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Noticia

 

Fue presentado el libro sobre ?Alternativa? (Debate) y publicamos uno de sus cap√≠tulos: una cr√≥nica del nobel de literatura escrita para el n√ļmero 217 de esa revista, en junio de 1979. Dos a√Īos despu√©s, el escritor tuvo que exiliarse en M√©xico por la persecuci√≥n del gobierno del Estatuto de Seguridad.

Portada del libro (sello Debate) en la que se ve a Gabriel García Márquez con el periodista Enrique Santos Calderón en sus días de ?Alternativa? y foto reciente de Enrique Santos Calderón, autor de la obra, en imagen tomada por Josefina Santos. / Cortesía

Nadie ha podido averiguar en México qué vino a hacer el presidente Julio César Turbay. Dos días antes de su llegada, todavía los funcionarios de la cancillería mexicana estaban buscando temas para las conversaciones entre los dos presidentes y para llenar el tiempo que le iba a sobrar al de Colombia. La situación no solo era apremiante por falta de intereses concretos entre ambos países, sino porque México había recibido muy pocos días antes dos visitas de presidentes que habían sido espectaculares. La de Fidel Castro, a quien el propio presidente López Portillo calificó en el discurso de saludo como ?uno de los hombres de este siglo?. Y la del presidente de Costa Rica, Rodrigo Carazo, quien le dio a México argumentos bastantes para romper relaciones con Nicaragua. Había que inventar algo para que la visita del tercer presidente en un mes no pareciera menos que las otras. Pero de todos modos lo pareció, a pesar de los recursos del turismo y el folclor, y de la vieja experiencia de los mexicanos para atender invitados con los cuales no saben qué hacer. 

Nada que decir

A las 12:30 del viernes se inició lo que un periodista local, con un turbayismo involuntario, calificó al día siguiente como ?los ciento veinte minutos pletóricos de detalles interesantes y profundo interés humano?. En el primero de esos minutos históricos, el presidente Turbay recibió las llaves de la ciudad del alcalde Hank González, mientras una orquesta típica tocaba y cantaba Cielito lindo. ?Vaya usted a saber por qué escogieron esa pieza?, escribió un periodista. Pero el presidente Turbay, emocionado, declaró: ?Todo en esta ciudad es muy querido para mí?. Ya en posesión de las llaves, fue llevado a conocer el metro, en la fragorosa estación del pleno centro, y en su hora más difícil.

 

El presidente declar√≥: ?Esto es lo que necesitamos en mi pa√≠s?. Esa tarde tuvo rueda de prensa de 26 minutos en la que no dijo nada distinto de lo que ya ha dicho siempre en Colombia: que quienes violan los derechos humanos en su pa√≠s son los subversivos, que el estado de sitio no lo invent√≥ √©l, que el doctor Alfredo V√°squez Carrizosa fue canciller de un gobierno m√°s represivo que el suyo, y que ?si todos los ej√©rcitos fueran como el de Colombia, la democracia no sufrir√≠a ning√ļn peligro?. Esa misma noche, en el mismo hotel donde viv√≠a, correspondi√≥ la cena que le hab√≠a dado la noche anterior el presidente L√≥pez Portillo. Al d√≠a siguiente, a las 10 de la ma√Īana, y mientras un conjunto de mariachis tocaba¬†Las golondrinas, vol√≥ a Lisboa en un Jumbo alquilado a Avianca por una suma que ninguno de sus asistentes quiso revelar a los periodistas.

De aquellas 45 horas y media, que le hab√≠an costado a Colombia una fortuna, lo √ļnico que podr√≠a considerarse como un hecho rentable fueron las dos entrevistas privadas que el presidente Turbay sostuvo con el presidente L√≥pez Portillo. La primera, el mismo jueves de su llegada, se prolong√≥ por un poco m√°s de una hora. La segunda, el viernes, antes del almuerzo. No m√°s de tres horas en total. El contenido de esas conversaciones, como es natural, no se dio a conocer. Pero se conocen todos los temas, y se conoce adem√°s el comunicado conjunto. Lo que qued√≥ en concreto de la visita fueron tres convenios preparados de antemano: uno sobre intercambio cultural y educativo, otro sobre cooperaci√≥n tur√≠stica y el tercero sobre cooperaci√≥n cient√≠fica y t√©cnica. Ninguno de esos convenios requer√≠a el alquiler de un Jumbo, ni una comitiva tan cara, ni la movilizaci√≥n de un presidente tan pesado.

 

Consciente de eso, el propio Turbay, con un recurso muy propio de la clase que manda en Colombia, se apresur√≥ a ocultar la realidad con las palabras. ?Con estos convenios ?declar√≥? se han adelantado por lo menos 10 a√Īos a la tradicional v√≠a diplom√°tica?. Esto podr√≠a entenderse tambi√©n como un tributo a la inutilidad de los embajadores. Pero no ser√≠a justo, aunque tal vez sea cierto. La verdad es m√°s triste: despu√©s de esta visita in√ļtil, que adem√°s ocasion√≥ a los mexicanos una incomodidad que no les hac√≠a ninguna falta, las relaciones entre los dos pa√≠ses, tradicionalmente l√°nguidas, no quedaron ni mejor ni peor.

