Loading...

Noticia

Publicamos un capítulo de ?Mi historia?, autobiografía de la exprimera dama de los Estados Unidos, editada por el sello Plaza & Janés.

 

Barack y yo salimos por √ļltima vez de la Casa Blanca el 20 de enero de 2017 para acompa√Īar a Donald y Melania Trump en la ceremonia de investidura. Ese d√≠a yo sent√≠a muchas cosas a la vez: cansancio, orgullo, consternaci√≥n, impaciencia. Pero, m√°s que nada, me esforzaba por mantener la entereza, consciente de que las c√°maras de televisi√≥n captar√≠an todos nuestros movimientos. Barack y yo est√°bamos decididos a efectuar el traspaso de poder con elegancia y dignidad, concluir nuestros ocho a√Īos con los ideales y la compostura intactos. Hab√≠amos entrado en la hora final.

Esa ma√Īana Barack hab√≠a realizado una √ļltima visita al despacho Oval para dejar a su sucesor una nota escrita a mano. Tambi√©n nos hab√≠amos reunido en la planta de Estado para despedirnos del personal fijo de la Casa Blanca: mayordomos, ujieres, chefs, encargados de las labores dom√©sticas y floristas, entre otros empleados que hab√≠an cuidado de nosotros con simpat√≠a y profesionalismo y que, a partir de ese momento, dispensar√≠an sus atenciones a la familia que se instalar√≠a all√≠ unas horas m√°s tarde.¬†

 
Esas despedidas resultaron especialmente duras para Sasha y Malia, que hab√≠an visto casi a diario a muchas de aquellas personas durante la mitad de sus vidas. Yo los abrac√© a todos e intent√© reprimir las l√°grimas cuando, como regalo de despedida, nos entregaron dos banderas de Estados Unidos: la que ondeaba el primer d√≠a de la presidencia de Barack y la que hab√≠a ondeado su √ļltimo d√≠a en el cargo, como sujetalibros simb√≥licos que enmarcaban la experiencia de nuestra familia. (Michelle Obama se someti√≥ a fecundaci√≥n).

Sentada en el escenario de la investidura frente al Capitolio de Estados Unidos por tercera vez, pugnaba por dominar mis emociones. La vibrante diversidad que se apreciaba en las dos investiduras anteriores brillaba ahora por su ausencia, y en su lugar se respiraba lo que parecía una uniformidad desalentadora, el tipo de ambiente predominantemente blanco y masculino con el que me había encontrado tantas veces en la vida, sobre todo en los círculos más privilegiados, las altas esferas en las que de alguna manera había conseguido colarme desde que me marché del hogar donde me crié. 

Lo que hab√≠a aprendido tras haber desempe√Īado tareas en varios entornos profesionales ?desde fichar abogados para Sidley & Austin hasta contratar nuevos empleados en la Casa Blanca? era que la uniformidad engendra m√°s uniformidad, mientras no se haga un esfuerzo consciente por contrarrestarla. Al pasear la mirada por las cerca de trescientas personas sentadas en el escenario esa ma√Īana, los invitados del presidente electo, me qued√≥ claro que en la nueva Casa Blanca era poco probable que se realizara ese esfuerzo. Tal vez alguien de la administraci√≥n de Barack habr√≠a dicho que ?la √≥ptica? no era buena, que lo que el p√ļblico ve√≠a no reflejaba ni la realidad ni los valores del presidente. Pero, en ese caso, quiz√° s√≠ que los reflejaba.¬†

Al comprender esto realic√© mis propios ajustes √≥pticos: dej√© de esforzarme incluso por sonre√≠r. Un traspaso de poder es una transici√≥n, el paso a un estado nuevo. Una mano se posa sobre una Biblia; se pronuncia un juramento. Salen los muebles de un presidente y entran los del otro. Los armarios se vac√≠an y vuelven a llenarse. De buenas a primeras, cabezas nuevas descansan sobre almohadas nuevas: nuevos temperamentos, nuevos sue√Īos. Y cuando se acaba el mandato y abandonas la Casa Blanca justo el mismo d√≠a, no te queda otro remedio que emprender la labor de redescubrirte a ti mismo, en muchos sentidos.

