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Prólogo de la escritora Rosa Montero a la tercera edición de su libro 'Historias de mujeres'.

Cuando saqué mi libro Historias de mujeres en 1995, las biografías femeninas no llamaban la atención. A casi nadie se le ocurría escribir entonces sobre las muchas mujeres que, pese a haber tenido unas vidas extraordinarias, habían sido borradas de los anales por el machismo de los cronistas. (...) Ahora, en cambio, el tema se ha puesto de moda y hay decenas de volúmenes de todo tipo, ilustrados y sin ilustrar, con fotos o en cómic, para adultos o para niños, en los que se intenta recuperar esa parte de nuestro pasado que fue secuestrada por el prejuicio. Es una abundancia editorial de la que debemos regocijarnos, porque no creo que haya un indicativo mejor del cambio que ha experimentado en estos últimos 24 años la mal llamada ?causa de la mujer?. Y digo mal llamada porque ya va siendo hora de que dejemos de creer que la deconstrucción del sexismo es cosa de chicas, cuando se trata de una causa que nos implica a todos. Como es obvio, el cambio del rol de la mujer supone un cambio equivalente del rol del hombre, de manera que estamos hablando de un nuevo tipo de sociedad, de una nueva forma de vivir.


Sin duda esta labor de recuperación casi arqueológica de las olvidadas es importantísima, porque necesitamos modelos reales, necesitamos saber que la vida no fue ni es como nos la han contado. ?Hay una historia que no está en la historia y que solo se puede rescatar aguzando el oído y escuchando el susurro de las mujeres?, digo en el prólogo de Historias de mujeres. 

De manera que ya en 1995 yo era consciente de que nos habían escamoteado una buena parte de la realidad. Pero no fui capaz de calcular el volumen de la tergiversación y del ocultamiento que hemos sufrido. La porción invisible del iceberg de mujeres silenciadas empieza a emerger ahora, y tiene unas dimensiones colosales. Y entre ellas hay de todo, heroínas y tiranas, revolucionarias y retrógradas, salvadoras de mundos y asesinas crueles. Lo cual es formidable y liberador. El feminismo, o al menos la parte mayoritaria del feminismo, no reclama santas sino personas que puedan vivir todas las posibilidades del ser, más allá de la tiranía de los estereotipos. Ya saben, como en el viejo chiste: las chicas buenas van al cielo y las malas van a todas partes. Siempre he dicho que habremos alcanzado la verdadera igualdad social cuando podamos ser tan necias, ineficaces y malvadas como lo son algunos hombres sin que se nos señale especialmente por eso.

El hecho es que ha habido mujeres en todas las épocas haciendo cosas memorables:dirigiendo imperios, creando tablas de cálculo, descubriendo los secretos del universo, escribiendo la primera literatura de autor, capitaneando ejércitos? No hay un solo campo en el que no hayamos destacado. ?Son tantas que, al sacarlas a la luz, la historia tal como la conocemos se descompone?, dice Ana López-Navajas. Y ella debe de saberlo mejor que nadie, porque es una brillante investigadora de la Universidad de Valencia que publicó en 2014 un estudio en el que demostraba la ausencia de referentes femeninos en la ESO (Educación Secundaria Obligatoria): los libros de texto españoles tan solo citan a un 7,6 por ciento de mujeres. Es decir, aprendemos una cultura y una ciencia solo de hombres, una versión de la realidad sesgada, viril. Por eso, ella lleva ocho años preparando una base de datos para incluir mujeres en los contenidos de la ESO, una labor monumental y épica que puede cambiar nuestra noción del mundo. 

Pero tenemos que hacer algo más que cambiar la visión del pasado: es esencial que cambiemos la visión del presente. La manera en que nos miramos a nosotras mismas. El sexismo es una ideología en la que se nos educa a todos y lo tenemos hincado en lo más profundo de nuestro cerebelo. Numerosos experimentos demuestran que la sociedad sigue valorando al hombre muy por encima de la mujer, y nosotras compartimos el mismo desdén sin advertirlo. Por ejemplo, se ha comprobado que en la atención médica primaria, ante los mismos síntomas, a las mujeres les prescriben más ansiolíticos y antidepresivos, mientras que a los hombres les hacen más pruebas diagnósticas. Y también sucede con el dolor: a los hombres les proporcionan más analgésicos (toman su sufrimiento por algo real), mientras que a las mujeres les dan sedantes (las consideran unas histéricas). 

Me espeluzna un estudio hecho con 1.300 enfermos de cáncer que evidenció que las mujeres tenían un 50 por ciento más de posibilidades de que su dolor fuese inframedicado. Esta discriminación feroz, que puede conducir a la enfermedad y la muerte, es ejercida por doctores y doctoras, por enfermeros y enfermeras. Todos le damos más credibilidad al hombre. Su voz sigue siendo la ley.

 

Hay un formidable experimento que se llevó a cabo en la Universidad de Yale en 2012. Dos estudiantes de doctorado de Ciencias, Jennifer y John, solicitaron una plaza de encargado de laboratorio. Como se suele hacer en Estados Unidos, Yale envió sus currículos para que fueran evaluados por 127 catedráticos y catedráticas de Biología, Física y Química pertenecientes a las seis universidades más importantes del país, tres públicas y tres privadas. En una escala del 1 al 10, John sacó un punto más que Jennifer. Además, se les pedía a los profesores que dijeran qué salario creían que los solicitantes merecían, y ofrecieron 30.328 dólares anuales a John y 26.508 a Jennifer. Hasta aquí, todo más o menos normal. El estupor comienza cuando nos enteramos de que Jennifer y John no existen y que los currículos eran idénticos, salvo que a la mitad de los catedráticos se les dijo que el solicitante se llamaba Jennifer y a la otra mitad que se llamaba John. 

Debemos esforzarnos en extirpar de nuestras cabezas ese parásito del pensamiento que es el prejuicio. No pido que haya más mujeres en los diversos premios, en los centros de mando, en las cátedras o la dirección de las empresas porque seamos todavía pocas, vengamos de una discriminación de siglos y, pobrecitas, necesitemos algo de ayuda. Lo que yo pido es que haya más mujeres en todos los ámbitos porque somos tan buenas como los hombres. Es decir, reclamo que se nos evalúe con objetividad. Y lo terrible es que eso hasta ahora no ha ocurrido.

Por eso suceden las cosas que suceden sin que haya respuesta. Cada año les rebanan el clítoris a tres millones de menores; millones de mujeres carecen de los derechos más elementales, tienen que ir veladas, no pueden salir de casa sin la compañía de un varón y son privadas de la educación (y a las que intentan escapar de esa brutalidad les pegan un tiro en la cabeza, como a Malala); innumerables niñas y adultas son maltratadas o asesinadas, sufren violaciones, apaleamientos, ataques con ácido, torturas, degüellos y secuestros, o son quemadas vivas en los infames crímenes de honor por no casarse con el pretendiente elegido por la familia, y a menudo es la madre quien prende la pira. 

Hay un genocidio en marcha contra las mujeres y la comunidad internacional jamás ha hecho nada para parar esa atrocidad. Se impusieron sanciones económicas contra el apartheid en Sudáfrica, pero contra el apartheid de tantos millones de mujeres, contra su martirio y su esclavitud, ¿qué se ha hecho? Antes al contrario, la mujer siempre es una moneda de cambio; si hay que hacer un acuerdo con los talibanes, la comunidad internacional no vuelve a tocar el tema de la situación de las mujeres en la zona. Es la vergonzosa diplomacia del silencio. Y nosotras, las demás, ¿cómo lo permitimos? 

Este texto me está saliendo huracanado. Ardiente, incluso algo estridente. Verán, es curiosa la vida que tiene este libro. En el momento de su publicación, 1995, con el título de Historias de mujeres, salió con un prólogo y un epílogo. El libro se leyó mucho, y eso propició que en 2007 se sacara una nueva edición, algo ampliada y con un posfacio en el que daba cuenta de cómo la causa antisexista había avanzado en los 12 años transcurridos. Y ahora, 11 años más tarde, volvemos a sacar una versión remozada para la que estoy escribiendo este nuevo prólogo. 

El texto original ha ido creciendo a capas y a lo ancho de una manera orgánica, como crecen los troncos de los árboles, y esos añadidos van dejando constancia de los vaivenes sociales, de la misma manera que los anillos de la madera muestran las circunstancias por las que atravesó el bosque a lo largo del tiempo. Pues bien, ahora el tema del sexismo está que hierve: por eso me está saliendo aliento de dragón. Por añadidura, he completado el libro con 90 pequeños retratos de mujeres, una ojeada rápida desde la antigüedad hasta nuestros días que nos permite atisbar la compleja riqueza de la aportación femenina a la vida común.

Me parece que estamos en un momento importante de la causa antisexista. Que en el último año se ha avanzado un buen trecho. Por ejemplo, el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, marcó un hito en la movilización. Creo que nunca hubo tantas manifestaciones y tan grandes en tantos países. La de Madrid constituyó un récord histórico, con 170.000 participantes, según datos oficiales, la gran mayoría menores de 25 años y un buen número de ellos, varones. Por no hablar del éxito de la huelga de mujeres en España, un ejemplo mundial. Todo indica que la concienciación aumenta, quizá porque vemos que los avances duramente conseguidos están en peligro, y no solo en lo referente al antisexismo, sino en todos los valores democráticos. 

Y quizá también sea una cuestión de hartazgo, como la gota de agua que al fin desborda el vaso. Eso es lo que parece haber ocurrido en el caso del productor de Hollywood Harvey Weinstein y en el precipitado de denuncias de acoso sexual que se han sucedido por doquier a partir de ahí. Se diría que las mujeres están empezando a hartarse de aguantar.

Aunque me parece que el quid de la cuestión no está en la capacidad de aguante, sino en comprender que no hay por qué supeditarse a unos principios aberrantes y caducos. Verán, desde los 10 años hasta los 17 estudié en el instituto Beatriz Galindo de Madrid, del que me separaban siete estaciones de metro. Como almorzaba en casa, tenía que hacer ese viaje cuatro veces al día. Y siempre iba sola, porque en mi clase social y en aquella época ?los 60? los niños no estábamos tan hiperprotegidos como ahora. Pues bien, es probable que no me librara ni un solo día de que me tocaran el culo o se restregaran contra mí al menos una vez. Sobre todo en los primeros años, cuando era más indefensa. Recuerdo que una vez ?debíamos tener unos 11 años? una amiga protestó, y el pedófilo le pegó una bofetada. Nadie en el atiborrado vagón nos ayudó. 

Por entonces, tu aprendizaje incluía tácticas de defensa y huida ante los depredadores. Calculabas de una ojeada cuáles eran los hombres más peligrosos e intentabas escurrirte hacia el otro extremo del vagón o salir de un salto, aunque no fuera tu parada. Algunas chicas llevaban alfileres para clavárselos a los acosadores: a mí, por desgracia, no se me ocurrió. Eso sí, desarrollé la habilidad de hacer sonar los oídos por dentro para intentar no escuchar las burradas que te decían que te harían todos esos hombres turbios que se abalanzaban sobre ti por la calle; y era especialista en cambiarme de fila en los cines de sesión continua cada vez que alguien me metía pierna y mano en la oscuridad. 

Todo esto formó parte de mi infancia desde los 10 años; las niñas éramos como gacelas asustadas que intentan escapar de los leones, resignadas ante una realidad aterradora y humillante, pero por desgracia normal. El mundo, nos decían y nos decíamos, es así. Pero resulta que el mundo no es así. Y resulta que depende en buena medida de nosotras que lo cambiemos. Así es que, hermanas, abramos nuestras fauces de dragonas y escupamos fuego.

 

Publicado por EL TIEMPO: http://www.eltiempo.com/cultura/musica-y-libros/tercera-edicion-del-libro-historias-de-mujeres-de-rosa-montero-249100

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