Nada que hacer

En realidad, Colombia no tiene nada que venderle a M√©xico, salvo unas 200.000 toneladas de carb√≥n coquizable, una gran parte de las cuales, como se sabe, no son nuestras sino de Anastasio Somoza. En cambio, M√©xico no puede vendernos petr√≥leo de inmediato, porque todav√≠a no lo tiene. Sin embargo, a partir del a√Īo entrante podr√° vendernos un poco de los 180.000 barriles de crudo y los 50.000 de gasolina que Colombia consume todos los d√≠as. Entonces, como hasta ahora, la balanza comercial seguir√° siendo favorable a M√©xico, que en 1978 export√≥ productos a Colombia por valor de 39 millones de d√≥lares, en tanto que import√≥ productos colombianos por valor de 5'279.000. Sobre las posibilidades de intercambio tur√≠stico, Turbay dijo: ?Solo necesitamos organizarnos para alcanzar la tecnolog√≠a de pa√≠ses como M√©xico?. El secretario de Turismo mexicano, arquitecto Guillermo Rossel de la Lama, le contest√≥ en voz alta lo que quiere decir esa organizaci√≥n: M√©xico se propone construir en los pr√≥ximos tres a√Īos 97.000 cuartos de hotel para turistas.

 

En cuanto al intercambio de experiencias sobre la lucha contra la droga, no habr√≠a sido necesario que vinieran ni siquiera el procurador general de la Rep√ļblica, que tambi√©n vino, ni el ministro de la defensa. M√©xico se lo hubiera podido mandar a decir por correo. La prueba es que lo √ļnico que esos funcionarios hicieron en este rengl√≥n fue ver una serie de pel√≠culas, algunas en colores y otras en blanco y negro, en las cuales se explica c√≥mo es que las autoridades mexicanas adelantan la guerra contra la marihuana. Las proyecciones se hicieron en la sala de cine del hotel Camino Real, donde se alojaba la misi√≥n colombiana, y el propio presidente Turbay asisti√≥ a una de ellas. Es dif√≠cil imaginar un antecedente hist√≥rico en que tantos hayan hecho tanto por tan poca cosa.

En cambio, el presidente Turbay se resisti√≥ a concederle a M√©xico lo √ļnico bueno que podr√≠a: la ruptura de relaciones con Nicaragua. Los mexicanos estuvieron esperando el anuncio como regalo sorpresa. El viernes en la tarde, en los pasillos de la canciller√≠a circul√≥ el rumor jubiloso de que Turbay har√≠a el anuncio en la cena que ofrec√≠a esa noche a L√≥pez Portillo. Este, que es un hombre muy fino, hab√≠a ido mucho m√°s all√° de donde deb√≠a en su primer discurso, convencido tal vez de que obtendr√≠a una respuesta favorable de Colombia. ?¬ŅC√≥mo cruzarse de brazos ?pregunt√≥ L√≥pez Portillo en su discurso? o c√≥mo continuar cultivando relaciones normales con un gobierno que es responsable de un crimen de lesa humanidad ante el mundo civilizado??. Turbay, con su capacidad casi infinita de hacerse el pendejo, se fue de M√©xico sin contestar la pregunta.

 

Mucho que remendar

Con todo, lo peor de esta visita no fue su inutilidad ni su precio enorme, sino la triste imagen de Colombia que el presidente Turbay va sembrando por el mundo. Precisamente cuando el prop√≥sito real de su viaje era remendar la mala imagen que ya tiene su gobierno en el mundo entero por la violaci√≥n impert√©rrita de los derechos humanos. La verdad es que Turbay no tiene cara de nada, ni nada que lo ayude: ni su simpat√≠a personal, ni sus discursos, ni su sastre. La impresi√≥n que dej√≥ en M√©xico fue lamentable, con esas manos siempre enlazadas sobre el vientre como los obispos obscenos de Fernando Botero, con esos vestidos que parecen de un muerto m√°s grande que √©l y esos corbatines de mariposa que fueron arrasados en M√©xico por el vendaval de la revoluci√≥n, y sobre todo por esa oratoria de aceite de ricino que no desperdicia ninguna ocasi√≥n para quedar mal. Al presidente L√≥pez Portillo, por pura man√≠a ret√≥rica, Turbay le dijo una mentira: ?Su nombre se pronuncia con cari√Īo por todas partes en mi patria?. Al recibir las llaves de la ciudad, dijo: ?Esto no es un permiso para transitar por las calles sino para penetrar en el alma misma de la capital mexicana?. A los colombianos nos ha costado mucho trabajo convencer a nuestros amigos de M√©xico de que ese estilo anacr√≥nico y esas licencias cursis reflejan muy bien la edad hist√≥rica y mental de la clase dirigente colombiana, pero que no tienen nada que ver con la realidad del pa√≠s.

El contraste era mucho m√°s rudo frente a un hombre como L√≥pez Portillo, que ha sabido cultivar muy bien su elegancia natural, que es culto y directo, y tiene un santo horror por la oratoria de barricada. Desde el discurso de saludo, trat√≥ a Turbay sin convencionalismos. ?Tendr√© el honor de hablar con usted, se√Īor presidente?, le dijo. Y al final, como indic√°ndole el camino del estilo que deb√≠a distinguir su visita, concluy√≥: ?Est√° usted en casa de un hermano?. Aunque no parec√≠a tener los ojos vendados, Turbay no vio el camino, y se descalabr√≥ con un discurso concebido en el castellano de los cl√©rigos letrados del siglo XV. ?Haber sido objeto de vuestra invitaci√≥n para visitar M√©xico ?dijo? es indudablemente un honor que compromete nuestra gratitud?. M√°s adelante, agreg√≥: ?Como vos lo hab√©is dicho, excelent√≠simo se√Īor, son muchas las cosas que nos unen?.

Cortesía Penguin Random House Grupo Editorial

 

Noticia publicada por El Espectador:   https://www.elespectador.com/noticias/politica/el-costoso-e-inutil-viaje-de-turbay-segun-garcia-marquez-articulo-904749

 

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