As√≠ que ahora me encuentro ante un nuevo comienzo, una nueva etapa de la vida. Por primera vez en muchos a√Īos, estoy libre de toda obligaci√≥n como c√≥nyuge de un pol√≠tico, de las expectativas de otras personas. Tengo dos hijas casi adultas que me necesitan menos que antes. Tengo un esposo que ya no lleva el peso del pa√≠s sobre los hombros. Las responsabilidades que yo sent√≠a ?hacia Sasha y Malia, hacia Barack, hacia mi trayectoria profesional y mi pa√≠s? han cambiado de un modo que me permite pensar sobre lo que vendr√° a continuaci√≥n desde otro punto de vista.¬†

Dispongo de m√°s tiempo para reflexionar, para ser simplemente yo misma. Con cincuenta y cuatro a√Īos, contin√ļo progresando, y espero no detenerme nunca. Para m√≠, forjar tu historia no consiste en llegar a alg√ļn lugar o alcanzar una meta determinada. En vez de esto, lo veo como un movimiento hacia delante, como una forma de evolucionar, de intentar avanzar hacia una versi√≥n mejor de nosotros mismos. (Con su esposo¬†en Netflix).

El viaje no se acaba. Me convert√≠ en madre, pero a√ļn me queda mucho que aprender de mis hijas y mucho que darles. Me convert√≠ en esposa, pero contin√ļo adapt√°ndome a lo que significa amar de verdad y construir una vida con otro¬†ser humano, lo que constituye una constante lecci√≥n de humildad. Me he convertido, hasta cierto punto, en una persona con poder, y sin embargo hay momentos en los que me siento insegura o me da la impresi√≥n de que no se me escucha.

Todo forma parte de un proceso, de una serie de pasos a lo largo de un camino. Forjar tu historia requiere paciencia y rigor a partes iguales. Significa no renunciar a la idea de que hay que seguir creciendo como persona. Puesto que mucha gente me lo pregunta, lo dir√© aqu√≠ sin rodeos: no tengo la menor intenci√≥n de presentarme a un cargo p√ļblico, nunca. Jam√°s he sido aficionada a la pol√≠tica y mi experiencia de los √ļltimos diez a√Īos ha contribuido poco a cambiar eso.¬†

Siguen desanimándome todos sus aspectos desagradables: la división tribal entre rojos y azules, la idea de que debemos elegir un bando y apoyarlo hasta el final, incapaces de escuchar a los demás, de llegar a un acuerdo con ellos o incluso de mostrar un mínimo de cortesía. Creo que, en el mejor de los casos, la política puede ser un medio para conseguir cambios positivos, pero sencillamente no estoy hecha para luchar en esa arena.

Eso no significa que no sienta una honda preocupación por el futuro de nuestro país. Desde que Barack dejó el cargo he leído artículos que me han revuelto el estómago. He pasado noches en blanco, echando humo por las cosas que han ocurrido. Resulta alarmante comprobar que el comportamiento y las prioridades políticas del presidente actual han llevado a muchos estadounidenses a dudar de sí mismos y a recelar y tener miedo de los demás. 
Ha sido duro contemplar que se están desmontando políticas compasivas que se habían implementado con todo cuidado, mientras nuestros aliados más cercanos se distancian de nosotros y se desprotege y deshumaniza a los miembros más vulnerables de nuestra sociedad. A veces me pregunto cuándo tocaremos fondo.

Sin embargo, no me permito caer en el cinismo. En mis momentos de mayor inquietud, respiro hondo y me obligo a recordar las muestras de dignidad y decencia que he visto en la gente durante toda mi vida, los numerosos obst√°culos que ya se han superado. Espero que otros tambi√©n lo hagan. Todos desempe√Īamos un papel en esta democracia. Debemos tener presente el poder de cada voto.¬†

Yo tambi√©n me aferro a una fuerza m√°s grande y potente que cualquier cita electoral, l√≠der o noticia en particular: el optimismo. Para m√≠, es una forma de fe, un ant√≠doto contra el miedo. El optimismo reinaba en el peque√Īo piso de mi familia en Euclid Avenue. Lo percib√≠a en mi padre, en su manera de moverse de un lado a otro como si no tuviera el menor problema de salud, como si la enfermedad que alg√ļn d√≠a le arrebatar√≠a la vida simplemente no existiera. Lo percib√≠a en la tenacidad con que mi madre cre√≠a en el barrio, en su decisi√≥n de mantenerse fiel a sus ra√≠ces, aunque el miedo hab√≠a impulsado a muchos de sus vecinos a hacer las maletas y marcharse.

