeñándolo por ideales que nada tienen que ver contigo. Él no tiene agenda, su felicidad es simple. Quiere que lo metas al mar y sentir el sol en la piel y quiere bailar las canciones que más te gustan. ¿Por qué tendrías tú una agenda con él?

Tu cuerpo te recordaría que eres un animal de instintos, eres naturaleza, tan fiera y pura como las montañas y los mares. Te imploraría confianza, hace millones de años que sostiene la vida con éxito. Tu cuerpo es el producto de incontables ajustes evolutivos; conoce el código y necesita que dejes de interferir. Quiere que lo nutras para que pueda hacer su trabajo. Él sabe de homeostasis y de otras fuerzas superiores. Imagina la primera célula y ahora mira tu cuerpo. Es largo el viaje que la vida ha recorrido para ser tú.

En estos temas del conflicto con la comida, cortamos comunicación con el cuerpo y tomamos las decisiones de cómo alimentarnos desde la mente. Tanta restricción y el cuerpo no descansa porque tiene hambre. Tenemos muchas opiniones sobre cómo deberíamos vernos y qué deberíamos comer. Pero al desatender los instintos del cuerpo, los mensajes de hambre y saciedad nos eluden. Y con ellos, también perdemos contacto con otras necesidades profundas: los anhelos del alma. Esos mensajes necesitan un cuerpo. Tu cuerpo es su vehículo y, por eso, es un templo santo.

ANTES DE SALIR, ES PRECISO ENTRAR

La realidad es que tú conoces los pliegues de tu historia, nadie te engaña. Tu alimento ha sido un refugio para ausentarte cuando la vida duele. Ha sido el testigo de tus ausencias. Pero la comida sigue siendo comida. Tremendamente importante, es cierto. El alimento es celebración y ritual. Es una memoria primordial de sustento materno. La comida es importante, sí. Pero tú eres más importante. Sabes de alquimia, eres capaz de transformarlo todo. Sin embargo, antes de salir del conflicto, es preciso entrar; el viaje interior es de carácter obligatorio si quieres recordar.

Tendrás que ser valiente para enfrentar lo que duele. Te indignarás si es preciso; pero prende tu fuego porque una mujer que olvidó tiene un hermoso viaje por delante y necesitará de todos sus recursos. Habrá partes en ti que no querrán luchar, es de humanos resistirse. Como los procesos de cambio son lentos, querrás justificar tus deseos de huir y volver a lo familiar. Cambiar es difícil. A veces, se siente imposible, te entiendo. Cualquiera que haya querido cambiar algo profundo sabe que duele como quitarse piel.

Por penoso que te parezca el proceso de cambio, sospecho que duele más vivir en un cuerpo que no goza. Un cuerpo que quiere relajarse y disfrutar la vida y tú no lo dejas. La vida no es tan larga, ¿hace cuánto no disfrutas de tu cuerpo entero y de tu comida y de tu sensualidad? ¿Hace cuánto no te miras al espejo y te encanta lo que ves y sabes que, aunque tu cuerpo no es perfecto, es un amigo y un aliado?

Cambiar es difícil, pero eso que haces ahora también es difícil. Es difícil no meterse a la piscina porque el cuerpo de piscina no ha llegado, negar tu sexualidad o detestar toda tu ropa y nunca ponerte lo que quieres usar. Es difícil pelear con la comida porque la necesitas todos los días, y eso quiere decir que tu batalla no tiene tregua. La guerra es dura porque se opone a la realidad de las cosas, es vivir en un constante: yo debería sentir otra cosa, debería ser otra cosa. Es hora de reconocer que cambiar es la opción más viable. Sospecho que nadie ha llegado al amor propio a punta de terribles autocríticas. No creo que sea una alquimia posible. Llegan cuando sueltan el apego al sufrimiento, y se dan cuenta de que siempre han sido suficiente. El cambio ocurre, sí, pero más como un proceso de quitar y desaprender que cualquier otra cosa. El cambio ocurre y se gesta despacio; pero se mantiene en el tiempo porque nace desde lo más íntimo y honesto de una mujer.

