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El hermano de Luis Carlos Galán Sarmiento, el candidato presidencial asesinado el 18 de agosto de 1989 por el cartel de Medellín, publica el libro testimonial "Siempre hay esperanza" (sello Ediciones B). No pudieron hacerle una trasfusión de sangre. Lo paradójico es que días después le salvó la vida a un paciente con heridas de bala similares. Fragmento.

¬†?El doctor Gal√°n recibi√≥ la atenci√≥n suficiente y oportuna?, fue el titular en las p√°ginas intermedias de un peri√≥dico de amplia circulaci√≥n nacional que recog√≠a las declaraciones del secretario de Salud de Bogot√° de la √©poca sobre el asesinato de Luis Carlos en la noche del 18 de agosto de 1989. Las afirmaciones las rese√Īaba el medio de comunicaci√≥n tres o cuatro d√≠as despu√©s de los hechos. Apenas hab√≠amos sepultado su cuerpo, el pa√≠s todav√≠a no sal√≠a de su dolor, nuestra herida profunda estaba abierta y no era cierto lo que el secretario de Salud dec√≠a. (M√°s: Vea nuestro especial 30 a√Īos sin Gal√°n).

¬†Yo hab√≠a regresado de Houston con mi familia en los primeros d√≠as de enero de 1989. Volv√≠ a la Shaio como especialista en cardiolog√≠a no invasiva. Tiempo completo y dedicaci√≥n exclusiva. La noche del atentado en Soacha me encontraba en el apartamento despu√©s de la jornada de trabajo en la cl√≠nica. Viv√≠amos en el mismo edificio donde resid√≠an mis padres, Luis Carlos y su familia. Ellos, en dos apartamentos que ocupaban el √ļltimo piso, nosotros, en arriendo en el segundo, lo que facilitaba que nos encontr√°ramos con bastante regularidad. (M√°s: En busca de Gal√°n).

¬†De hecho, esa ma√Īana del 18 de agosto, antes de salir para la cl√≠nica, alcanc√© a hablar con Luis Carlos luego de su gira por Venezuela, de donde hab√≠a regresado unos d√≠as atr√°s. Estaba feliz porque el recibimiento que le ofrecieron en Caracas las autoridades y los medios de comunicaci√≥n fue el de un jefe de Estado.

¬†Las encuestas para la fecha lo daban como seguro ganador en las siguientes elecciones presidenciales, que suceder√≠an unos meses m√°s tarde. Las amenazas contra su vida arreciaban, y permanec√≠an frescos en nuestra memoria dos episodios recientes. El primero fue veinte d√≠as antes de su asesinato, el 27 de julio, en la celebraci√≥n de los cincuenta a√Īos de matrimonio de nuestros padres.

¬†Todos participamos con el mayor entusiasmo en la organizaci√≥n de los eventos previstos. La numerosa familia se reuni√≥ en Villa de Leyva, en el Hotel El Duruelo, que reservamos en su totalidad. Recordamos esos d√≠as con inmensa alegr√≠a y mucha nostalgia. Sin embargo, hasta all√° llegaron personajes extra√Īos con preguntas inquietantes que despertaron nuestras alarmas.

¬†Los escoltas se encargaron de alejarlos del hotel y no supimos m√°s. El segundo fue el frustrado atentado del 4 de agosto en Medell√≠n, con un rocket que la polic√≠a alcanz√≥ a detectar, ante el aviso de un ciudadano, en el trayecto de su ruta hacia una de las universidades de la capital antioque√Īa. Le doli√≥ mucho la reacci√≥n de la mayor√≠a de las autoridades colombianas y de sus √©mulos pol√≠ticos.

¬†Se sinti√≥ solo y sin respaldo solidario de esos estamentos. Salvo el presidente Barco y el director nacional de la Polic√≠a, que le expresaron su apoyo, nadie m√°s lo salud√≥ para acompa√Īarlo en la situaci√≥n. Por el contrario, algunos intentaron desvirtuar p√ļblicamente que el atentado iba dirigido contra √©l.

 Su tristeza la conocí cuando me compartió, en el estudio de su apartamento, el comunicado de prensa que entregó a consecuencia de los hechos sucedidos en Medellín. Recuerdo también que ese día, de pie frente a la ventana blindada de ese estudio que tenía vista al Parque El Virrey, me dijo: ?Cuando intenten algo contra mí, lo harán en estas cuadras, desde la carrera 15 o desde la paralela hasta acá?.

