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'Andrés', dijo. Volteé y ahí estaba con la puerta abierta. Una primera imagen que presagiaba la definición del cuento del autor, que ya decía, como siempre, que existe la posibilidad de abrir el espectro del mundo a través de quienes narran las historias de un pasado escurridizo y de una condición sumamente volátil, maleable y hostil.

 

A su casa la custodian los libros, las historias que nos ayudan a socorrer ese eterno concilio que buscamos con nuestra condici√≥n. Y junto a los libros hay algunos cuadros y otras fotograf√≠as. Im√°genes de Borges, Garc√≠a M√°rquez, Vargas Llosa, Cervantes y Ch√©jov acompa√Īan a los libros.

Y las obras de esos mismos escritores que aparecen en cuadros y fotograf√≠as son las mismas que est√°n en un lugar especial de su biblioteca. Cuando Juan Gabriel V√°squez se sienta a escribir en el alba, justo en ese instante en el que nacimiento se impone. El nacimiento de un d√≠a, de un rayo de sol, de un hecho que puede surgir por ese azar que lo abraza si se trata de √©l, pero que lo aterra si se trata de las personas que m√°s quiere. Se sirve un caf√© con su m√°quina de expresos y se dedica a leer media hora el libro que, como dice √©l, sirve de diapas√≥n para marcar la clave con que quiere seguir su narraci√≥n. As√≠, por ejemplo, para escribir¬†Canciones para el incendio, ley√≥ todos los d√≠as a Ch√©jov, ese m√©dico y escritor ruso que se convirti√≥ en un hito del cuento realista y naturalista. Ese asombro proveniente de los libros que uno nunca puede dejar porque siempre tienen algo m√°s que decirnos, le susurra en el o√≠do a V√°squez y le dice cu√°l es el ritmo que debe seguir. Al terminar su lectura, asume el hilo conductor de su narrativa. Entiende que la estructura de su relato lo sumerge de nuevo en un orden que la vida misma nunca nos ha dado, pues entiende que detr√°s de la apabullante rutina hay un caos que nos rige, que nos arroja experiencias e instantes s√ļbitos, insospechados y fren√©ticos.

Al escribir le da la espalda a ese segmento de su biblioteca en donde se encuentran los libros que aconsejan, que acompa√Īan siempre su literatura. Tal vez los vuelve a revisar por un momento, tal vez decide absolverse de su grandeza para sumirse por completo en el pasado, en el pasado que lo apasiona, que lo aqueja, que cuanto m√°s lo conoce m√°s lo aleja del mismo tiempo.

Mientras habl√°bamos del retorno al cuento, a esa posibilidad de contarnos desde la polifon√≠a, desde la pluralidad de voces y experiencias que por distintas no significa que no tengan un punto de convergencia, V√°squez record√≥ que su primer libro de cuentos estuvo permeado por la duda, por el temor a seguir escribiendo, por el p√°nico que recae cuando vemos con desprecio lo que escribimos y consideramos la terrible posibilidad de desechar los relatos que nos hablan, nos revelan y nos visibilizan lo m√°s sublime y lo m√°s monstruoso de la realidad. Y podr√≠a ser tambi√©n que en ese miedo encontramos una de las bellas condenas de escribir y no es otra que saber padecer de incertidumbres, de destinos desconocidos que se hacen letales y de m√ļltiples preguntas que conducen a un estado de reflexi√≥n sempiterno.

?La novela es un veh√≠culo que te lleva a un lugar desconocido y luego vuelve para traernos las noticias. Leer y escribir novelas es viajar a territorios que no est√°n cartografiados. Un cuento no es un viaje, es un cruce de caminos. El cuento es un atisbo, una sugerencia de algo, es ir caminando y ver una puerta entreabierta y alguien te dice algo ah√≠ al fondo. Ese peque√Īo momento es un cuento. La novela es un viaje entero?, cuenta V√°squez cuando hablamos de esas peque√Īas fronteras invisibles que dividen el sendero del cuento y el de la novela.

Los minutos fueron pasando y fui viendo los peque√Īos silencios de un pensante. Esas mil√©simas de segundo en el que el cerebro escarba ese vasto mundo del lenguaje para encontrar la palabra precisa, la palabra que armoniza lo contado, que da sentido a lo dicho. Y entre silencios y cavilaciones sobre el solemne valor de la escritura, hablamos de la perversa pero no por eso menos interesante man√≠a de los humanos para (re)inventar su realidad mediante el enga√Īo premeditado, el enga√Īo causal. ?La memoria apela a la distorsi√≥n y al enga√Īo?, es la frase que V√°squez menciona en uno de los cuentos de¬†Canciones para el incendio. ¬ŅSi la memoria es tan elemental, por qu√© es tan endeble a la vez? Nos preguntamos. Esa confrontaci√≥n del recuerdo con la verdad de los hechos y con la verdad se convierte en un escenario zurumb√°tico y torpe en el que nos acecha la verdad que no podemos soportar. Y es ah√≠, en ese lecho de la incomodidad en el que comprendemos ese estado et√©reo de insatisfacci√≥n y tedio con la realidad que nos toc√≥, con la realidad que hemos causado, y entonces apelamos a la tergiversaci√≥n de lo que recordamos, a la alteraci√≥n de un pasado que decidimos que sea soluble, porque nos fastidia el hecho de aceptar las cosas como son y esquivamos la idea de nosotros como productos de una determinaci√≥n, raz√≥n por la cual terminamos, al igual que V√°squez, abrazando la idea del azar para dejarnos cautivar por lo fortuito y lo que va a romper siempre con lo establecido.

?Esa sensación de haber descubierto formas muy distintas entre sí para capturar un pedazo de las vidas ajenas fue maravillosa?, afirmó el autor cuando hablamos de la literatura y su misión de barloventear nuestra singularidad. Ese rompimiento de lo meramente subjetivo para explorar los recovecos de nuestra condición y asumir la responsabilidad de la que hablaba Sartre para hacernos cargo de nuestro comportamiento en El existencialismo es un humanismo, se convierte en una actitud que resulta empática, en una postura en la que no merodeamos en la vida del otro buscando un quiebre o una condena, sino que buscamos alimentar la perspectiva que recae sobre ese mundo caótico y esquizofrénico.

Volver a escribir cuentos fue volver a su pasado, fue hablar de la violencia. Esos dos temas atraviesan los nueve cuentos de su √ļltimo libro y son un espejo al que constantemente se enfrenta V√°squez cuando quiere evocar las pasiones que despiertan sus letras.¬†El ruido de las cosas al caer¬†y¬†La forma de las ruinas¬†nos hablan de eso, de un pasado que no solamente hered√≥ de su familia sino que tambi√©n vivi√≥, un tiempo de anta√Īo que todos los d√≠as le habla, desde distintas voces y desde distintos √°ngulos, para recordarle que ese camino que se deja atr√°s nunca se abandona, que detr√°s de ese camino se esconden otros senderos, otros personajes, otras historias que siempre podr√°n contar todo de diversas maneras. En esa pluralidad de escenarios el escritor colombiano reconoce que la violencia no solo es contada desde las v√≠ctimas directas, sino que todos fuimos rozados por las balas y acechados por la muerte tr√°gica. Esa influencia indirecta, quiz√° d√©bil de la guerra, termina por permear la percepci√≥n de comunidad, la percepci√≥n de alteridad.

Pero en ese ir y venir de an√©cdotas, de pensamientos, volvemos a su pasado. Un pasado que fue primero de sus familiares y luego asumi√≥ √©l en esos a√Īos como estudiante de derecho de la Universidad del Rosario. Pero ese tiempo poco tiene que ver con su carrera, tiene que ver con las callejuelas empinadas, rocosas y angostas del centro de Bogot√°, esas callejuelas que siempre han sido ruidosas y que guardan dos de las historias que m√°s lo marcaron: los asesinatos de Rafael Uribe Uribe y de Jorge Eli√©cer Gait√°n. Por eso cada vez que vuelve a recordar esos a√Īos o que vuelve a caminar esos lugares, V√°squez reafirma su vulnerabilidad con los lugares que guardan una historia, pues volver a ellos, luego de haber escrito¬†La forma de las ruinas¬†y de haberse escabullido entre los archivos y las voces que a√ļn pueden contar el asesinato de Uribe Uribe y de ?El bogotazo? es reconocer que la inocencia con que pisaba los andenes tupidos de mugre ya no est√°, que ahora sabe qu√© pas√≥ en esa Bogot√° que vio c√≥mo se desmoronaba su destino por la barbarie y la locura que acarre√≥ la muerte de aquellos caudillos que no hablaban de promesas sino de la construcci√≥n de una esperanza conjunta.

Le pregunt√© por su gusto por el billar, quiz√° creyendo que en ese gusto estaba inmiscuido en alg√ļn rinc√≥n √Ālvaro Mutis, quien afirmaba que jugar billar era como hacer poes√≠a. Y me contest√≥ que los cinco a√Īos que pas√≥ en el centro como estudiante de derecho no hubieran sido posibles sin los billares y los caf√©s, esos en los que justamente se escond√≠an los poetas para paliar la realidad con una carambola, una taza de caf√©, un cigarrillo, una pluma y una de esas canciones para el incendio

 

Noticia publicada por EL ESPECTADOR:  https://www.elespectador.com/noticias/noticias-de-cultura/juan-gabriel-vasquez-un-padecer-soterrado-en-la-literatura-articulo-827893

 

 

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