Para cambiar lo que crees sobre tu comida, pon atención. Investígalo todo, vete a cada esquina, levanta muebles y desempolva el closet, revisa qué está pasando al interior. Si eso que haces con tu comida lo aprendiste de tu madre, perfecto, es una herencia que puedes abandonar. Haz más preguntas. ¿De qué te protege tu lucha? Acércate a la realidad de las cosas. Lo real te libera siempre. Te dice: esto que te pasa no es tu culpa, pero eres una mujer adulta y si tus maneras te hacen daño, cámbialas.

Es hora de poner atención. Es tiempo de recordar lo que realmente importa. Sí, el cambio es un viaje de turbulencias, pero no estás sola. Y no tienes que hacerlo todo de golpe. Un viaje de 1.000 millas empieza con un solo paso, dice el sabio proverbio. Y ese paso es más que posible.

HABRÁ INCOMODIDAD…

En un momento de mi vida, también me confundí con este tema de la comida. Mi confusión generó ansiedad y miedo. Quisiera contarte sobre eso y sobre cómo una mujer puede sentirse ausente y abandonar su cuerpo. Esto ocurre con extrema frecuencia en las mujeres. Hablaré de varios temas porque hablar de comida es hablar de vivir. Incluiré batallas propias, algunas con la comida, otras no, pero que, en su raíz, hablan de la misma desconfianza y del mismo miedo.

Si en tu historia hay algún conflicto con la comida o con la aceptación del cuerpo, lo mío es tuyo. No quiero decirte cómo hacer las cosas, solo quiero llevarte de viaje. Ojo: si una persona dice saber cuál es tu ruta, es prudente desconfiar. Yo no sé qué forma tomará el cambio en tu vida. Me atrevería a decir que nadie lo sabe, solo tú lo sabrás cuando te pongas en marcha. Lo que te ofrezco son mis notas de viaje. Espero te sean útiles. Estas páginas son honestas y, posiblemente, en lo mío podrás encontrar algo de lo tuyo.

No se sentirá como unas vacaciones porque habrá incomodidad. Es probable que quieras postergar todo este asunto para otro momento. Te entiendo, no es fácil decidir voluntariamente abrir el corazón a nuevos territorios. Pero te garantizo que valdrá la pena. Principalmente, porque nada es tan liberador como sobrevivir a lo que pensaste que podría aniquilarte en un soplo.

PARTE I
EXPLORANDO LOS PARADIGMAS, LAS MENTIRAS Y LAS OPORTUNIDADES EN LA LUCHA CON LA COMIDA

CAPÍTULO 1
¿DÓNDE ESTÁ EL PROBLEMA?

Una cultura obsesionada con la delgadez femenina no es una cultura obsesionada con la belleza, sino con la obediencia de las mujeres.

NAOMI WOLF

Cada mujer que dice que quiere ser flaca y lo repite a diario está hablando en código. Está diciendo: quiero amor, quiero ser comprendida y vista y tratada con dignidad. Eso dice. Cada mujer que lucha con su plato vive una guerra interna. Las mujeres llevamos muchos años tratando de ajustarnos a las normas que han sido impuestas. Estamos cansadas. Andamos ansiosas y deprimidas porque la constante búsqueda de identidad en los lugares equivocados es una carrera sin fin.

No empezaré hablando de dietas o de una cultura que favorece la delgadez y la juventud como la norma en las mujeres. Eso tendrá su lugar. La raíz del problema es otra. Y como toda raíz, es profunda y se entierra en lo subterráneo de las cosas que no vemos. El problema real es que las mujeres estamos confundidas. No sabemos cómo ser todo lo que podemos ser en una sociedad extraña y patriarcal que aún promueve la opresión de sus mujeres.

Me fijo en las mujeres. Las veo por ahí, en un sin fin de actividad. Vamos de un lado a otro, ocupadas en mil tareas. Me pregunto, ¿qué pasaría si conociéramos la mujer salvaje que es nuestro derecho? Posiblemente, sería más difícil que cayéramos víctimas de fraudes. Como hacer dietas de hambre. O entregar el cuerpo, y tratar de modificarlo con cirugías innecesarias. No trataríamos de ser súper mujeres, controlándolo todo a la perfección. No, a una mujer salvaje no se le podrían vender ideas tan inferiores; ella expulsaría semejante mercachifle de su propiedad.