 El viernes 18 de agosto de 1989 timbró el teléfono alrededor de las ocho y media de la noche. Una de nuestras primas de Bucaramanga me avisó que por radio informaban sobre un ataque durante la manifestación de Luis Carlos en Soacha; brinqué de la cama, donde estábamos descansando y viendo televisión. Teníamos conocimiento de ese encuentro político.

¬†Ansioso y confundido, sin tener claro ad√≥nde me deb√≠a dirigir, me arregl√© en par minutos y corr√≠ para encontrarme en la puerta del edificio con Gustavo Gaviria, un amigo que de manera coincidente lleg√≥ en ese momento luego de escuchar la noticia. Presurosos, nos fuimos a la cl√≠nica de la Caja Nacional de Previsi√≥n Social (Cajanal) en el CAN, adonde supusimos que lo llevar√≠an, entre otras razones, porque en el sur de la ciudad no hab√≠a ning√ļn centro hospitalario que tuviera la capacidad de resolver una situaci√≥n similar.

¬†Era el centro de mayor resoluci√≥n, el m√°s cercano a Soacha, junto con la Cl√≠nica San Pedro Claver, donde no atend√≠an a los funcionarios del Estado. Lo deb√≠an trasladar a Cajanal en caso de que estuviera herido. Al llegar all√≠ nos enteramos de que lo manten√≠an en el Hospital de Bosa, adonde lo hab√≠an llevado desde Soacha y con el que hab√≠a comunicaci√≥n desde Cajanal por radiotel√©fono. Esta √ļltima entidad ten√≠a dispuesto un servicio de cuidado quir√ļrgico e intensivo en una ambulancia especial.

 A quienes respondieron en Bosa se les dijo que lo mantuvieran allí, que salíamos con el cirujano y el equipo disponible. La ambulancia resultó ser un camión acondicionado para transportar todo el equipamiento. No tenía servicio de comunicación ni con la central de Cajanal y mucho menos con los hospitales de Bosa y Kennedy, que pertenecían a la Secretaría de Salud. Las informaciones confusas, por cierto, las recibíamos por la radio comercial. A través de esta afirmaron que Luis Carlos se encontraba fuera de peligro y que quien se hallaba grave era un escolta, herido también por las balas.

¬†Mi memoria se traslad√≥ de manera inmediata, y en medio de la situaci√≥n angustiosa, al 30 de abril de 1984. La noche del asesinato del ministro Rodrigo Lara me encontraba de turno en la Cl√≠nica Shaio, cuando recibimos su cuerpo abaleado. Rodrigo fue compa√Īero de luchas pol√≠ticas de Luis Carlos y de los compa√Īeros del Nuevo Liberalismo y tambi√©n v√≠ctima del narcotr√°fico. Las noticias de la radio en la noche de su atentado eran imprecisas, al punto de que cuando llam√© a mis padres desde el servicio de urgencias para avisar de su muerte, mi hermana menor afirm√≥ que no pod√≠a ser cierto porque la radio dec√≠a que Rodrigo se encontraba fuera de peligro y que quien hab√≠a fallecido era un escolta. Yo, con su cad√°ver frente a m√≠, tendido sobre una camilla, le reafirm√© que lo dicho por la radio no era cierto.

¬†"Las noticias confusas que escuch√°bamos por la radio en la noche del 18 de agosto eran erradas y se convert√≠an, al o√≠rlas, en una premonici√≥n" ¬ŅUn d√©j√† vu de las noticias de 1984?, me pregunt√© mientras el cami√≥n nos llevaba a Bosa, con el tr√°fico pesado de un viernes por la noche y la confusi√≥n de la gente que se movilizaba con af√°n y angustia hacia sus casas, despu√©s de haber escuchado la noticia en los medios de comunicaci√≥n, y temerosa por cualquier reacci√≥n ciudadana ante el atentado.

¬†Muchos recordaron el Bogotazo, aquel 9 de abril de 1948, cuando las turbas destruyeron a la ciudad despu√©s de la muerte de Gait√°n. Me rehusaba a pensar que algo as√≠ volver√≠a a ocurrir; primero, porque √≠bamos en esa ambulancia con el equipo para impedirlo y, segundo, porque el discurso pol√≠tico de Luis Carlos siempre evit√≥ estimular la violencia y la lucha de clases sociales; adem√°s invoc√≥ de manera reiterada el destino com√ļn que tenemos los ciudadanos de este pa√≠s, sin distingos de ninguna especie.

