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Silva Romero habla sin tapujos. Sencillamente, se trata de sus creencias. El lector que le siga la pista se atrapará porque sobresale el autor que demuestra un conocimiento importante sobre el oficio. Y el que no, tendrá reparos en algunas de sus afirmaciones.

 Me acuerdo que un profesor de periodismo decía que si había algo difícil de conseguir en la escritura era una voz. O un estilo que te diferenciara de las otras voces. Uno puede leer a Foster Wallace sin saber que es Foster Wallace y lo identifica de lejos, o uno puede leer a Bolaño sin saber que es Bolaño y también lo puede identificar o, para no salir del patio, uno puede leer al iracundo Vallejo o al irónico Caballero y, ya utilizados los vergonzantes adjetivos (eso decía el profesor: que adjetivar era vergonzante, pero yo no le hice caso) , lo mismo puede decirse del retórico Ricardo Silva Romero; es si no leer unos cuantos párrafos de una de sus columnas o de su narrativa para saber que se trata de obra y gracia de firme pluma.

Los polisíndetones, las exclamaciones, el manierismo en algunas frases son algunos de los elementos que uno encuentra en sus escritos. Y sí: es una voz que le habla al lector, que lo incita, lo interpela, lo persuade, lo sacude, lo indigna o, en algunos casos, lo hace dudar. Incluso de lo que él dice. Porque la verdad es que a mí me gusta leer a Ricardo Silva como un ejercicio eufónico, como para afinar el oído, para engolosinarme con la forma en que articula las oraciones. Porque en términos argumentativos no me convence del todo. Pero estoy hablando de sus columnas en El Tiempo, y vale la pena decirlo, ya que otra cosa distinta es su narrativa, y tal vez, aunque no del todo, su libro más reciente: Ficcionario.

De hecho, en alguna parte del libro el autor de Autogol dice: “Por qué hay relatos que no funcionan: porque no nos llevan de una orilla a la otra, desde el comienzo hasta el final como hipnotizándonos, sino que nos empujan afuera todo el tiempo con su supuesta autoridad por encima de la autoridad (…) Tienen la convicción de que sólo queda resignarse al lenguaje, a la arbitrariedad, al horror que viene de la mente, pero dependen demasiado de que su narrador tenga una voz fascinante, envolvente”.

Pues bien, esa voz envolvente de la que él habla es la misma que deja conocer algunas de sus posiciones frente a la Ficción en mayúscula, toda vez que el abanico contempla expresiones como el cine, la literatura, la música, la poesía y el teatro.

Y como es un ejercicio personal, las citas y las referencias encantan de la misma forma que apabullan. Silva Romero cita a Woody Allen como a Paul Auster, a Hitchcock como a Wilde, a Marcello Mastroianni como a Paul Simon. En algunos casos funciona, y en otras empalaga.   

Puesto que de entrada el libro advierte que no se trata de un conjunto de ensayos literarios (argumentados), sino de “una colección de respuestas a treinta y cinco sospechas que RSR ha venido despejando a lo largo de su vida como escritor”, a uno como lector no le resta más que decir: estoy de acuerdo con esto y en desacuerdo con esto otro.

De modo que de acuerdo con su apreciación del drama, que es lo que motiva su oficio, “El hombre fingió el tiempo que comienza y que se acaba, y lo asumió, con la muerte en los talones, como cierto, pero encontró el drama como remedio, como consuelo. El hombre encontró el drama que sucede hasta que acaba la vida, pues el tiempo termina cuando llega la muerte. Y aquí estamos”.

Y en desacuerdo con aquella fascinación por los títulos de las obras, ¿no son anodinos los encabezados de clásicos como Crimen y castigo, El pabellón número 6, Otelo, Madame Bovary? ¿Nos atrapan de entrada? ¡No! Y sin embargo, son grandes obras de la literatura mundial.

Y aquí podría hacer una lista larga de lo que se comparte y lo que no, pero no creo que sea necesario. Más bien, vale la pena advertir que el lector debe tener muy presente que las preferencias del autor no son las suyas. Lo digo porque a mí me pasó que cuando hablaba de los relatos que no funcionan, porque “dependen enteramente de la voz que narra”, se me ocurrieron cineastas como Bresson Godard, Tarskovski, Berman e incluso pensé en un libro como “Las distancias del cine” de Jacques Ranciére. (Pero ya está, cada uno elige sus referencias).

Y en literatura en narradores atrevidos e intrépidos como Foster Wallace (388 pie de páginas tiene La Bronca infinita) y estuvimos de acuerdo en Beckett, Joyce y habría añadido a algunos de los clásicos rusos, porque los tres actos de los que habla el autor se despliegan de manera lenta, o apartada del ritmo feroz y frenético al que nos tiene acostumbrado Hollywood. (Porque eso es lo otro, que de hablar de literatura pasa a cine y de cine a literatura, con lo cual estoy de acuerdo, dado que se trata de historias).

Desde antes de empezar este texto pensé en que sería complicado, ya que el libro de Silva Romero es corto (247 páginas) pero relleno de muchas respuestas.  Así que para no dilatar mucho la cosa diré que también hay lugar a digresiones, como los capítulos 14, 15 y 16 (aunque yo no me habría olvidado de Sofía Coppola), y apreciaciones interesantes y valerosas por lo honestas.

Silva Romero habla sin tapujos. Sencillamente, se trata de sus creencias. El lector que le siga la pista se atrapará porque sobresale el autor que demuestra un conocimiento importante sobre el oficio. Y el que no, tendrá reparos en algunas de sus afirmaciones. Pero no pasa de eso. Ficcionario es un libro para disfrutar e instruirse.

En fin, en otro capítulo el autor dice que “hay que tomarse la obra de otro como la obra de otro”.  Y a mí me parece que eso resume todo.

Noticia aparecida en El Espectador:  https://www.elespectador.com/noticias/noticias-de-cultura/ficcionario-respuestas-sobre-el-oficio-de-escribir-articulo-728688https://www.elespectador.com/noticias/noticias-de-cultura/ficcionario-respuestas-sobre-el-oficio-de-escribir-articulo-728688

 

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