Fue lo primero que me atrajo de Barack, cuando se present√≥ en mi despacho de Sidley con una gran sonrisa de esperanza. M√°s tarde, me ayud√≥ a vencer mis dudas y flaquezas lo bastante como para confiar en que, pese a que nuestra familia llevara una vida muy expuesta al p√ļblico, conseguir√≠amos permanecer a salvo y tambi√©n felices. Y sigue ayud√°ndome.¬†

Como primera dama, descubrí el optimismo en las circunstancias más sorprendentes. Estaba allí, en el soldado herido en Walter Reed que combatía la lástima pegando una nota en su puerta para recordar a todo el mundo que era un tipo duro y lleno de esperanza. Vivía en Cleopatra Cowley-Pendleton, quien canalizaba una parte de su dolor por la pérdida de su hija hacia la lucha por conseguir mejores leyes sobre las armas. 

Estaba all√≠, en la asistente social del Instituto Harper que se aseguraba de manifestar a gritos su amor y aprecio por los estudiantes cada vez que se cruzaba con ellos en el pasillo. Y est√° all√≠, siempre, anidado en el coraz√≥n de los ni√Īos. Ellos se despiertan cada ma√Īana convencidos de la bondad de las cosas, de la magia de todo aquello que es posible. Son todo lo contrario de c√≠nicos; son creyentes hasta la m√©dula.

Tenemos que mantenernos fuertes y seguir trabajando por un mundo más justo y humanitario; se los debemos. Por ellos debemos resistir y mantener la esperanza, reconocer la necesidad de seguir creciendo como personas. Ahora el retrato de Barack y el mío están colgados en la National Portrait Gallery de Washington, por lo que ambos nos sentimos muy honrados. Dudo que alguien, al analizar nuestra infancia, nuestras circunstancias, hubiera predicho jamás que acabaríamos en una de aquellas salas. Los cuadros son preciosos, pero lo más importante es que están allí para que los jóvenes los vean, para que nuestros rostros ayuden a desmontar la creencia de que para ocupar un lugar en la historia hay que tener un aspecto determinado. 

Si nosotros hemos llegado hasta all√≠, muchos otros podr√°n. Soy una persona com√ļn que acab√≥ embarcada en un viaje fuera de lo com√ļn. Comparto mi historia con la esperanza de allanar el terreno para otras historias y otras voces, de ampliar las posibilidades y los motivos para que otros lleguen hasta all√≠ tambi√©n. He tenido la fortuna de pisar castillos de piedra, aulas urbanas y cocinas en Iowa, solo por intentar permanecer fiel a m√≠ misma, por intentar conectar.

Por cada puerta que me han abierto, he intentado abrir la m√≠a a otros. Y este es mi mensaje final: invit√©monos unos a otros a entrar. Tal vez entonces podremos empezar a ser menos temerosos, a hacer menos suposiciones err√≥neas, a librarnos de los sesgos y los estereotipos que nos separan de forma innecesaria. Quiz√° podamos centrarnos en aquello que tenemos en com√ļn. No se trata de ser perfectos. No se trata del lugar al que llegamos al final del recorrido.

Hay cosas que nos hacen poderosos: darnos a conocer, hacernos o√≠r, ser due√Īos de nuestro relato personal y √ļnico, expresarnos con nuestra aut√©ntica voz. Y hay algo que nos confiere dignidad: estar dispuestos a conocer y escuchar a los dem√°s. Para m√≠, as√≠ es como forjamos nuestra historia.

* Exclusivo para El Espectador en Colombia. Cortesía Penguin Random House Grupo Editorial (Plaza y Janés)

Publicado por EL ESPECTADOR:  https://www.elespectador.com/noticias/el-mundo/no-tengo-intencion-de-presentarme-un-cargo-publico-nunca-michelle-obama-articulo-824117?utm_source=Whatsapp&utm_medium=organic&utm_campaign=Compartido-Mobile

 

Comp√°rtelo: