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Lo que el amor salvó de la guerra

Publicada el 15/09/2019

SEMANA reproduce un fragmento de 'Historias de amor en campos de guerra', en el que Vanessa de la Torre relata cómo cambió la vida a los protagonistas cuando le apostaron a los sentimientos por encima de la ideología. Esto vivieron Carlos Pizarro y Myriam Rodríguez.

En 1985 un comando del M-19 se tomó el Palacio de Justicia. Carlos ?cuenta Myriam? jamás estuvo de acuerdo con esa operación porque le parecía un error estratégico. Y sí que lo fue. Murieron 98 personas, incluidos 11 magistrados de la Corte Suprema de Justicia (...).

Carlos y Myriam seguían cada uno en lo suyo. Iban y venían. Hasta que un día llamaron a la casa de ella con una amenaza estrepitosa que les cambió la rutina de encuentros y desencuentros. ?Vamos a quitarle algo que a usted le duele mucho ?le dijeron a Myriam.

Mar√≠a Jos√© ya hab√≠a regresado de Francia y que algo le ocurriera a la ni√Īa era claramente lo que m√°s le doler√≠a. Myriam, entonces, huy√≥ aterrorizada a casa de una amiga, en donde permaneci√≥ escondida durante dos semanas.¬†Cuando regres√≥ a su residencia, la se√Īora que vigilaba el edificio le notific√≥ sobre la presencia constante de dos hombres en el lugar preguntando por ella. Myriam, que lo hab√≠a vivido casi todo, se llen√≥ de terror y decidi√≥ que se marchar√≠a de Colombia.

Estaba cansada de lidiar con tantos azares. Vendi√≥ lo que ten√≠a y se fue con su madre y su hija menor a Ecuador. La mayor, Claudia, era ya una adolescente y se qued√≥ en casa de Juan Antonio, el hermano mayor de Carlos, terminando sus estudios.¬†En Ecuador conoci√≥ a una argentina adorable, una joyera joven y talentosa que la introdujo en el mundo del arte quite√Īo. Le present√≥ a una mujer llamada Mayra C√°zares, curadora de la prestigiosa Galer√≠a Excedra de la capital ecuatoriana, que le abri√≥ las puertas. (...)

Myriam se reinventó. En Ecuador nadie la conocía. Volvió a hacer lo que le gustaba y se convirtió en una reconocida artista registrada en los periódicos, aplaudida por la élite y la diplomacia. Eran tiempos sin redes sociales en los que el anonimato era posible. Adoptó un nuevo nombre: Mara Aragón. Y como Mara Aragón se codeó con lo más exclusivo del mundo del arte ecuatoriano.

En esas estaba, de exposición en exposición, cuando recibió una llamada de Carlos, que siempre la encontraba.

?Myriam, por fin. Llevo dos a√Īos busc√°ndote ?le dijo?. Ven, por favor, a Colombia, necesito hablar contigo.

Myriam suspir√≥, lo pens√≥ y sali√≥ a su encuentro.¬†La noche de la inauguraci√≥n de su nueva exposici√≥n, luego de tomarse fotos con embajadores para la prensa local y brindar por el √©xito de sus tapices, entr√≥ al ba√Īo de la galer√≠a, se puso una sudadera, se cambi√≥ los tacones por unos tenis y sali√≥ en un bus rumbo a Bogot√°.

Tras un agotador trayecto de veinticuatro horas en bus, llegó con María José a la capital colombiana y de allí a una población rural ubicada a dos horas llamada Mesitas del Colegio, donde Carlos la recibió con uno de sus abrazos que siempre la dejaban sin aliento.

?Por favor, regresa ?le pidió.

?En Ecuador estamos a salvo, Carlos. No quiero más problemas ?contestó ella.

?No los vas a tener. Estoy empe√Īado en firmar los acuerdos de paz con el Gobierno y voy a poder estar cerca de ustedes ?le explic√≥.

?La ni√Īa est√° bien all√° y yo tambi√©n. ?Myriam, por favor. Te necesito cerca ?insisti√≥. ?No podemos seguir yendo y viniendo al ritmo de la guerra. ?No, esta vez es definitivo. Vamos a hacer la paz, podremos estar cerca.

Le apretó la mano y Myriam vio cómo ese hombre de hierro se derretía ante sus ojos. A Carlos Pizarro se le escurrieron las lágrimas sobre los dedos entrelazados de ambos.

?Yo también lloré ese día ?recuerda?. Estábamos conmovidos y tristes. Había sido muy duro todo. Habíamos perdido a los amigos, los habíamos visto morirse uno tras otro. La guerra es muy dura ?dice.

?Pero no puedo ahora. Tengo que esperar a que María José termine el colegio ?le explicó Myriam.

Mar√≠a Jos√© estudiaba en el Colegio Franc√©s de Quito y le faltaban seis meses para culminar el a√Īo escolar.¬†Llevaban seis a√Īos separados. Carlos ya hab√≠a roto con su expareja. Myriam estaba dispuesta a estar cerca de √©l, pero no con √©l. Sus romances le dol√≠an y no quer√≠a poner su coraz√≥n al descubierto una vez m√°s. Hab√≠a sobrevivido a la guerra, las torturas y la prisi√≥n.¬†Pero nada nunca le hab√≠a dolido tanto como los amor√≠os secretos de Pizarro. Sin embargo, como siempre ha sido una mujer de palabra y lo amaba como a nadie, en cuanto su hija menor termin√≥ el a√Īo de colegio en Ecuador, regres√≥ a Colombia para estar cerca de √©l.