Sospecho que hemos caído en la trampa del cuerpo-prisión porque no sabemos qué significa ser una mujer fuera de los estándares que nos imponen. Caímos en la trampa porque parece lógico querer un cuerpo perfecto en esta sociedad. Parece una tarea legítima que nos dará un sentido y un lugar en este mundo.

Sí, es mi sospecha que estamos confundidas. Son cosas que veo: tengo la impresión de que peleamos con la comida porque no sabemos qué otra cosa ocuparía el lugar de la lucha. Es tan incierto ese espacio libre, tan sincero. Por eso, hacemos dietas de manera crónica y pensamos en comida obsesivamente. Por eso, nos miramos al espejo y duele y nos parece natural vivir quejándonos, desaprobando nuestros muslos y nuestros brazos, nuestra barriga. Peor aún, desaprobando los cuerpos de otras mujeres. En guerra, todo el día, todos los días.

Quiero ir al fondo del asunto. Cuando una mujer pelea con su cuerpo, no es un fenómeno aislado; ocurre ante todos. Y no es sencillo, hay muchos factores que juegan su papel.

¿Qué es una lucha con la comida?

Es el punto de encuentro entre presiones sociales, una cultura obsesionada con la belleza en molde, y las personalidades vulnerables a transformar a la comida y al cuerpo en zona de batalla; es haber incurrido en dietas que distorsionan completamente la relación natural con el alimento; es un tema de perfeccionismo, para algunas; o de las tendencias ansiosas y compulsivas que hacen del comer un desfogue y un hogar seguro. Cada lucha es como una huella, no hay una igual a otra. En todo caso, las mujeres nos vamos de nuestros cuerpos recurrentemente, y esto afecta nuestra capacidad para vivir plenamente.

MUJERES EXTRAORDINARIAS QUE SE DISTRAEN

Las mujeres hemos tenido prisiones de piedra y de hierro, con barrotes y sin ventanas. De esas, nos liberamos. Peleamos por el derecho a votar y triunfamos. Quisimos trabajar, y trabajamos. Quisimos no tener hijos, y no fuimos madres. Eso que llamaron mística femenina —caracterizada por una sexualidad pasiva, la dominancia masculina y la total devoción maternal— es una identidad abiertamente retada por millones de mujeres. Claro, la violencia de género está viva y la igualdad entre los sexos no es completa, pero hay posibilidades. Más que nunca. Si necesitas inspiración, más adelante veremos algunos ejemplos de mujeres abiertamente salvajes.

Son muchas las mujeres que podrían acceder a una libertad fiera que no pide permiso, pero no lo hacen. Son pocas las mujeres realmente libres. Clarissa Pinkola, la poetisa norteamericana, dice: “Los animales salvajes y las mujeres salvajes, ambos están en vía de extinción”. Pinkola aclara: salvaje no es fuera de control, no es histeria. La naturaleza salvaje es la fuerza innata que pulsa al interior. Es la mujer dispuesta para el juego, para la lucha y para la devoción. Salvaje es vivir profundamente y saber que todos los aspectos de la vida son un templo.

En mi práctica, veo mujeres maravillosas y fuertes. Pero se distraen porque les preocupa algún bultico de grasa que creen exageradamente inconveniente. Se distraen porque no se creen suficientes y consideran que deben perder peso para merecer amor y para acceder a la vida. Naomi Wolf, en su libro El mito de la belleza, ofrece una explicación: ella dice que las guerras de las mujeres con su cuerpo son un mecanismo para silenciar la revolución que se gesta al interior de cada mujer que es potencialmente libre. Es una ola de contracción, después de la expansión; una que pretende apaciguar los fuegos que podrían darle a este mundo un equilibrio entre lo femenino y lo masculino.

No podría saber si las ideas de Wolf son ciertas. No habría evidencia para comprobarlo. Pero algo es seguro, la guerra con la comida es una prisión, invisible y peligrosa, que no nos permite acceder a todo lo que es posible. Una mujer con hambre no puede luchar por otras mujeres, dice Wolf; y en eso estoy de acuerdo. Si algo es vital en este momento de mujeres ...