¬†El trayecto hasta Bosa me pareci√≥ largo, eterno. Llegamos a un hospital local peque√Īo, ubicado en una calle estrecha en la que apenas cab√≠a el veh√≠culo en el que nos transport√°bamos. No alcanzamos a bajar del cami√≥n-ambulancia cuando nos dijeron: ?Al doctor Gal√°n lo trasladaron a Cajanal?. ?¬°Caramba!?, pens√©. ?¬°Qu√© despelote!?.

 Corrimos de regreso hacia donde habíamos partido inicialmente. La ansiedad incrementaba, la impotencia también, mi confusión aumentaba, sentía el corazón palpitar más rápido, aunque intentaba imponerme conservar la calma. ?Carajo, pero si les dijimos que lo mantuvieran aquí?, pensaba. 

¬†El desorden era may√ļsculo, todo era improvisado, no exist√≠a protocolo alguno para urgencias semejantes, y, si exist√≠a escrito, no se conoc√≠a. Despu√©s nos enteramos de que mientras estuvo en Bosa los guardaespaldas compraron suero fisiol√≥gico y lactato de Ringer en la droguer√≠a frente al hospital para aplicaci√≥n endovenosa, que el personal m√©dico le administr√≥ enseguida debido a su alarmante p√©rdida de sangre.

 No había manera de hacerle una transfusión, las capacidades del centro asistencial eran insuficientes. Esa era la verdadera razón de su traslado a Cajanal. Regresábamos por la Autopista Sur cuando de la nada aparecieron cuatro motociclistas de la Policía Nacional, pasaron frente a nosotros, lo que me pareció una suerte de custodia. Dos adelante y los otros dos resguardándonos, uno a cada lado.

¬†En realidad no sab√≠amos d√≥nde estaba; la radio comercial, nuestra √ļnica gu√≠a, no dec√≠a nada nuevo, las mismas noticias confusas, aunque se supon√≠a que nosotros llev√°bamos el equipo m√©dico-quir√ļrgico salvador. El cirujano cardiovascular, un hombre alto, delgado, de rasgos finos y cabello negro, de apellido Manzanera, que iba en el veh√≠culo con nosotros, dijo:

 ?Oigan, estos policías deben saber dónde está el doctor Galán, paremos y preguntémosles. ?Así lo hicimos.

¬†?¬ŅC√≥mo?, ¬Ņustedes no lo llevan?, ¬°nosotros pensamos que estaba en esa ambulancia! ?Fue su respuesta.

¬†¬°Qu√© frustraci√≥n! ¬°Cu√°nta impotencia!, pens√©; por lo menos en Mogotes sab√≠a ad√≥nde deb√≠a llevar a los pacientes. El conductor de la ambulancia mencion√≥ que hab√≠a visto personas aglomeradas al frente del Hospital de Kennedy cuando pasamos. Nos devolvimos y, al llegar, la gente agolpada ya conformaba una peque√Īa multitud.

¬†Entramos al hospital y nos dijeron que, efectivamente, all√≠ estaba, lo hab√≠an trasladado a cirug√≠a. Corr√≠ por los pasillos de un hospital que no conoc√≠a, sin pensar ni calcular, dispuesto a llevarme por delante a quien se me atravesara o a lo que hubiera en el camino, con una mezcla de ansiedad y rabia contenida. Guiado apenas por la intuici√≥n y la se√Īalizaci√≥n, ingres√© a salas de cirug√≠a sin vestido quir√ļrgico ni medidas de asepsia.

¬†Alguien, a quien no identifiqu√©, trat√≥ de detenerme con alg√ļn argumento, no le puse atenci√≥n y continu√© mi carrera hasta que llegu√© a una de las salas quir√ļrgicas m√°s iluminada. All√≠ deb√≠an estar √©l y el equipo m√©dico-quir√ļrgico. Entr√© al quir√≥fano y me encontr√© con su cuerpo sobre la mesa. Mis esperanzas de poderlo ayudar se esfumaron.