Comenzaron, entonces, una nueva etapa de la relaci√≥n, distinta a la que hab√≠an tenido.¬†Esta vez, entre las amenazas a la vida de Carlos, sus nuevos romances y la certeza de que el otro estaba aunque no estuviera.¬†Unidos por la complicidad, los desencuentros y el di√°logo profundo que mantuvieron intacto hasta el √ļltimo d√≠a de sus vidas, se encontraban en las ausencias de una relaci√≥n que hab√≠an reconstruido a su particular manera.

El M-19 depuso las armas al mando de Carlos Pizarro Leong√≥mez el 9 marzo de 1990,¬†en lo profundo de las monta√Īas colombianas. Ese d√≠a, el legendario exguerrillero desenfund√≥ su pistola y la puso sobre las que hab√≠an ya entregado sus compa√Īeros.

Anunci√≥ su candidatura a la Presidencia de Colombia. Ten√≠a miles de seguidores, pero tambi√©n enemigos ac√©rrimos agazapados que lo quer√≠an muerto. Viv√≠a custodiado por escoltas de la exguerrilla y por agentes del Estado. No permanec√≠a en el mismo lugar m√°s de una noche.¬†Viajaba por todo el pa√≠s. Dorm√≠a poco y se cuidaba mucho. Era el protagonista de una vida tensionante, agitada, de muchos riesgos e incertidumbres que se calmaban cuando estaba con Myriam.¬†Sosten√≠an conversaciones profundas sobre lo que so√Īaban de Colombia, el asedio en el que Carlos viv√≠a, el futuro de su hija y los remordimientos que le dejaban sus ausencias. (...)

¬ŅT√ļ crees que estoy endurecido por la guerra? ?le pregunt√≥. ?Endurecido no, pero nos ha alejado ?le contest√≥ ella.

Una noche, mientras cenaban con los pocos amigos que les quedaban en un restaurante llamado Tamarindo en Bogot√°, Claudia, la hija mayor de Myriam, que entonces ten√≠a 19 a√Īos, le pregunt√≥ a su padrastro por qu√© no usaba el chaleco antibalas.

?Porque si me van a matar me pegan un tiro en la cabeza ?contestó Carlos.

Despu√©s de comer y beber, Myriam se fue a dormir a la casa de Carmen Lidia, la esposa de √Ālvaro Fayad, quien hab√≠a muerto en un operativo de las autoridades colombianas el 13 de marzo de 1986. Con ella estaba sirvi√©ndose un caf√© al d√≠a siguiente cuando la llamaron para darle la peor noticia de su vida.

?Hirieron a Carlos ?le dijo una voz entrecortada al otro lado del teléfono.

?¬ŅC√≥mo? ¬ŅD√≥nde? ?pregunt√≥ enloquecida. ?Iba para Barranquilla en un avi√≥n y lo hirieron. Est√° herido.

Myriam se sinti√≥ desfallecer. Esa ma√Īana de abril, Pizarro tom√≥ un vuelo para viajar de Bogot√° a Barranquilla. Cinco minutos despu√©s del despegue, un hombre que estaba sentado en la parte delantera del avi√≥n se par√≥ al ba√Īo y, cuando pas√≥ frente a Carlos, lo mir√≥ a los ojos.¬†Pizarro estaba sentado en la silla 23C. El hombre entr√≥ al ba√Īo y desde la puerta vaci√≥ la munici√≥n de su metralleta sobre el candidato presidencial. Treinta a√Īos despu√©s, la justicia sigue indagando si agentes del DAS, designados a cuidar a Pizarro, participaron del magnicidio.

Myriam y Mar√≠a Jos√© cuentan que el piloto no quer√≠a regresar a Bogot√°, sino llegar hasta Barranquilla, pero los escoltas del candidato lo presionaron tanto que tuvo que devolverse. Cuando aterrizaron en Bogot√°, no hab√≠a una ambulancia en la pista para trasladarlo de urgencias a una cl√≠nica. (...) Sus escoltas lo cargaron durante minutos infinitos en la puerta del avi√≥n mientras llegaron los m√©dicos que finalmente lo llevaron a la Caja Nacional de Previsi√≥n, donde respiraba sus √ļltimos alientos cuando llamaron a Myriam a contarle lo ocurrido.

Claudia, la hija mayor de ella, estaba en la universidad y Mar√≠a Jos√©, en el colegio. Myriam sali√≥ despavorida en el carro de Carmen Lidia y lleg√≥ al Liceo Franc√©s, donde estudiaba su hija menor.¬†Dej√≥ el carro tirado y mientras corr√≠a para entrar, escuch√≥ en el radio de una se√Īora que vend√≠a dulces la voz inconfundible del periodista Yamid Amat dando la noticia. ?Acaba de morir Carlos Pizarro ?dijo Amat.

Noticia publicada en Revista Semana:   https://www.semana.com/nacion/articulo/carlos-pizarro-y-myriam-rodriguez-historias-de-amor-en-campos-de-guerra-de-vanessa-de-la-torre/631847

 

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