¬†En medio de mi tristeza y mi dolor, con una sensaci√≥n de escalofr√≠o que recorr√≠a mi cuerpo, y la rabia junto con el llanto contenidos, me acerqu√© a la mesa quir√ļrgica, constat√© en su cuerpo el esfuerzo realizado por los m√©dicos para salvarlo y me concentr√© en sus facciones hermosas, su cabello crespo, su frente prominente, su nariz aguile√Īa y sus ojos cerrados para siempre.

¬†Yac√≠a exang√ľe, p√°lido por completo. Muerto. Una gran frustraci√≥n y un profundo dolor se apoderaron de m√≠. Solo, a su lado, llor√©. Los m√©dicos de turno intentaron todo lo posible y de nada sirvi√≥. Por mi parte, sent√≠ que le hab√≠a fallado, no lo hab√≠a ayudado y tampoco hab√≠a estado all√≠, as√≠ fuera para acompa√Īarlo en el momento de su muerte.

 Si además de acallarlo los asesinos habían intentado ultrajarlo o atormentarlo, fallaron. En primer lugar, porque lo que evidenciaba la expresión de su rostro era una serenidad que irradiaba paz, se veía dormido sin asomo de sufrimiento. En segundo lugar, porque sus ideas se robustecerían con su muerte, como él manifestó.

¬†Llam√© a mi casa para referirles los hechos. Igual, quer√≠a asegurarme de que estuvieran bien. Me qued√© en el hospital para acompa√Īar a Gloria, su esposa, a sus hijos y, por supuesto, a mis padres y mis hermanos, quienes arribaron paulatinamente. Tambi√©n para ayudar en los tr√°mites de rigor, la autopsia y los arreglos en coordinaci√≥n con la Presidencia de la Rep√ļblica, que inclu√≠an el traslado del f√©retro a la c√°mara ardiente en el Capitolio Nacional.

La desolaci√≥n fue total. Ante esa especie de viacrucis en la b√ļsqueda de la atenci√≥n m√©dica indicada, del cual hab√≠a sido testigo y hasta protagonista, no pod√≠a aceptar las declaraciones del secretario de Salud: ?El doctor Gal√°n recibi√≥ la atenci√≥n suficiente y oportuna?. As√≠ se lo manifest√© cuando me recibi√≥ en audiencia, en compa√Ī√≠a de uno de mis hermanos. No s√≥lo no obtuvo la atenci√≥n suficiente y oportuna, sino que la que recibi√≥ fue de regular calidad, sin ninguna organizaci√≥n. Por eso no pod√≠a estar de acuerdo.

Desde la perspectiva del sistema de salud, la pregunta clave era si la organización de los servicios le había ofrecido a Luis Carlos la oportunidad de sobrevivir. La respuesta fue negativa y allí radicaban mi queja y mi preocupación. El punto en discusión no era que la herida hubiera sido muy grave; sin embargo, ese fue el argumento de defensa del secretario.

No tengo dudas de la voluntad, el trabajo y el esfuerzo hecho por los profesionales de ¬†la salud que lo atendieron con los medios que estaban a su alcance para tratar de salvarlo. Justamente ese fue el problema: los medios con que contaban eran insuficientes. De hecho, d√≠as despu√©s me encontraba yo en la Shaio con el ajetreo cotidiano, y uno de los cirujanos cardiovasculares me busc√≥ para comentarme el caso de un paciente con una herida id√©ntica de bala en la aorta abdominal, tan grave como la de Luis Carlos. Quer√≠a compartirme que el paciente hab√≠a salido adelante, le suturaron la aorta, y en estado a√ļn cr√≠tico lo acababan de trasladar a la unidad de cuidados intensivos. A este paciente, afortunadamente, s√≠ se le pudo ofrecer la oportunidad de sobrevivir.

 

* El evento de lanzamiento de la obra el autor conversar√° con el exministro de salud y rector de la Univcersidad de los Andes, Alejandro Gaviria.

Día: Jueves 7 de noviembre

Hora: 6:30 p.m.

Lugar: Biblioteca Los Fundadores (Gimnasio Moderno). Carrera 9 374-99, Bogot√°.

 

Noticia publicada por EL ESPECTADOR:  https://www.elespectador.com/noticias/nacional/lo-intente-pero-no-pude-salvar-luis-carlos-medico-augusto-galan-sarmiento-articulo-889887

 

 

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